Los jóvenes se miraron fijamente dentro del callejón. No se movía nada. Ni siquiera el viento. El cabello dorado de Chelsy permanecía rígido, como si el aire mismo se hubiese detenido.
La chica se frotó los oídos con fuerza.
—Te lo repito —murmuró Shin—. Me marcho. No quiero seguir siendo parte de esto.
Chelsy sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
—¿Qué rayos dices? ¡No hagas esas bromas!
Shin cerró el puño y bajó la mirada.
—No es una broma. Lo siento… y gracias por todo.
La revelación fue aplastante. Habían sido inseparables. Compañeros. Amigos. Erion.
Pero Shin ya no se veía digno de ese nombre.
Se dio la vuelta sin atreverse a mirarla. Ser débil era un lujo que los Erion no podían permitirse.
—¿A dónde irás? —preguntó ella, con la voz apenas firme.
—A cualquier lugar donde no sea una carga.
Chelsy comprendió al instante. Las burlas de Peter. La presión constante. El fracaso al controlar su energía.
—¡Espera! Hablaré con Peter. Desertar no es la solución.
Shin negó lentamente.
—No es solo él. Soy yo. No puedo controlar este poder… y nunca podré.
Un estruendo interrumpió sus palabras.
La tierra tembló. Las paredes vibraron. Un segundo estallido resonó, más cercano.
Gritos llenaron la ciudad.
Peter apareció corriendo por el callejón.
—¡Hay explosiones en el centro! ¡Dicen que son ladrones!
—No podemos ignorarlo —dijo Chelsy.
Peter asintió. Antes de irse, Chelsy miró a Shin.
—Haz lo que quieras. Pero si decides luchar… estaremos esperándote.
Y se marcharon.
Shin quedó solo.
El silencio regresó… pero ahora pesaba.
«¿Huyo… o me quedo? Si me quedo, estorbo. Si me voy, los abandono.»
—¡Te estamos esperando, Shin!
La voz resonó dentro de su mente.
Cálida. Profunda.
—¿Galen…?
¡BOOM!
La pared del callejón explotó. Shin rodó por el suelo, cubriéndose de los escombros.
Dos figuras emergieron entre el humo. Altos. Imponentes. Espadas plateadas en mano. En sus pechos, una insignia dorada con forma de espada.
—Interesante… —dijo uno—. El informe era correcto.
Shin retrocedió.
—¿Quiénes son?
Antes de que respondieran, tres presencias aterrizaron detrás de él.
Chelsy. Peter. Galen.
—¿Creíste que te dejaríamos solo? —gruñó Peter.
Shin lo miró, desconcertado.
—Pensé que me odiabas.
—A veces me desesperas —respondió—, pero sigues siendo uno de nosotros.
Chelsy sonrió, firme.
—Eres un Erion.
Shin sintió el calor de su marca de arena arder bajo su ropa.
Y entendió. No era perfecto. Pero pertenecía.
Los cazarecompensas rieron.
—Los Erion desaparecieron hace años. Y el Rey paga bien por rebeldes.
El rostro de Galen se ensombreció.
—Zeldric… así que ya ha comenzado.
La batalla estalló.
El acero chocó contra magia. El viento se comprimió en las manos de Peter. La tierra se alzó bajo los pies de Chelsy.
Shin cerró los ojos.
La arena comenzó a elevarse a su alrededor, formando una esfera compacta sobre su cabeza.
—¡Ahora! —gritó Peter.
La esfera descendió con violencia. El impacto sacudió el callejón. Pero la energía no se detuvo.
La arena siguió expandiéndose, descontrolada.
Las paredes cercanas comenzaron a resquebrajarse. Ventanas estallaron. Los cimientos vibraron.
—¡Shin, detente! —gritó Chelsy.
—¡No puedo!
Su marca ardía como fuego vivo.
El segundo cazarecompensas vio la oportunidad.
Lanzó su espada. Directa hacia Chelsy.
Todo ocurrió en un parpadeo.
Shin rompió su técnica y se lanzó frente a ella. La hoja atravesó su costado.
El sonido fue seco. El mundo se volvió silencioso. La arena cayó al suelo.
Peter se quedó inmóvil.
—…Shin.
El chico cayó de rodillas. La sangre comenzó a manchar su ropa.
Pero entonces, su marca brilló.
Una onda expansiva brotó de su cuerpo, lanzando a ambos cazarecompensas contra los muros con violencia brutal.
El suelo se hundió. El aire se volvió pesado.
Desde la entrada del callejón comenzaron a reunirse ciudadanos. Habían visto la explosión. Habían visto las marcas.
Los murmullos crecieron.
—Son ellos…
—Los Erion…
—Siguen vivos…
El cazarecompensas escupió sangre y sonrió.
—Perfecto. El reino entero lo sabrá.
Galen no dudó.
—Retirada. Ahora.
Peter cargó a Shin en brazos. Chelsy levantó una barrera de tierra para cubrir la huida.
Mientras escapaban, las campanas de alarma comenzaron a sonar por toda la ciudad.
Horas después, ocultos en un refugio improvisado.
Shin respiraba con dificultad. La herida era profunda.
Galen presionaba la zona con magia curativa, pero su expresión era grave.
—La espada estaba impregnada con energía inhibidora. No sanará fácilmente.
Chelsy sostenía la mano de Shin.
—No te atrevas a rendirte ahora…
Peter permanecía en silencio, con la mirada baja.
A lo lejos, la ciudad seguía en agitación.
Carteles comenzaron a circular esa misma noche:
Recompensa por información sobre los Erion.
Galen se puso de pie.
—Ya no podemos quedarnos aquí.
Peter levantó la mirada.
—Entonces huimos.
Chelsy asintió.
—Juntos.
Shin abrió apenas los ojos.
—Lo siento…
Peter apretó los dientes.
—Cállate. Esta vez no decides solo.
Galen miró hacia la oscuridad del cielo.
—Desde esta noche, el reino nos considera enemigos.
La ciudad que había sido su refugio… dejó de serlo.
Todo era un caos. Los guardias llegaron y peinaron la zona sin descanso.
Cada minuto, los rumores corrían como agua.
La existencia de los Erion ya era un hecho en el mundo.
El callejón donde se libró la batalla fue investigado de inmediato.
Galen se detuvo y miró hacia atrás.