Marca de Erion

Capítulo 21

—¿Cómo puedo confiar en ti? Eres una bruja.

Axel no retrocedió, pero su voz dejó claro que estaba preparado para hacerlo en cualquier momento.

Vanessa sonrió. No una sonrisa burlona, sino tranquila. Cálida.

—Vaya, empezamos fuerte —respondió con ligereza—. Tranquilo, querido. No pienso convertirte en sapo.

Axel no encontró ninguna gracia en el comentario.

La cueva estaba fría. Apenas entraba luz por la abertura superior. El eco de las gotas de agua cayendo desde el techo marcaba el silencio entre ambos.

—No estoy bromeando —dijo él—. Lo último que recuerdo es Ciudad Refugio. Después… nada. Y despierto aquí. ¿Qué hiciste?

Vanessa suspiró suavemente y se levantó del bloque de piedra donde estaba sentada. Sacudió el polvo de su vestido oscuro y acomodó su sombrero puntiagudo.

—Si hubiera hecho algo, lo sabría. Te encontré inconsciente en medio del bosque. Sin heridas graves. Sin rastros de magia reciente. Simplemente estabas allí.

Axel frunció el ceño. Eso era imposible.

—Al menos me alegra que los Zarion no te hayan encontrado primero.

El nombre cayó como una piedra.

—¿Los Zarion? —repitió Axel—. Espera… ¿no trabajas para ellos? Se supone que las brujas…

Vanessa soltó una pequeña risa.

—¿Que somos sus aliadas? Qué buena historia te han contado.

Se acercó un paso.

—Los Zarion nos cazan, Axel. No nos contratan.

El chico sintió un ligero estremecimiento.

—Entonces… ¿eres enemiga de ellos?

—En mi caso —respondió con firmeza—, soy parte de los rebeldes.

La palabra golpeó su memoria.

Rebeldes. Galen.

—¿Sigues las órdenes de Galen? —preguntó con cautela.

Vanessa sostuvo su mirada.

—Digamos que compartimos objetivos.

El silencio volvió a llenar la cueva.

—Las cosas no están saliendo bien —añadió ella—. Los Zarion se están moviendo más de lo habitual. Buscan algo… o a alguien.

Sus ojos se clavaron en él.

Axel sintió un peso incómodo en el pecho.

—¿A dónde te diriges? —preguntó finalmente.

Vanessa caminó hacia la salida de la cueva. La luz del exterior iluminó su silueta.

—Esa parte es confidencial.

Se giró apenas.

—Pero puedes venir conmigo… o quedarte aquí solo en medio del bosque. Tú decides.

Axel miró alrededor. Oscuridad. Frío. Incertidumbre.

No tenía información. No tenía aliados. Y quedarse quieto no lo acercaría a ninguna respuesta.

—De acuerdo —dijo al fin—. Iré contigo.

Vanessa sonrió levemente.

—Sabia elección.

Y juntos salieron de la cueva, adentrándose en el bosque.

***

El canto de los pájaros contrastaba dolorosamente con la quietud dentro de la habitación.

Amelia estaba sentada junto a la cama.
No se había movido en horas.

James permanecía inmóvil, con los ojos cerrados y la respiración constante, pero extrañamente rígida. Como si su cuerpo estuviera allí… y su mente en otro lugar.

Amelia sostuvo su mano entre las suyas. Estaba fría.

—Estamos aquí, James… —susurró—. Todos.

Tragó saliva.

—Chard, Elora… yo.

Sus dedos se cerraron con más fuerza.

—Eres fuerte. Siempre lo has sido. No puedes rendirte ahora.

El silencio no respondió.

—Galen estaría orgulloso de ti… —añadió con voz temblorosa—. Has hecho más de lo que cualquiera esperaba.

Una lágrima cayó sobre la sábana.

—Yo… no pude hacer nada.

Apretó los puños. La impotencia era peor que cualquier herida.

En ese momento, la puerta se abrió suavemente.

Chard apareció en el umbral.

—Elora te está esperando afuera.

Su tono era sereno, pero sus ojos revelaban el mismo cansancio emocional.

Amelia asintió. Se levantó con cuidado.

Antes de salir, miró a James una vez más.

—Volveré pronto.

Esta vez no fue una súplica.

Fue una promesa.

El claro del bosque estaba lleno de marcas.

Círculos rojos pintados en los troncos. Flechas clavadas en distintos ángulos.Arcos apoyados contra los árboles.

Elora estaba en el centro del claro.

Una flecha cayó y se clavó justo frente a Amelia.

—Llegas puntual —dijo la arquera.

Amelia observó el lugar, confundida.

—¿Qué significa todo esto?

—Entrenamiento.

—¿Entrenamiento?

—Recoge la flecha.

Amelia dudó un segundo, pero obedeció. La examinó.

El filo era perfecto. Equilibrado.

—¿Qué pretendes?

Elora no respondió. Tomó su arco, giró con precisión y tensó la cuerda.

El disparo fue casi invisible.

Un segundo después, la flecha impactó exactamente en el centro de un círculo rojo a más de cincuenta metros.

Amelia abrió los ojos con asombro.

—Eso fue…

—Necesitas ese nivel.

—¿Yo? Ni siquiera sé sostener un arco correctamente.

Elora la miró fijamente.

—Entonces aprenderás.

—¿Por qué yo?

Elora no apartó la mirada.

—Porque eres débil.

Las palabras dolieron más de lo esperado.
Antes de que Amelia pudiera responder, otra flecha silbó hacia ella.

Instinto. Se agachó.

La flecha pasó rozando su cabello.

—¿Estás loca?

—Muévete —ordenó Elora—. Menos preguntas.

Otra flecha.

Amelia rodó por el suelo.

—¡Podrías herirme!

—Podría matarte.

Silencio.

—¿No quieres proteger a James?

El nombre fue suficiente.

Amelia dejó de dudar. Se lanzó hacia uno de los arcos apoyados en un árbol. Una tercera flecha voló hacia ella. Se deslizó por el suelo y la esquivó por poco.

Tomó el arco.

Sus manos temblaban.

—Respira —dijo Elora.

Amelia inhaló profundamente. Sintió su poder fluir por sus venas.

Frío. Claro. Familiar. Colocó la flecha. Apuntó.

“Esta vez no fallaré.”

Soltó.

La flecha salió disparada.

Elora la atrapó en el aire.

—Buen intento, pero—

El aire cambió. El frío aumentó. El hielo comenzó a extenderse desde la flecha atrapada hacia los dedos de Elora.




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