Marcada por el Alfa

Capítulo 1

El aire de la noche huele a pino húmedo y a cerveza barata, una combinación que solo tiene sentido en un lugar como El Refugio, el único bar donde lobos de distintas manadas —y sin manada, como yo— podemos sentarnos en la misma barra sin que nadie pregunte demasiado.

Llevo aquí apenas diez minutos y ya siento que fue un error venir.

—Vas a arrancarle el vaso de las manos si sigues apretándolo así —dice Ezra, dejándose caer en el banco de al lado con esa sonrisa torcida que lleva usando desde que teníamos doce años.

Aflojo los dedos alrededor del vaso. No me había dado cuenta de que lo estaba sujetando como si fuera lo único sólido en la habitación.

—Estoy bien.

—Claro que sí. —Levanta dos dedos hacia el cantinero, pidiendo otra ronda sin que yo se lo pida. Así es Ezra: el único que se quedó cuando mi manada se disolvió, el único que sigue tratándome como si todavía perteneciera a algún sitio—. Solo digo que llevas tres semanas sin salir de esa cabaña, Aria. Te estás oxidando.

—Los lobos sin manada no se oxidan. Se vuelven cuidadosos.

—Los lobos sin manada se vuelven solos. Hay una diferencia.

No respondo. Ezra tiene ese don incómodo de decir las verdades que yo prefiero no mirar de frente. Llevo casi dos años sola —desde que mi manada cayó, desde que dejé de tener un territorio al que llamar mío—, y me he acostumbrado tanto al silencio que ya casi no lo noto.

Casi.

El bar está más lleno de lo normal esta noche. Hay una energía distinta en el ambiente, un zumbido bajo la piel que los lobos reconocemos antes de entender por qué. Es una sensación física, como electricidad estática antes de una tormenta, y cuando miro alrededor noto que no soy la única que la siente: varias cabezas se giran hacia la puerta sin motivo aparente, varias conversaciones se cortan a la mitad.

Ezra lo nota también. Deja de sonreír un segundo, olfateando casi sin darse cuenta, con esa concentración repentina que solo había visto en él cuando hablaba de su manada.

—Viene alguien importante —murmura.

No tengo que preguntar quién. La puerta se abre y el ruido del bar baja medio tono, como si todos hubieran aprendido a hacerse pequeños sin que nadie se los ordenara. Es un silencio raro, casi reverente, el tipo de silencio que solo genera el poder cuando entra en una habitación.

Kael.

Lo conozco de nombre, de reputación, de los rumores que corren entre manadas como fuego en pasto seco. El Alfa de Ravenswood. La manada más fuerte de la región, y el líder más temido que ha tenido en generaciones. Dicen que se hizo cargo del territorio a los diecinueve años, cuando su padre murió, y que desde entonces no ha vuelto a mostrar debilidad. Ni una sola vez. Dicen que ríe tan poco que algunos de sus propios lobos no recuerdan haberlo visto sonreír jamás.

No esperaba que fuera tan... presente.

Es alto, más de lo que sugerían los rumores, con el cabello castaño oscuro cayéndole desordenado sobre la frente, como si el viento de fuera todavía no hubiera terminado de peinarlo. Lleva una chaqueta de cuero desgastada que no combina con la formalidad rígida de su postura, y camina con la seguridad de alguien que nunca ha tenido que preguntarse si el espacio le pertenece.

Pero son sus ojos los que me atrapan.

Dorados. No un dorado tibio o cálido, sino algo más parecido al color de una moneda antigua bajo la luz de una hoguera: brillante, duro, con siglos de peso detrás. Recorren el bar entero en apenas dos segundos, catalogando cada amenaza, cada rostro, cada salida posible, antes de detenerse.

En mí.

Es apenas un instante. Un roce de su mirada contra la mía que debería significar nada —yo no soy nadie para un Alfa como él, una loba sin manada no vale ni una segunda mirada en su mundo— y sin embargo siento que el aire del bar se vuelve más denso, como si algo debajo de mi piel hubiera reconocido algo que mi mente todavía no entiende.

Mi corazón da un traspié extraño. No es miedo, aunque debería serlo. Es algo más parecido al reconocimiento, como si una parte animal de mí, mucho más vieja que mis pensamientos racionales, se hubiera puesto en pie de golpe dentro de mi pecho.

—Aria. —La voz de Ezra suena lejana—. Aria, oye.

Aparto la mirada primero. Tengo que hacerlo, o no estoy segura de qué habría pasado.

—¿Lo conoces? —le pregunto, con la voz más firme de lo que me siento por dentro.

—Todo el mundo lo conoce. —Ezra baja la voz, inclinándose hacia mí como si las paredes tuvieran oídos, lo cual, en un bar lleno de lobos, probablemente sea cierto—. Es de mi manada. Bueno, técnicamente. Llevo un año jurándole lealtad a Ravenswood, aunque él ni siquiera sabe mi nombre completo.

Eso explica muchas cosas. Por qué Ezra siempre desaparece unas semanas al mes. Por qué nunca habla mucho de dónde vive ahora, ni de qué hace cuando no está aquí, conmigo, fingiendo que el mundo sigue siendo tan simple como cuando éramos cachorros corriendo entre los mismos árboles.

—No sabía que estabas en su manada —digo, todavía sin poder evitar que mis ojos regresen, aunque sea de reojo, hacia la barra.

—No es algo de lo que uno presuma. —Sonríe, pero esta vez no le llega a los ojos—. Es un buen líder. Justo, en su mayoría. Solo que... frío. Como si algo se le hubiera congelado por dentro hace mucho tiempo y ya se hubiera olvidado de cómo deshacerlo.

Miro de reojo hacia la barra. Kael se ha sentado, rodeado por dos hombres que reconozco vagamente como parte de su séquito —lobos grandes, silenciosos, con los hombros tensos de quien siempre está de guardia—, pero incluso desde la distancia se nota que está solo de una forma que no tiene nada que ver con estar acompañado. Hay algo en la rigidez de su espalda, en la manera en que sostiene el vaso sin llegar a bebérselo del todo, que me habla de un peso que lleva cargando durante demasiado tiempo.

Algo en mi pecho se aprieta sin permiso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.