Mar Arcano: Las Maldiciones del Mar

Capítulo VI

Los caballos en los que habían llegado les fueron devueltos a los piratas. Satiah se despidió de su familia antes de tomar su propio corcel del color de las arenas del desierto.

—Adiós mamá, no los decepcionaré.

—Sé que no lo harás, serás una gran Emperatriz, mejor que yo seguramente,

—No creo que pueda haber una mejor Emperatriz que tú, mamá.

—Mi hija querida —Rashida abrazó a la heredera.

La princesa subió a su caballo y se unió al grupo.

—¿Lista? —Bong-Cha le mostró una sonrisa amable.

—Por supuesto, Capitana, estoy a sus órdenes.

—¡Vámonos! —Jang-Seo exclamó para que todos pudieran escucharlo.

Los caballos salieron con sus jinetes, cruzando la entrada de la ciudad de vuelta al árido desierto. Habían decidido salir de noche ya que el clima nocturno era más fácil de soportar que el duro calor del día. Cabalgaron toda la noche bajo la luz de la luna, guiándose por la posición de las estrellas que los llevarían de vuelta a sus barcos. Sin embargo, con el amanecer llegó también otra tormenta de arena, casi igual de intensa que la última que habían visto antes de llegar a Al-Dhahabi.

—¡No puedo ver el sol! —Cayden exclamó.

—¡Estamos perdidos! —Agatha siguió.

—¡No estamos perdidos! ¡Sólo hay que seguir en línea recta hasta llegar al monte de Sekhara! —Bong-Cha intentó calmarlos.

Al ver que todos se detenían, Satiah avanzó un poco más y levantó sus manos en diagonal al cielo.

—Madre del Desierto, dame tu poder para calmar las arenas de tus dominios, otórgame tu fuerza, Gran Gato Negro y ejerce tu autoridad a través de mí.

—¿Qué está haciendo? —Jang-Seo preguntó.

Todos voltearon a ver a la princesa, que con sus manos lentamente abría las arenas que en el viento estaban levantadas, liberando el cielo azul y el brillo del sol. Poco a poco la tormenta se disipó hasta que desapareció por completo.

—Buenas noticias, no hemos perdido el rumbo —anunció volviéndose hacia los piratas, quienes la miraban atónitos.

—Eso sí que es tener magia —dijo Yeong-Seok.

—No, no, mi poder no sería suficiente para detener una tormenta. Le imploré a Sekhara que nos ayudara a través de mí. Enserio, ¿que nunca habían visto magia?

—No es eso —enunció Bong-Cha —Nosotros poseemos magia, Jang-Seo y yo tenemos la sombra y Yeong-Seok el viento, pero jamás habíamos visto algo como esto.

—Eso solo fue un poco del poder de la eterna soberana de los desiertos —contestó la princesa.

Los piratas intercambiaron miradas entre ellos hasta que la chica captó de nuevo su atención.

—¿Qué esperan? Debemos seguir —su tono fue entusiasta.

Los Capitanes la alcanzaron para guiar a los suyos. Sin la tormenta de arena bloqueando su paso y con Yeong-Seok habiéndose tomado la libertad de atraer una leve brisa, el regreso a Al-Saghir fue mucho más llevadero, incluso lo disfrutaron. Cuando menos lo pensaban ya habían rodeado el monte de Sekhara y más adelante se encontraron con la entrada a la ciudad norte.

—Hace tiempo que no venía por aquí. Esta ciudad es pequeña pero única —Satiah suspiró.

—Estoy de acuerdo. Cuando llegamos, nos trataron como a su propia familia —comentó Hinata.

—Así es nuestro pueblo. Nunca olvidaré la primera vez que vine aquí.

Al llegar al puerto, los pescadores y constructores de barcos los recibieron con gusto.

—Sus barcos han quedado como nuevos. ¿Por qué no les echan un vistazo? —dijo el primer hombre que los había recibido en su llegada.

Los Capitanes desmontaron y examinaron sus naves. Estaban muy bien reparados y reforzados. Jang-Seo le entregó una bolsa con monedas al hombre y le agradeció.

—Gracias por reparar nuestras naves.

La princesa bajó también de su caballo, maravillada con lo majestuosos que eran aquellos barcos.

—¿Qué le parecen, su alteza? —le preguntó Bong-Cha recargada en su respectiva nave.

—Son tan hermosos...

—Por supuesto que lo son. Nunca encontrará barcos como la Perla Roja y la Concha Negra —señaló Yeong-Seok.

—¡Preparen todo, muchachos! ¡Zarpamos en breve! —Jang-Seo exclamó estando ya en su querida nave.

—Adelante, suba —Bong-Cha instó a la princesa, quien abordó la Concha Negra detrás de la Capitana.

Satiah admiró el detalle de la madera, los bordes tenían grabados de símbolos de las Tierras Orientales. El color oscuro de la Concha Negra se veía hermoso al lado del intenso tono rojizo de su compañera, la Perla Roja, que era la de mayor tamaño.

—¡Leven anclas! —ordenaron los Capitanes al unísono.

Satiah miró por la borda cuando los barcos comenzaron a alejarse del puerto. Corrió a la popa para ver como su tierra se veía cada vez más lejana. Había emprendido un viaje bajo su propia responsabilidad, un viaje que incluía riesgos y peligros, pero también aventuras y soluciones. No podía esperar para adentrarse más en las desconocidas olas del mar. Recargada sobre la orilla de la Concha Negra, la Capitana de dicho barco la sorprendió.

—Lo lamento, no quise asustarla —se disculpó la de ojos rasgados.

—No, yo... estaba distraída —Satiah volteó a a verla.

—¿Puedo preguntarle algo, princesa?

—Satiah.

—Está bien... Satiah. Tu poder son las arenas, ¿no es cierto?

—Si, y toda mi familia también lo tiene.

—Pero sin duda tú tienes una fuerte conexión con esa magia.

—¿Habla de lo que pasó con la tormenta?

—Hmm, si, exactamente. Seré directa. ¿Eres la portadora de las arenas?

—¿Es muy obvio?

—Algo.

—¡Vaya! No pensé que conocieran la leyenda de los portadores, muchos creen que son sólo historias.

—¿Cómo lo supiste? Que eras... la portadora de la magia que posees...

—Bueno... tal vez suene increíble, pero... Sekhara vino a mí en sueños. Habló conmigo.

Bong-Cha sonrió, recordando que a ella le había sucedido de la misma manera.

—Me dijo que debía convertirme en una sola con mi poder, que en el momento indicado la arena se convertiría en parte de mi alma —continuó Satiah e hizo una pausa —¿Por qué le interesa tanto?



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En el texto hay: piratas, romance, magia aventura y fantasía

Editado: 06.04.2026

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