Me despierto con el cuerpo pesado y caliente, envuelta en el aroma de Kael como si me hubiera dormido dentro de él mismo. Durante un instante, ese instante frágil que existe entre el sueño y la consciencia total, no recuerdo nada de lo que significa esto. Solo siento el peso de su brazo sobre mi cintura, el calor de su pecho contra mi espalda, la extraña y desconocida sensación de no estar sola.
Y entonces recuerdo todo, y el pánico llega de golpe, como agua helada.
El cielo, a través de las ramas del roble bajo el que dormimos, ya no es completamente negro. Hay una línea tenue de gris azulado asomando por el horizonte, apenas perceptible, pero suficiente para que mi cuerpo entienda lo que mi mente todavía se niega a aceptar: el amanecer está a menos de una hora.
Me quedo inmóvil un momento, escuchando la respiración lenta y profunda de Kael detrás de mí. Duerme como si llevara años sin permitírselo del todo, con el ceño fruncido incluso en sueños, como si su cuerpo no confiara en soltar la guardia por completo ni siquiera ahora. Hay algo devastadoramente tierno en verlo así, tan distinto del Alfa temido que entró en el bar hace apenas unas horas, y por un segundo la idea de quedarme —de dejar que el sol salga sobre los dos, de averiguar qué significa esto a la luz del día— es tan fuerte que casi cedo.
Casi.
Pero entonces pienso en lo que Ezra me dijo en el bar, la advertencia que intenté ignorar toda la noche: *los Alfas como él no se fijan en lobas sin manada. Y si lo hacen, nunca es para nada bueno.* Pienso en la reputación de Kael, en las historias que había escuchado durante años sobre su frialdad, sobre su incapacidad de mostrar debilidad frente a nadie. Pienso en lo que significaría para un Alfa como él, líder de la manada más poderosa de la región, despertar a la luz del día y encontrarse atado —aunque sea solo por instinto, aunque sea solo por una noche de luna llena— a una loba sin nombre, sin territorio, sin nada que ofrecerle.
¿Y si lo que sintió anoche no era más que el instinto hablando? ¿Y si al amanecer, cuando la niebla del deseo se disipe, me mira con la misma frialdad con la que mira a todos los demás?
No podría soportarlo. Prefiero irme ahora, con el recuerdo de esta noche intacto, que quedarme a ver cómo se desvanece frente a mis ojos.
Me muevo con el cuidado de quien ha aprendido a sobrevivir en silencio, deslizándome fuera del círculo de su brazo con movimientos lentos, casi imperceptibles. Kael se remueve, murmura algo ininteligible, y por un momento aterrador creo que va a despertar. Pero solo cambia de posición, buscando inconscientemente el calor que acabo de dejar atrás, y su respiración vuelve a estabilizarse.
Me pongo de pie despacio, temblando —de frío, de nervios, de la magnitud de lo que estoy a punto de hacer— y busco mi ropa esparcida entre las raíces del roble. Cada prenda que recojo me devuelve un fragmento de la noche: la urgencia de sus manos, la ternura inesperada entre besos, las palabras que susurró contra mi piel que todavía no sé si atreverme a creer.
*Quédate. Esta noche, al menos.*
Aprieto los ojos con fuerza, tragándome el nudo que se me forma en la garganta. No es solo que tenga miedo de que él me rechace a la luz del día. Es algo más profundo, algo que no me atrevo a nombrar del todo: el terror de empezar a necesitar a alguien otra vez, después de haber pasado dos años enteros aprendiendo a no necesitar a nadie. Mi manada me enseñó lo que pasa cuando confías, cuando te permites depender de algo más grande que tú misma. Todo se puede derrumbar. Todo se puede perder.
No puedo permitirme perder algo que ni siquiera he tenido el valor de reclamar como mío.
Termino de vestirme con manos temblorosas y me quedo un momento mirando a Kael dormido, memorizando cada línea de su rostro relajado por el sueño, la forma en que la luz gris del amanecer empieza a delinear sus rasgos. Quiero grabar esta imagen en algún lugar de mi memoria que no pueda borrarse nunca, porque una parte de mí, la parte más honesta y aterrada, ya sabe que probablemente no vuelva a verlo así.
—Lo siento —susurro, tan bajo que ni siquiera el viento debería poder escucharlo—. No sé hacer esto de otra forma.
Me alejo del claro con pasos silenciosos, mirando atrás una sola vez antes de que los árboles se cierren entre nosotros. Kael sigue durmiendo, ajeno a que la mujer con la que compartió la noche más intensa que ha tenido en años ya está desapareciendo entre la niebla del amanecer.
El camino de regreso a mi cabaña es más largo de lo que recuerdo. Cada paso se siente como si estuviera caminando en dirección contraria a donde debería ir, como si mi propio cuerpo protestara contra la decisión que estoy tomando. El bosque, tan familiar durante los últimos dos años, se siente hoy distinto: más silencioso, más vacío, como si también él supiera que estoy dejando algo importante atrás.
Cuando finalmente llego a la cabaña, con el sol ya asomando sus primeros rayos dorados entre las copas de los árboles, me dejo caer contra la puerta cerrada, deslizándome hasta el suelo con las piernas temblando. Ahí, sola, en la seguridad de mis cuatro paredes conocidas, finalmente me permito llorar.
No sé exactamente por qué lloro. Lloro por el miedo, sí, pero también por la certeza extraña y contradictoria de que algo irreversible acaba de pasar entre nosotros —algo que ninguna distancia, ninguna huida al amanecer, va a poder deshacer del todo. Lloro por la soledad que he cargado durante dos años y que anoche, por primera vez, sentí aliviarse por completo, aunque fuera solo por unas horas. Lloro porque una parte pequeña y terca de mí sigue deseando haberme quedado, haber esperado a ver qué habría pasado si le daba a Kael la oportunidad de sorprenderme.
Pasan los días. Una semana. Dos.
Empiezo a notar los cambios de forma sutil al principio: el cansancio que no se va por más que duerma, las náuseas que llegan sin aviso al amanecer, la sensibilidad repentina a olores que antes ni siquiera registraba. Al principio me digo que es el estrés, que es el cuerpo procesando lo que pasó esa noche, que es cualquier cosa menos lo que mi instinto de loba ya sabe con una certeza aterradora antes de que mi mente termine de aceptarlo.
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Editado: 09.09.2026