La banda llega al nuevo lugar donde se quedarán una semana. La mansión de “El Camaleón”. Una casa inmensa con techo alto, columnas a cada cinco pasos. El dinero fue derrochado en cada habitación, la decoración escandalosa con esculturas sin sentido por todos lados. Omar se acerca a la dona gigante de oro, para observar de cerca. Uno, por su lado, siente más curiosidad por la banana de concreto que luce de plástico.
—Esto es interesante…
—Tiene de todo, menos saber camuflarse.
—Parece un circo —expresa Santiago con amargura—, de seguro lo mismo hará con las canciones.
Elú baja por la escalera central con elegancia. Detrás de ella, desde la puerta, se asoma el susodicho personaje que tanta curiosidad despertó en los integrantes. Es un viejo, vestido con un gran saco amarillo e impermeable, zapatos verdes chillantes y lentes de sol rosados.
—Vaya —susurra Manuel—, ya tenemos una meta que alcanzar.
—Ni me lo digas.
—Chicos, chicos, mis chicos —el anciano abre los brazos con delicadeza, a la vez que baja por la escalera, lento y pausado—. Aquí estamos reunidos para hacer la diferencia del antes y después de nuestro futuro, marcaremos un punto importante en nuestras historias.
Todos se miran las caras con preocupación. Todavía les cuesta creer que este es el personaje que ha tenido varios éxitos en fila. Caracterizado por ser diferente en cada canción, sus proyectos tienden a ser catalogados como obras maestras.
—Entonces —Elú sonríe—, los dejo.
—No, no, tú no te vas —Santiago se interpone—. No nos quedaremos en este lugar.
—Por supuesto que sí. —El anciano levanta las manos al cielo—. Necesito que sientan la música en cada centímetro de sus cuerpos.
—Eso no sonó bien —Uno retrocede dos pasos.
—De terror —Andrés bufa.
—Síganme, les indicaré donde descansaran sus almas esta noche.
—No, yo no quiero que mi alma descanse… —Uno niega rotundamente—. No nos dejes aquí —se dirige a Elú.
—Ya están listas las pautas chicos, solo si terminan antes, podrá irse.
—Haberlo dicho —Omar alza la voz—, ¿dónde tienes el estudio, viejo loco?
—Estas me las pagas —Santiago se despide de Elú.
Rylan suspira con pesadez, de inmediato busca su celular y le manda una foto a su esposa: «¿quieres tener una dona de oro?». Las noches son su momento favorito, cuando puede echarse en cama y hablar con Alicia, hasta que ella se quede dormida. Aún está en el hospital, esperando a que le den el alta.
Con cada integrante dentro de sus respectivos cuartos, la noche avanza con tranquilidad y un toque de incertidumbre. Ninguno quiso salir a comer, prefieren estar en sus habitaciones, pues la casa les da un poco de corte y escalofríos, no se atreven a conocer el comedor. Sin agregar el cansancio del viaje y las pocas ganas de socializar que cada uno tiene. Con gran urgencia de querer acabar el día y pocos ánimos de querer comenzar el nuevo.
Santiago aprovecha el momento de soledad para caminar de un lado a otro. Las habitaciones son espaciosas, y curiosamente normales para lo que estaba esperando. Agradece el gran detalle de no meter esculturas extrañas en cada rincón de la mansión. Tiene tanto en mente, tantos eventos que organizar, canciones por acomodar, pilas de archivos que debe mezclar. Saca cuentas y los días no dan para cumplir con cada pauta. Se lleva las manos a la cabeza al darse cuenta que apenas llegue a la casa tiene que seguir trabajando por el resto del año, sin ningún descanso. Pero se puede permitir unas breves vacaciones, la primera semana de enero. Ese es el tiempo que tendrá para olvidarse de todo y dedicarse por completo a su relación con Hamel. Asiente y anota detalles, ahora solo falta que ella tenga la misma disposición y quiera pasar una semana a solas.
Al fin abatido por el sueño se lanza a la cama. Escucha, por última vez, ese audio. Ha escudriñado cada palabra en búsquedas de historias contadas entre líneas. Ella las tiene, le sobran y se sienten sin agregar tantos detalles. Suspira tomando asiento, busca entre las notas del celular las palabras que lleva anotadas, aunque salteadas y sin mucho sentido, ha logrado juntar unas cuantas. Escribe: «deja de cavar, no hace falta». De inmediato puede imaginar la reacción de Hamel a esas simples palabras, y agrega: «sin suspirar». Lee lo antes escrito con tristeza y se queda pensativo: «¿Por qué te dejaste cortar las alas? Ahora aprendiste a podarlas».
—Ay amor. —Guarda el celular bajo la almohada y apaga la lámpara. Lo puede ver con claridad, a ella de pequeña sola y desamparada. Le da tristeza, un sentimiento que no conoce muy bien, porque siempre venía acompañado con la rabia. Esta vez es distinto, pero la molestia sigue presente en su nuevo deseo: querer cuidarla, estar siempre para ella y que nadie se atreva a hacerle daño otra vez.
A la mañana siguiente, todos se miran las caras frente a la jirafa de bronce, la escultura tiene gafas, panza, un pantalón corto y con las pezuñas hace un pulgar arriba.
—Esto es increíble —Santiago es el primero en entrar al comedor.
—¿Nos puedes decir si no hay nada raro ahí dentro? —grita Uno, detrás de la puerta.
—Ni modo. —Manuel es el segundo en entrar—. Oh miren, hay una mesa llena de comida.
—¿No me jodas que tiene servicio entero? —Omar entra de una.
—¿No es una trampa? —Uno es el último en entrar.
La comida en abundancia es suficiente para dejar a un lado los comentarios de la decoración de ajedrez que tiene el espacio. Hasta que aparece el dueño de la casa. El camaleón parece otra persona, con cabellos negros largos y lisos y un traje de cuerpo entero de cuero rojo, acompañado de lentes de sol rosa.
—Estuve escuchando el largo repertorio que tienen de muestras los dos productores aclamados de Llamas Azules —dice el anciano, moviéndose de un lado a otro con entusiasmo—. Y la vi bajar, desde las nubes llegó con dulzura el ángel de la inspiración y supe que debe existir los contrastes que marquen esa inigualable tensión entre ustedes dos —señala a ambos productores.