El bosque guardaba un silencio espeso. James contemplaba a la hechicera con el desconcierto aún latiéndole en las sienes, mientras las palabras de ella parecían disolverse despacio entre los árboles.
—Fantástico. Nos han descubierto —espetó Amelia, cruzándose de brazos con dureza.
Chard exhaló un suspiro largo, pasándose una mano por la nuca.
—¿Cómo diablos lo supo?
James desvió la mirada hacia Eleine. Por mucho que hubieran compartido el peligro en la misión, seguía siendo una completa extraña. Ella no dijo nada; se quedó en silencio, con los ojos clavados en la hojarasca del suelo.
—¡Habla de una vez! —saltó Amelia, incapaz de contener el genio—. ¡No me digas que nos estuviste espiando todo este tiempo!
—Amelia, déjamelo a mí, por favor —pidió James, interponiéndose.
—¿De qué hablas?
—Yo debo interrogarla. No te entrometas.
Amelia frunció el ceño, reacia a ceder, pero la firmeza en los ojos de su compañero la detuvo a mitad del reclamo.
*«¿Qué le pasa? La está defendiendo, eso es obvio... pero ¿por qué?»*
James respiró hondo antes de volverse hacia la hechicera. Su postura era rígida, pero su tono buscó la tregua:
—Eleine. Quiero creer en ti, entender qué hay detrás de todo esto. En el fondo sé que no eres como los demás aventureros del gremio. Cuéntamelo.
La tensión en el aire se volvió tangible. Una gota de sudor frío bajó con lentitud por la sien de Eleine. De pronto, las piernas le fallaron y cayó de rodillas, hincándose sobre la tierra húmeda que le ensució el dobladillo de la túnica.
—Perdóname, James... Fui una tonta al dudar de ustedes —murmuró, con la vergüenza marcándole las mejillas—. Aquella noche, cuando descansaban en los aposentos, escuché su conversación por casualidad.
Los tres chicos retrocedieron mentalmente a aquel instante.
*—No creo que sea buena idea permanecer en esta ciudad —había dicho Amelia en la habitación—. ¿Y si nos descubren?*
*—Pensándolo bien, la mayoría de los aventureros del gremio son demasiado fuertes. Nos delatarán en cuanto nos descuidemos —le secundó Chard.*
Eleine, agazapada al otro lado de los tablones con su prodigioso sentido del oído, no había necesitado más.
*«¡Lo sabía! No son los aventureros que dicen ser»*
*—¿Qué decides... James?* —habían preguntado sus voces desde dentro.
Y la respuesta de él, firme y despreocupada:
*—Bueno, quiero hacer mi primera misión como aventurero.*
*—¿Estás loco, te picó un bicho? Estamos en territorio del Rey Zarion, no para jueguitos.*
*—¡Relájate! Nadie sospecha nada.*
*—¡Esa no es la cuestión!*
*—Creo que James tiene razón —apoyó Chard—. Mientras nadie sepa que somos los Erion, podemos seguir aquí.*
Eleine se había llevado las manos a la boca, ahogando un grito de asombro. Aquella última frase le había helado la sangre.
*«¿Son ellos? No puede ser...»*
Había recordado de inmediato el pergamino arrugado que colgaba en los tablones de la ciudad, con los rostros de Shin, Chelsy y Galen bajo una sentencia clara: *Bandidos suplantando a los Erion infiltrados en el reino*.
*«Esto es un grave problema»*, pensó entonces.
De vuelta en el presente, James, Amelia y Chard la miraban con los ojos abiertos de par en par. La confesión flotaba entre ellos, cargada de esquinas filosas.
—Si sabías quiénes éramos, ¿por qué no fuiste directo al gremio o con los guardias? —preguntó James, rompiendo el asombro.
Eleine dejó caer la frente.
—Estuve a punto de hacerlo. De hecho... acepté venir a esta misión solo para confirmar con mis propios ojos quiénes eran en realidad.
—¿Por eso te empeñaste en acompañarnos?
—Sí. Sin embargo...
El viento pareció suspenderse entre las copas de los árboles.
—Después de enfrentarnos a esa bestia, entendí que los carteles mentían. No son los monstruos que el rey describe.
James le devolvió una media sonrisa, cálida y limpia.
—Gracias, Eleine. Por darnos el beneficio de la duda.
Un carmín intenso tiñó las mejillas de la hechicera; hacía años que nadie le dirigía palabras tan sinceras. Apartó la vista de golpe, con el rostro encendido.
—Será mejor que se vayan. El velo del hechizo no va a aguantar mucho más.
James asintió con la cabeza y le hizo una seña rápida a sus compañeros. Los Erion emprendieron la marcha a trote ligero, perdiéndose entre los matorrales.
Eleine se quedó en el claro, inmóvil, siguiendo sus siluetas hasta que la espesura se los tragó por completo.
—Tengan cuidado —susurró para sí misma—. Sé que lograrán sacar a esa escoria de nuestro reino.
A las puertas de la ciudad, una silueta familiar de cabello cobrizo los aguardaba con los brazos cruzados y paciencia infinita.
—¡Elora! —exclamó Amelia al reconocerla.
—¿En serio eres tú? —soltó James con un hilo de voz, corriendo a su encuentro—. ¡Volviste con nosotros!
Un trueno sordo, seco y brutal estalló de repente en la bóveda celeste, cortando el aire y obligándolos a frenar en seco.
—Eso... no me gustó nada —murmuró Chard, empuñando la empuñadura de su espada por instinto.
—¿Otra bestia? ¿Otra maldita vez? —protestó James.
El estruendo se repitió, pero esta vez evolucionó en un bramido tan profundo que hizo vibrar el suelo bajo sus botas.
—Tranquilos, chicos. No hay de qué alarmarse —la voz de Elora sonó calmada, saliendo al paso con una sonrisa ligera—. Solo miren hacia arriba.
El cielo pareció oscurecerse de golpe cuando la mole descendió. Era una criatura titánica de escamas color pizarra, un hocico ancho surcado por cicatrices de vieja guerra y unos ojos dorados que brillaban como hojas de afeitar. Sus alas, descomunales, batían el aire levantando una ráfaga que despejó el polvo del camino.

Resef aterrizó con la elegancia pesada de una montaña que se acomoda, bloqueando la calzada con un estrépito que sacudió los cimientos de la muralla. Amelia desenvainó de inmediato, mientras Chard y James se plantaban al instante frente a Elora para hacer de escudo humano.