Marca de Sangre: El Trofeo del Sicario.

Sombras de Humo

El humo del cigarrillo de Ian se disipaba rápidamente bajo la lluvia persistente de la ciudad. Estaba de pie en el balcón del segundo piso, observando el desfile de autos blindados que llegaban a la mansión de su padre. Para el mundo, esa cena era una reunión de negocios de alto nivel; para él, era solo otra noche rodeado de monstruos vestidos con trajes de tres mil dólares.
Ian buscó en su bolsillo su encendedor de plata, el que tenía grabadas sus iniciales, pero sus dedos solo tocaron el vacío. Frunció el ceño. Era el tercero que perdía esa semana.
—Maldita sea —murmuró, dejando el cigarrillo a medio terminar en el cenicero de mármol.
Una sensación extraña, como una descarga eléctrica en la nuca, lo hizo ponerse tenso. Se sintió observado. No era la vigilancia aburrida de los guardaespaldas de su padre que patrullaban el jardín. Esto era diferente. Era una mirada pesada, depredadora, que parecía quemar su piel incluso a través de la camisa de seda.
Ian se asomó por el barandal, escaneando el límite del bosque que rodeaba la propiedad. Por un segundo, creyó ver un destello metálico entre los árboles, o quizás solo fue el brillo de unos ojos que no parpadeaban.
—¿Sigues ahí? —susurró para sí mismo.
Llevaba meses sintiéndolo. Al principio pensó que era paranoia, pero luego empezaron los "accidentes". El profesor que intentó sobrepasarse con él nunca volvió a clase. El primo que lo empujó en una fiesta terminó con ambas manos rotas en un "intento de robo". Alguien estaba limpiando su camino, eliminando cualquier molestia, como si estuviera podando un jardín para quedarse con la única flor que le interesaba.
Ian no tenía miedo. O al menos, no el miedo que debería sentir un heredero normal. Sentía una curiosidad oscura. Quería saber quién era el dueño de esa devoción violenta.
Entró a su habitación y cerró el ventanal, pero no corrió las cortinas. Se desabrochó los primeros botones de la camisa y se miró al espejo, sabiendo, sintiendo, que alguien afuera probablemente estaba usando binoculares para memorizar cada centímetro de su piel.
—Si tanto me quieres —dijo Ian, mirando directamente hacia la oscuridad del bosque a través del cristal—, vas a tener que venir por mí.
A kilómetros de ahí, sentado en un auto robado y con el encendedor de plata de Ian jugueteando entre sus dedos enguantados, Renzo dejó escapar una risa ronca.
—Pronto, mi principito —susurró, encendiendo la llama y observando cómo iluminaba su propia sonrisa cínica—. Muy pronto.



#1226 en Fantasía

En el texto hay: obsesión y venganza

Editado: 14.06.2026

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