Marca de Erion

Capítulo 15

Los tres chicos contemplaron con la boca abierta a la arquera que acababa de salvarles la vida. Sus flechas habían sido quirúrgicas, logrando inmovilizar a los atacantes en un parpadeo. Al verse superados y sin margen de maniobra, los enemigos no tuvieron más opción que huir hacia la espesura del norte, desapareciendo como sombras sin dejar rastro alguno.

​—¡Cobardes! ¡Vuelvan aquí y den la cara! —bramó Amelia, agitando un puño al aire con impotencia.

​Elora ignoró los gritos y comenzó a guardar sus flechas con una elegancia mecánica. Al darse la vuelta, su cabello, brillante y empapado por el rocío, desprendió pequeñas gotas que salpicaron la vegetación circundante, como si ella misma fuera una extensión de la naturaleza.

​—Mi casa está cerca —sentenció con una voz gélida pero firme—. Será mejor que nos movamos antes de que aparezca alguna patrulla de los Zarion.

​El refugio de Elora resultó ser una modesta construcción de madera camuflada entre el follaje; el tipo de estructura que pasaría totalmente inadvertida para un ojo no entrenado. Era el escondite perfecto. Resultaba casi irónico pensar que, en un lugar tan pequeño, se ocultaban los tres Erion que el Rey Zeldric buscaba con una obsesión casi divina.

​—Así que... ustedes son los famosos Erion de las profecías —soltó Elora de repente, cruzándose de brazos mientras escaneaba a los jóvenes con una mirada que parecía juzgar hasta sus almas—. Si les soy sincera, la decepción es bastante grande. No me los imaginaba así.

​Amelia sintió que la sangre se le subía a la cabeza; su rostro se tiñó de un rojo tan intenso que parecía que iba a echar humo por las orejas en cualquier momento.

​—¡¿Ah sí?! ¡¿Y se puede saber qué se supone que significa eso?! —replicó Amelia, dando un paso al frente.

​—Significa que, si se cruzaran con los Zarion ahora mismo, serían cadáveres en menos de un minuto —respondió Elora sin inmutarse—. Grábense esto en la cabeza: esto no es un campamento de verano. Se están enfrentando a una raza entera que quiere verlos muertos.

​James bajó la mirada, apretando los puños. Las palabras de la arquera habían dado en el clavo de sus propias inseguridades. La misión se sentía cada vez más pesada sobre sus hombros.

​—Sabemos que es peligroso —intervino Chard, tratando de mantener la compostura y la voz estable—. Por eso mismo Galen confía en nosotros. No vamos a fallar.

​—¡Exacto! —añadió James, forzando una sonrisa para recuperar el ánimo—. ¡Somos los Erion! No somos unos niños normales, ¿sabes?

​Elora esbozó una sonrisa de medio lado, una expresión enigmática que no terminaba de ser burlona ni compasiva.

​—Ya veremos si sus actos están a la altura de sus bocas, chicos. En fin...

​Cambiando el tono con una rapidez desconcertante, la joven señaló hacia el interior de la cabaña.

​—Descansen por hoy. El viaje ha sido largo y mañana el entrenamiento no tendrá piedad con sus cuerpos. Necesitan recuperar fuerzas.

​Esa noche, bajo el techo de madera de Elora, los tres compartieron una cena caliente. Entre bocados de comida casera y el crepitar del fuego, el ambiente se relajó lo suficiente como para permitirles olvidar, aunque fuera por unas horas, el peso del destino que cargaban.

​—Elora... ¿verdad? —preguntó Amelia, suavizando el tono de su voz. Se inclinó un poco hacia adelante, con una chispa de genuina preocupación en los ojos—. Si eres parte de la resistencia, ¿por qué estás viviendo en un lugar como este? —Su voz se entrecortó por un instante al imaginar el peligro—. Los Zarion podrían encontrarte en cualquier momento. Estás demasiado expuesta.

​Elora bajó la mirada y soltó un suspiro cargado de pesadumbre. Durante unos segundos, el silencio se apoderó de la habitación, roto solo por el crepitar de la leña.

James la observaba con fijeza, notando que, a pesar de su apariencia joven, emanaba un aura de madurez que solo se forja en el campo de batalla.

​—Estoy cumpliendo una misión de la organización —respondió ella finalmente, recuperando su semblante serio—. En esta zona, uso un nombre distinto. Nadie sabe quién soy realmente.

​—¿Una misión? —intervino Chard, visiblemente inquieto—. ¿De qué tipo exactamente?

​—No estoy autorizada a revelar los detalles operativos —sentenció Elora, cortando cualquier intento de indagación—. Pero vigilar los movimientos de las tropas Zarion es fundamental. Y ahora... protegerlos y entrenarlos a ustedes también ha pasado a ser parte de mis órdenes.

​—Ya veo —murmuró Amelia, uniendo las piezas en su cabeza—. Por eso Galen insistía tanto en que viniéramos aquí de inmediato.

​—Entonces el plan es entrenar contigo para volvernos más fuertes —concluyó Chard, con una determinación renovada en su mirada—. Así podremos enfrentarnos a esos monstruos sin volver a huir.

​Elora soltó una pequeña risa, un sonido cristalino que desarmó por completo la tensión del ambiente.

​—Je, debo admitir que son bastante perspicaces —dijo mientras se levantaba de la mesa, con una media sonrisa—. Me agradan. Pero dejemos las charlas para mañana; el cuerpo necesita descanso para asimilar el aprendizaje.

​El refugio de Elora resultó ser un oasis de paz para James y sus amigos. A pesar de la angustia de estar separados del grupo principal de los rebeldes, el ambiente era extrañamente acogedor.

El clima en el bosque era perfecto esa noche; una suave ventisca se filtraba por la rendija de la ventana, acariciando el rostro de James como un susurro.

Bajo el arrullo del bosque y el calor del hogar, James se hundió en un sueño profundo y reparador; fue la primera vez, desde que abandonó su pueblo natal, que las pesadillas se esfumaron como polvo en el viento.

Por unas horas, la guerra que aguardaba afuera no era más que un eco lejano. Sin embargo, la paz en el mundo de los Erion suele ser un lujo efímero.

​El agradable letargo fue interrumpido de forma violenta. James se incorporó de golpe, con el corazón martilleándole en las costillas y la respiración entrecortada.




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