Salimos del bar sin que nadie lo decida en voz alta.
Un momento estoy sentada en la barra, con el corazón latiéndome contra las costillas como si quisiera escapar de mi pecho, y al siguiente estoy caminando junto a Kael por el sendero de tierra que se aleja de El Refugio, hacia el bosque, hacia la luna que cuelga enorme sobre los árboles. Ezra se ha quedado atrás, con una expresión que no supe leer del todo —preocupación, sí, pero también algo parecido a la resignación, como si ya supiera que nada de lo que dijera iba a detenerme.
No hablamos mucho mientras caminamos. No hace falta. El aire entre nosotros está tan cargado que cualquier palabra parecería de más, un intento inútil de nombrar algo que ninguno de los dos entiende todavía.
—¿Sabes lo que es esto? —pregunta Kael de pronto, deteniéndose bajo un roble enorme, con la luz plateada de la luna filtrándose entre las ramas y cayendo sobre su rostro de una forma que lo hace parecer tallado en piedra y fuego a la vez.
—No —admito—. Pero lo siento en cada parte de mi cuerpo.
Algo cruza su expresión, rápido, casi doloroso.
—Yo también.
Se acerca un paso, y luego otro, hasta que el espacio entre nosotros desaparece casi por completo. Puedo sentir el calor que irradia su piel, oler ese aroma a bosque después de la lluvia que parece pertenecerle solo a él. Levanto la cabeza para mirarlo a los ojos, y en ellos encuentro algo que no esperaba de un Alfa con la reputación de Kael: vulnerabilidad. Como si esto lo asustara tanto como a mí, aunque nunca fuera a admitirlo en voz alta.
—Puedo irme —susurro, aunque cada fibra de mi cuerpo grita lo contrario—. Si esto es solo el instinto hablando, puedo...
—No es solo el instinto. —Su voz sale más áspera de lo que pretendía, y levanta una mano para apartarme un mechón de pelo del rostro, con un cuidado que contradice todo lo que había escuchado sobre él—. Llevo diez años sin sentir nada, Aria. Y en un segundo, tú...
No termina la frase. No hace falta.
Cuando finalmente me besa, es como si algo que llevaba mucho tiempo conteniéndose se soltara de golpe. Sus labios son firmes al principio, casi cautelosos, como si todavía estuviera decidiendo si esto es real, pero cuando respondo al beso —cuando dejo que mis manos suban a su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la palma— algo en él se rompe por completo.
Me atrae contra su cuerpo con un brazo alrededor de mi cintura, y el beso se vuelve más profundo, más urgente, alimentado por semanas de soledad y años de contención que ninguno de los dos sabía que estaba cargando. Su otra mano se enreda en mi cabello, inclinándome el rostro hacia arriba, y un sonido bajo escapa de su garganta que hace que algo se derrita en mi interior.
—Aria —murmura contra mis labios, como si mi nombre fuera lo único que pudiera anclarlo a la realidad—. Dime que esto no es un error.
—No lo es —respondo, sin aliento, con la certeza absoluta de que jamás he estado más segura de nada en mi vida—. No puede serlo.
La luna llena arriba de nosotros parece brillar más fuerte, como si el mismo bosque estuviera conteniendo la respiración junto a nosotros. Siento el instinto elevarse en mi pecho, algo profundo y salvaje, la parte de mí que es más loba que mujer, reconociendo en Kael algo que mi mente racional apenas empieza a comprender: que este hombre, este Alfa temido por todos, es *mío* de una forma que trasciende cualquier explicación lógica.
Kael me guía hacia atrás, hasta que mi espalda encuentra la corteza áspera del roble, y sus manos recorren mi cuerpo con una mezcla de desesperación y reverencia que me deja sin aliento. Cada roce de sus dedos parece dejar una marca invisible en mi piel, cada beso a lo largo de mi cuello me hace estremecer contra él.
—Si paramos ahora —dice contra mi piel, con la voz ronca de necesidad contenida—, todavía podemos parar.
—No quiero parar.
Es todo lo que necesita escuchar.
Lo que sucede después es un torbellino de sensaciones que jamás podría haber imaginado: manos que se aprenden mutuamente en la oscuridad plateada del bosque, la desesperación de dos personas que han estado solas durante demasiado tiempo encontrándose por fin, el instinto animal y la ternura humana mezclándose en algo que no tiene nombre en ningún idioma. Kael es intenso pero cuidadoso, poderoso pero atento a cada reacción de mi cuerpo, como si memorizar mi placer fuera lo único que le importara en el mundo. Cuando finalmente nos unimos, bajo la luz de la luna llena que ilumina el claro del bosque como si fuera de día, siento algo que va más allá del placer físico: una conexión que se ancla en algún lugar profundo de mi ser, un lazo invisible que se teje entre nosotros con cada movimiento, con cada respiración compartida, con cada vez que susurra mi nombre como si fuera una plegaria.
En el momento culminante, algo cambia entre nosotros de una forma que siento en cada célula de mi cuerpo: un calor que se extiende desde donde nuestros cuerpos se unen hasta la punta de mis dedos, un reconocimiento antiguo que va más allá de las palabras. Kael suelta un gruñido bajo contra mi cuello, sus dientes rozando la piel sensible justo sobre mi pulso, y por un instante fugaz creo sentir algo parecido a una marca, un sello invisible que ninguno de los dos pronuncia en voz alta pero que ambos sentimos con la misma certeza.
Después, envueltos en el silencio del bosque, con su chaqueta de cuero sobre mis hombros y su brazo rodeándome mientras recuperamos el aliento, Kael me mira con una expresión que no había visto en él en toda la noche: algo suave, casi asombrado, como si no pudiera creer del todo lo que acaba de pasar entre nosotros.
—Quédate —dice, en voz baja, casi como una súplica que un Alfa como él no debería permitirse—. Esta noche, al menos.
Y por un momento, envuelta en su calor bajo la luna llena, quiero decir que sí con todo mi corazón.
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Editado: 20.08.2026