El sonido del bolígrafo deslizándose sobre el papel fue el ruido más glorioso que Mollie Black había escuchado en toda la semana.
El director Vanderbilt, un hombre de cabello canoso y mirada severa que parecía tallado en la misma madera oscura que los muebles de su oficina, estampó su firma al pie del documento oficial. Levantó la vista, ajustándose las gafas, y deslizó la hoja a través del escritorio hacia ella.
—Aquí tiene, señorita Black. Su plaza como asistente nocturna en la biblioteca central del campus ha sido aprobada —dijo el director Vanderbilt, con una voz profunda que resonaba en las paredes llenas de retratos al óleo—. Sé que su situación con la beca de Literatura es delicada, pero espero que recuerde que este es un lugar de estudio, no un refugio. Mantenga el orden y, sobre todo, no tolere disturbios. Las horas nocturnas suelen atraer a estudiantes... problemáticos.
Mollie tomó el papel con dedos ligeramente temblorosos, sintiendo un alivio inmenso golpear su pecho. Con eso aseguraba el dinero extra para sus libros y el pequeño departamento que compartía fuera del campus.
—No se preocupe, director Vanderbilt. Le aseguro que la biblioteca estará en perfecto orden bajo mi turno. Nadie notará siquiera que estoy allí —respondió ella con una sonrisa educada.
—Eso espero, Mollie. Puede comenzar esta misma noche. Buena suerte.
Mollie se puso de pie, acomodando la falda de su vestido sencillo, y salió de la opulenta oficina con el corazón latiendo a toda prisa de la emoción. En cuanto la pesada puerta de roble se cerró a sus espaldas, soltó un suspiro contenido y apretó el papel contra su pecho. ¡Lo había logrado!
—¡Dime que no te botó! —susurró una voz apurada a unos metros.
Mollie levantó la vista y sonrió al ver a sus dos mejores amigas esperándola al final del pasillo del edificio de administración.
Megan, que estudiaba Ingeniería Química y llevaba su eterno cabello rizado recogido en un moño desordenado con un bolígrafo clavado en él, caminaba a toda prisa hacia ella. A su lado, Chloe, la mente brillante de la facultad de Astrofísica, se acomodaba las gafas de montura gruesa con expresión de total expectativa. Eran su refugio en esa enorme y elitista universidad; tres chicas becadas, sumamente inteligentes, que preferían una noche de pizzas y debates científicos o literarios antes que las ruidosas fiestas de las fraternidades.
—¡Tengo el puesto! —anunció Mollie en voz baja pero entusiasta, mostrando el papel firmado.
Megan soltó un chillido ahogado y la abrazó por los hombros, balanceándola. —¡Sabía que ese viejo cascarrabias no podría decirte que no! Eres la estudiante con el mejor promedio de Literatura. Si alguien merece cuidar esos libros históricos, eres tú.
—Además, eso significa que el presupuesto para nuestro café mensual está a salvo —añadió Chloe con una sonrisa analítica, aunque sus ojos brillaban de alegría—. Calculé que con tus ingresos actuales y los nuestros, estábamos a dos semanas de tener que recurrir al café instantáneo barato de la máquina expendedora. Y eso habría destruido mis neuronas para los exámenes finales.
Mollie soltó una carcajada, sintiéndose inmensamente afortunada de tenerlas. Caminaron juntas hacia los jardines del campus, disfrutando de la tarde templada.
—Empiezo esta misma noche —les contó Mollie, mientras se sentaban en una de las bancas de piedra bajo los enormes robles—. El turno es de ocho a doce de la noche. Estaré prácticamente sola, lo cual es perfecto porque podré adelantar mis lecturas para la clase de poesía victoriana.
—Sola y rodeada de silencio, el paraíso de Mollie Black —bromeó Megan, dándole un suave empujón con el codo—. Solo ten cuidado con los atletas rezagados que van a la biblioteca a última hora solo para intentar plagiar ensayos de internet. Si alguno se pone pesado, me avisas y le añado algún compuesto extraño a su termo de proteínas.
—No creo que haga falta —dijo Mollie, sonriendo con ingenuidad—. A esa hora la biblioteca es un desierto. Los estudiantes problemáticos están en los bares del centro o en las peleas clandestinas de las que todo el mundo habla. Lo peor que me puede pasar es tener que despertar a algún estudiante de medicina que se haya quedado dormido sobre un libro de anatomía.
Chloe miró su reloj y suspiró. —Bueno, mi futura guardiana de los libros, Megan y yo tenemos que ir al laboratorio de física antes de que cierren el ala norte. Pero celebramos mañana en el almuerzo, ¿trato?
—Trato. Vayan, no se retrasen —dijo Mollie, despidiéndose de ellas con la mano mientras las veía alejarse entre risas y empujones amistosos.
Con una última mirada al papel firmado por el director Vanderbilt, Mollie sintió que su vida en la universidad finalmente estaba bajo control.
A las siete y media de la tarde, el campus de Darlington lucía completamente diferente. El sol se había ocultado, dando paso a una niebla ligera y a los faroles de hierro forjado que iluminaban los caminos de piedra. Mollie caminó a paso ligero hacia el imponente edificio de la biblioteca central, sintiendo un cosquilleo de nerviosismo y emoción en el estómago.
Subió las escaleras de piedra y empujó las pesadas puertas de madera y cristal. El aroma a papel viejo, café y cera para muebles la recibió de inmediato.
Detrás del enorme mostrador de la entrada se encontraba la señora Gable, la bibliotecaria jefa, una mujer minuciosa que llevaba el cabello recogido en un moño tan tenso que parecía estirarle las cejas. Al ver acercarse a Mollie, dejó de sellar unos libros y la evaluó con la mirada.
—Buenas tardes, señora Gable. Soy Mollie Black. El director Vanderbilt firmó mi permiso esta tarde —dijo Mollie, extendiendo el documento con educación.
La mujer tomó la hoja, revisó la firma con la precisión de un detective y, finalmente, asintió con un leve gesto de aprobación. Abrió un cajón del escritorio y sacó un pequeño objeto metálico.
#4604 en Novela romántica
romance universitario, chico malo y chica buena, apuesta que se convierte en amor
Editado: 13.07.2026