Marca de Erion

Capítulo 22

Al día siguiente, James despertó.

El techo de madera fue lo primero que vió.

Parpadeó varias veces antes de intentar moverse. Su cuerpo protestó al instante; cada músculo le dolía como si hubiese luchado durante días.

Aun así, logró incorporarse y recostarse contra la pared junto a la cama.

Su cabello era un desastre absoluto, como si algún ave hubiera intentado construir un nido allí durante su ausencia.

—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente…? —murmuró, llevándose una mano al pecho—. Recuerdo que entrenábamos y luego…

Un dolor punzante le atravesó el torso. Apretó los dientes.

—Sinceramente, pensé que no despertarías.

James alzó la vista.

Elora estaba en la entrada, apoyada contra la pared con los brazos cruzados.

Su expresión era firme, pero había algo más detrás de sus ojos. Algo que no encajaba con su calma habitual.

—Elora… ¿qué pasó?

—Dormiste casi una semana —respondió sin rodeos—. Y te perdiste todo lo que ocurrió después.

El corazón de James se tensó.

—Dímelo todo. No me ocultes nada.

El silencio que siguió fue pesado. Finalmente, ella se separó de la pared y avanzó hasta quedar frente a él.

—Un Zarion nos encontró. Intenté detenerlo, pero era demasiado fuerte —su mandíbula se tensó—. Iba a matarme.
James sintió un vuelco en el estómago.

—Entonces… ¿cómo seguimos vivos?

Los ojos de Elora se clavaron en los suyos.

—Porque tú lo mataste.

El aire se volvió denso.

—¿Yo…? Eso es imposible. No recuerdo nada.

—No fuiste exactamente tú —corrigió ella—. Fue tu poder.

James frunció el ceño.

—¿Mi poder…?

Elora asintió.

—Cuando estuve a punto de morir, te levantaste. Pero no eras tú. Tus ojos no eran los mismos… no parecías consciente.

James tragó saliva.

—¿Qué hice?

Elora cerró los ojos un instante, como si reviviera la escena.

—Tu energía cambió. No era solo rayo… era algo más denso. Más salvaje. Atacaste sin dudar, combinando habilidades que jamás te he visto usar. Era como si alguien peleara con tu cuerpo, pero sin ninguna intención de contenerse.

Su voz bajó apenas.

—No fue una batalla. Fue una ejecución.

El pulso de James se aceleró.

—Y cuando el Zarion cayó… no terminó ahí. Tu poder quería más.

James sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Intenté… atacarlos?

—Sí.

El silencio cayó entre ambos.

—Amelia te detuvo —añadió Elora finalmente.

James levantó la mirada de golpe.

—¿Ella estaba allí?

—Lo vio todo. Y fue la única capaz de acercarse a ti.

El corazón le dolió más que cualquier herida.

—¿Cómo…?

—No lo sé —respondió Elora con honestidad—. Pero cuando te llamó, la energía se disipó. Como si tu poder la reconociera.

James apretó los puños sobre las sábanas. No recordaba nada.

Mientras él dormía… algo dentro de él había decidido matar. Y luego, casi destruirlo todo.

Bajó la cabeza.

—Elora… gracias por mantenerlos a salvo. Y… lo siento.

Ella parpadeó, sorprendida.

—No fue tu culpa.

James negó con fuerza.

—Sí lo fue. Ese poder es mío. Si pierde el control, la responsabilidad también es mía.

Levantó la vista, decidido.

—Te prometo algo. No volveré a permitir que mi poder sea una amenaza para nadie. Aunque tenga que dominarlo… o destruirlo.

Elora lo observó en silencio. No dijo nada más.

Pero por primera vez desde que había despertado, la tensión en sus hombros disminuyó.

Esa noche, el bosque estaba en calma.

El canto de los grillos llenaba el aire, constante y profundo.

Amelia y Chard dormían más tranquilos que en días. Elora, como siempre, permanecía despierta.

Un sonido seco rompió la quietud.

Golpe. Luego otro.

Se levantó sin hacer ruido y avanzó por la cabaña. Revisó primero la habitación de Amelia. Dormía profundamente.

El sonido volvió a escucharse, más claro esta vez. Venía del exterior.

Elora tomó su arco y salió al bosque.
Las sombras se extendían entre los grandes árboles, mecidas por la luz de la luna.

Golpe. Se deslizó entre los troncos hasta encontrar el origen.

James. Estaba en medio de un claro, con el torso descubierto. El sudor recorría su piel y caía al suelo como lluvia.

En su mano, una espada formada por energía eléctrica crepitaba con intensidad inestable.

Atacaba una y otra vez contra troncos caídos y rocas desgastadas.

Cada impacto dejaba marcas profundas.
Sus piernas temblaban. En más de una ocasión estuvo a punto de caer, pero sacudía la cabeza y volvía a levantarse.
Sin descanso. Sin pausa.

Como si estuviera huyendo de algo que llevaba dentro.

Elora lo observó un momento.

La energía que lo rodeaba ahora era distinta.

Controlada. Forzada a obedecer.

Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

—James… —susurró para sí—. Eres un gran luchador.

Y tras una breve pausa:

—Tal como tu padre… pero aún te queda camino por recorrer.

Se marchó en silencio, dejándolo entrenar bajo la luna.

Dos días después, abandonaron el bosque.

La ciudad apareció ante ellos al atardecer: Dalia.

Una metrópoli más pequeña que la capital, pero vibrante. Calles amplias, comerciantes gritando ofertas, banderas ondeando entre los edificios.

James observaba todo con ojos brillantes.

—¡Esta ciudad es increíble!

Vestían capas con capucha para ocultar sus rostros. Las marcas no podían ser vistas en territorio enemigo.

—Hay muchas tiendas —comentó Amelia—. Sería bueno echar un vistazo.

—Yo quiero pasar por una de armas —añadió Chard.

—Un momento —ordenó Elora con voz baja pero firme.

Los tres se detuvieron al instante.

—Aquí no son turistas —dijo, acercándose apenas—. Somos enemigos en la boca del lobo. Cada paso debe ser cuidadoso.

Antes de que pudieran responder, una voz llegó desde atrás.




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