Marca de Erion

Capítulo 17

Elora saltó cargando a los chicos, esquivando la poderosa explosión que arrasó el lugar donde había estado un segundo antes. La onda expansiva sacudió los árboles y levantó una nube de polvo gris que se expandió por el bosque.

Estaba impresionada. «Ya están aquí… esto es muy malo», pensó mientras dejaba a los niños con cuidado sobre el césped, sin apartar la mirada del humo que se disipaba frente a ella.

El causante del ataque se manifestó entre la neblina. Su aura era tan intensa que todo a su alrededor perdía color, como si la vida misma se retirara ante su presencia.

—Eres tú…

Su complexión robusta y la piel dura como roca no dejaban lugar a dudas. No podía confundirse; aquella presencia era inconfundible.

—Me notificaron sobre dos Zarion infiltrados en Ciudad Refugio —declaró con firmeza—. También recibí sus descripciones. No hay duda. Eres uno de ellos.

—Gracias por el halago tan reconfortante —respondió el monstruo con voz grave, avanzando un paso mientras el suelo crujía bajo sus pies.

Elora frunció el ceño. En la última batalla él había quedado al borde de la muerte. No entendía cómo podía estar allí, irradiando un poder incluso mayor que antes.

El Zarion dio una patada al suelo y la tierra retumbó. Una grieta se extendió varios metros entre los árboles, partiendo raíces y levantando polvo.

—Los humanos nunca cambian. Siempre intentando ser superiores. No subestimes a los Zarion… la raza dominante.

—No por mucho tiempo —replicó ella con determinación—. La profecía ya fue dictada. Y se cumplirá.

Kuragari observó a los niños detrás de Elora y sonrió con desprecio.

—¿Te refieres a ellos? Qué bajo han caído. Yo soy Kuragari… y no son rivales para mí.

Sin titubear, Elora tomó una flecha de su carcaj y tensó el arco. Su respiración se estabilizó mientras el viento comenzaba a arremolinarse débilmente alrededor de la punta.

—Sabes que no puedes vencerme —dijo él mientras apretaba el puño—. Siempre has sido inferior a nuestra raza.

—¡Cállate!

—Nuestra última lucha fue solo un entrenamiento. Y lo sabes.

—¿Qué quieres decir?

El viento sopló entre las hojas en un silencio denso y pesado.

—Lo recuerdo como si fuera ayer… cuando dejaste morir a alguien importante.

Los ojos de Elora ardieron y, sin pensar, se lanzó contra él movida por la rabia. No usó su arco ni calculó la distancia; actuó por impulso.

Fue su peor error.

Antes de alcanzarlo, Kuragari la sujetó del cuello y la levantó del suelo con una sola mano. Sus pies quedaron suspendidos mientras el aura oscura marchitaba la hierba bajo ellos.

—Veo que aún no lo superas —murmuró con desprecio—. Patético.

—¡Suéltame, insolente! —forcejeó, intentando liberar su garganta del agarre de hierro.

Los dedos se cerraron con más fuerza y el aire se volvió irrespirable. Su visión comenzó a oscurecerse mientras el peso de aquella presión la aplastaba.

—Aferrarte a una profecía no cambiará tu naturaleza —sentenció antes de arrojarla al suelo con brutalidad.

El impacto le arrancó el aliento y el dolor recorrió su espalda. Aun así, rodó sobre sí misma y tomó el arco con rapidez antes de que él pudiera rematarla.

Disparó una flecha directa al ojo, tensando la cuerda con determinación. El proyectil silbó a quemarropa.

Kuragari giró apenas el rostro y la punta chocó contra su piel, partiéndose como si hubiera golpeado acero.

—Ingenua.

Elora ya estaba tensando de nuevo.

Disparó tres flechas consecutivas: cuello, rodilla y costado. Cada una envuelta en viento comprimido que giraba como cuchillas invisibles, aumentando su poder de penetración.

Las dos primeras rebotaron sin dejar marca.

La tercera logró incrustarse superficialmente y una línea oscura descendió por su torso.

Kuragari arrancó la flecha sin mostrar dolor.

—Al menos aprendiste a apuntar —dijo antes de desaparecer de su vista.

Elora sintió el cambio de presión detrás de ella y se lanzó a un costado. El puño del Zarion impactó el suelo, abriendo un cráter que hizo vibrar la tierra.

Se incorporó sobre una rodilla y disparó al suelo frente a él. El viento explotó hacia arriba, levantando tierra y desestabilizándolo momentáneamente.

Sin perder ritmo, lanzó otra flecha directa a su rostro. Esta vez el viento cortante abrió una pequeña grieta en su piel rocosa.

—Molesto insecto.

El aura oscura se expandió violentamente y la presión la aplastó contra el suelo. Aun así, apoyó el arco, respiró hondo y tensó una última flecha cuya punta vibraba con viento concentrado.

Apuntó al corazón y soltó.

La flecha cruzó el aire dejando una estela visible, pero Kuragari la atrapó con una mano. El viento explotó en su palma y aun así la partió en dos sin dificultad.

En el siguiente instante apareció frente a ella.

No había espacio para retroceder ni tiempo para otra flecha. El puño descendió con intención de aplastarla.

El cielo rugió.

Un relámpago cayó con violencia devastadora, impactando directamente sobre Kuragari. La explosión eléctrica iluminó el bosque como si fuera pleno día.

El Zarion fue lanzado varios metros hacia atrás, envuelto en descargas azules que chisporroteaban sobre su piel mientras el olor a ozono impregnaba el aire.

Elora levantó la mirada, aturdida, y giró lentamente la cabeza.

James estaba de pie a unos metros detrás de ella, con los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil. Aun inconsciente, la electricidad danzaba sobre su piel como serpientes luminosas.

Otro relámpago cayó, no desde las nubes, sino desde él. La descarga impactó frente a Kuragari cuando intentó avanzar, obligándolo a cubrirse.

La tierra se abrió en líneas negras y humeantes mientras el aire vibraba con energía acumulada.

—¿Qué… poder es este…? —masculló el Zarion con el brazo humeante.

Ya no era la oscuridad dominando el bosque.




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