—Recójanla. El ejercicio es simple: intenten tocarme antes de que el sol termine de salir. Si fallan, no habrá cena hoy.
La voz de Elora, fría y afilada como la punta de una flecha, cortó el aire gélido de la mañana.
Los árboles altos del Bosque Profundo parecían observar en silencio, como testigos de una ejecución inminente. Frente a ella, los tres jóvenes apretaron las empuñaduras de sus dagas.
No era un simple entrenamiento; era un bautismo de fuego. El verdadero infierno acababa de comenzar.
Con una coordinación nacida de la desesperación, el grupo se desplegó. James se movió hacia el norte, sus botas crujiendo contra la hojarasca seca. La bella Amelia, cuyos ojos reflejaban la luz mortecina del amanecer, flanqueó por el sur, mientras que Chard, el más sereno del grupo, cerró el paso por el este.
El oeste parecía una vía de escape, pero solo albergaba el tronco centenario de un roble colosal, una barrera natural tan infranqueable como la propia arquera.
Elora ni siquiera parpadeó. Su postura era la de un depredador analizando el aleteo inútil de tres presas en una red.
—¡Vamos allá! —gritó Amelia, rompiendo el estancamiento.
La chica se lanzó con una velocidad sorprendente, su daga trazando un arco plateado en el aire. Sin embargo, para los ojos de Elora, aquel movimiento era exasperantemente lento. En un parpadeo, la arquera simplemente "dejó de estar allí".
—¿A dónde se fue? —balbuceó Amelia, golpeando el aire vacío.
El impulso la llevó a tropezar con las raíces retorcidas del gran roble. Un destello de escarcha cubrió sus rodillas justo antes del impacto; su magia de hielo había reaccionado por instinto, salvándola de una lesión, pero no de la humillación de morder el polvo.
A unos metros, Chard permanecía inmóvil. Había decidido que sus ojos eran sus peores enemigos frente a la velocidad de Elora. Cerró los párpados, sumergiéndose en el sonido del bosque: el susurro del viento, el latido de la tierra y el sutil desplazamiento de las hojas.
Su concentración era absoluta, casi mística. Tan perfecta era su inmersión que se volvió sordo al mundo exterior, incluso al grito de Amelia.
—Es una buena estrategia para un guerrero —pensó Elora, apareciendo como un fantasma detrás de él —Pero el exceso de foco es una invitación a la muerte.
Sin mediar palabra, el arco largo de Elora impactó contra la espalda del chico. El sonido del golpe fue seco y demoledor. Chard fue proyectado contra el suelo, el aire escapando de sus pulmones en un gemido sordo. La velocidad de la arquera no dejaba espacio para la réplica.
Entonces, James explotó. Sin un plan, movido por la pura adrenalina, se abalanzó sobre ella. En su mente, estaba ejecutando una coreografía perfecta de estocadas y cortes; en la realidad, no eran más que ataques erráticos y carentes de sentido. Elora se limitaba a pivotar sobre sus pies, esquivando cada intento del chico rubio con una elegancia insultante.
Cuando el agotamiento empezó a nublar la vista de James, Elora decidió terminar la farsa. Una patada imbuida en un aura gélida impactó directamente en su abdomen. James voló varios metros, su cuerpo golpeando con violencia el tronco de un árbol antes de deslizarse hasta el suelo.
—¿Eso es todo? Qué pérdida de tiempo —sentenció Elora, acomodándose el carcaj. Ni un solo mechón de su cabello estaba fuera de lugar—. Realmente no son rivales para los Zarion. Creo que Galen se dejó llevar demasiado por esa maldita profecía.
—No... no cantes victoria —gruñó Chard, levantándose con movimientos rígidos, como un animal herido que se niega a morir.
Amelia se puso en pie a su lado, sus manos temblando pero sus ojos encendidos en una determinación feroz. Rendirse no era una opción grabada en su ADN. Eran los "Elegidos", y el peso de ese título los obligaba a mantenerse en pie, aunque sus piernas dijeran lo contrario.
Sin embargo, tras un árbol, James permanecía en silencio. Su cabeza estaba gacha, sumergida en una soledad que el bosque parecía amplificar.
¿Por qué yo?, se preguntó, mientras el recuerdo de la Aldea Asmalia cruzaba su mente como un sueño lejano. Recordó el olor a pan recién horneado, las risas con los vecinos y, sobre todo, el rostro cálido de su madre. Él era solo un chico común que amaba sonreír.
Pero en un segundo, el destino decidió que esa vida no era suficiente. Lo convirtieron en una pieza de un tablero divino, en un arma contra la tiranía.
—Mis piernas... no responden —pensó con horror, mirando sus extremidades entumecidas por el golpe —¿Acaso los dioses se equivocaron conmigo?
—¡James, te necesitamos! —la voz de Chard rompió su espiral de autocompasión.
—¿Dónde está ese idiota? —gritó Amelia—. ¡Los Erion tenemos que estar juntos! ¡Solos no vamos a poder!
El corazón de James dio un vuelco. "Te necesitamos". Esas palabras actuaron como un catalizador, quemando la inseguridad que lo carcomía. No era un error. No era un fracaso. Era un compañero.
—Así es... ¡Soy un Erion! —gritó, emergiendo de entre las sombras con una mirada renovada—. La profecía no me hará retroceder. ¡Después de todo, soy parte de ella!
James se reincorporó a la lucha justo cuando Amelia y Chard llegaban a su límite. La sorpresa en el rostro de Elora fue mínima, pero notable.
—Tengo que admitir que su voluntad no está nada mal —dijo la arquera, tensando su postura—. Sin embargo, la determinación no cierra la brecha de nivel.
Elora arremetió contra James con una velocidad asesina. Pero esta vez, el chico no cerró los ojos ni retrocedió. Mantuvo una postura firme, esperando el impacto con una serenidad que no poseía hacía cinco minutos.
Entonces, sucedió.
Elora se detuvo en seco. Su mano, que buscaba una flecha para un golpe no letal pero incapacitante, tembló. Estaba a centímetros de James, pero su visión se nubló. No veía al joven Erion frente a ella; veía un fantasma del pasado. Una lágrima solitaria surcó su mejilla.