Marca de Erion

Capítulo 19

Una silueta permanecía en pie sobre la densa neblina que cubría el bosque.

No emitía luz. No respiraba. Solo estaba allí, inmóvil, como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse a su alrededor.

Poco a poco la figura se definió entre el humo: ojos azules, firmes y agotados; cabello rubio desordenado, manchado de sangre y ceniza.

Los gritos de alegría rompieron el silencio.

—¡Lo logró! —Amelia saltó, llevándose las manos al pecho.

—Nunca he visto una batalla tan intensa —murmuró Chard, todavía con el pulso acelerado—. Fue… aterradora.

Elora respiró hondo, aunque no bajó la guardia. Sus ojos recorrían el campo devastado.

A escasos metros de James, otra silueta yacía en el suelo.

Kuragari estaba mutilado. Le faltaba un brazo y la sangre oscurecía la tierra bajo su cuerpo. Las heridas atravesaban su torso y su expresión había quedado congelada en un gesto de furia inconclusa.

No había duda: estaba muerto.

El viento sopló con suavidad, como si incluso el bosque hubiera contenido el aliento hasta ese momento.

Entonces el cuerpo de James se tambaleó.

Sus piernas cedieron.

El agotamiento lo alcanzó de golpe, arrebatándole la fuerza que había sostenido durante la batalla.

Antes de tocar el suelo, Amelia lo sostuvo entre sus brazos.

—Eres muy valiente, James… —susurró con voz temblorosa—. Seguro no puedes escucharme, pero… eres la persona más fuerte que he conocido.

Le apartó un mechón de cabello del rostro y dejó un beso suave en su mejilla antes de acomodarlo con cuidado sobre el pasto.

Las nubes comenzaron a disiparse.

Las antorchas de Ciudad Refugio volvieron a encenderse una tras otra.

—Todo volvió a la normalidad —dijo Kael desde la muralla.

Galen observaba el horizonte con los brazos cruzados.

—Tal como lo imaginé… James lo logró.

—¿Qué habrá ocurrido exactamente? —preguntó Kael—. Elora estaba con ellos.

—Los Zarion —respondió el hechicero con serenidad—. Algunos debieron encontrarlos.

Apretó los puños, aunque su expresión permaneció imperturbable. Sabía perfectamente la amenaza que representaban para los Erion. Conocía mejor que nadie el peso de aquella guerra silenciosa.

Aun así, seguía confiando en la profecía.

—¿Crees que ganaron la batalla? —insistió Kael.

Galen dejó escapar una breve risa.

—No tendría sentido que el cielo se despejara si no fuera así.

Se dió media vuelta.

—Informa al resto. Que se preparen. Es momento de que entren en acción.

El regreso fue silencioso.

Chard cargó a James sobre sus hombros mientras Amelia caminaba a su lado sin apartar la mirada del rostro inconsciente del joven.

Elora iba delante, alerta.

Lo llevaron a la vivienda de la arquera y lo acomodaron en una de las habitaciones.

La tensión no desapareció con la victoria.

—¿Cómo pudieron encontrarnos? —preguntó Amelia finalmente—. Estábamos escondidos.

Elora dejó su carcaj junto a la pared.

—Son la raza dominante en esta región. Kuragari lo dijo con claridad. Este territorio les pertenece. Nosotros somos los intrusos.

Chard frunció el ceño.

—Entonces… ¿por qué Galen nos envió aquí? Sabía que estábamos expuestos. James casi muere contra uno solo.

El silencio se volvió espeso.

—Galen confía demasiado en la profecía —respondió Elora con calma—. Cree que ustedes son la clave para cambiar el rumbo de esta guerra.

Chard bajó la mirada.

La palabra guerra resonó con fuerza en su interior.

Un recuerdo, oscuro y punzante, comenzó a abrirse paso.

Y lo arrastró hacia meses atrás.

Siempre que llegaba a casa, Chard anunciaba su presencia.

—¡Abuela, ya llegué!

Era una costumbre. Una pequeña tradición.

Pero aquel día no hubo respuesta.

Solo silencio.

Un silencio extraño.

Dejó las bolsas de comida sobre la mesa y recorrió la casa.

—¿Abuela?

Nada.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

La encontró en la cocina.

De espaldas.

Inmóvil.

—¿Qué estás haciendo…?

Se acercó con cautela.

La anciana cayó hacia delante.

El sonido fue seco.

Un cuchillo sobresalía de su pecho.

El mundo de Chard se fragmentó en ese instante.

—No… no… esto no es gracioso… —susurró, arrodillándose junto a ella—. Abuela, dime algo…

La tomó entre sus brazos.

La sangre estaba tibia.

Demasiado real.

La ventana estalló de repente. El vidrio se dispersó en mil pedazos.

El asesino ya había escapado.

—¡No! ¡Abuela!

Su voz se quebró.

Entonces la puerta fue derribada por una explosión de magia.

Un joven vestido con ropas azules irrumpió en la escena. Su presencia imponía respeto.

—Llegamos tarde… —murmuró con rabia—. Malditos Zarion.

Chard apenas lo escuchaba.

—Lo siento, chico —dijo el hombre, acercándose con cautela—. No puedes quedarte aquí.

—¡No me iré! —gritó, aferrándose al cuerpo sin vida—. ¡Quiero estar con ella!

El hombre se agachó frente a él.

—Si te quedas, ellos volverán. Y no dejarán testigos.

Chard levantó la mirada, llena de lágrimas.

—¿Quiénes fueron?

—Los Zarion.

La palabra se grabó en su mente como una marca de fuego.

Las enseñanzas de su abuela resonaron entonces.

“Eres fuerte, Chard. Pase lo que pase, conviértete en el luchador que quieres ser.”

Las lágrimas comenzaron a secarse.

—Algún día… —murmuró con voz temblorosa— los encontraré.

El hombre asintió.

—Ese día llegará.

Y así fue como conoció a Galen.

—Chard.

La voz de Amelia lo devolvió al presente.

Parpadeó.

No se había dado cuenta de que una lágrima había recorrido su mejilla.

La limpió con rapidez.

—Estoy bien.

Un golpe suave contra la ventana interrumpió el momento.

Elora se acercó y la abrió.




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