Marcada por el Alfa

Capítulo 4

El pueblo aparece frente a mí después de tres días de caminata, escondido en un valle rodeado de montañas bajas cubiertas de pinos, tan alejado de cualquier territorio conocido que dudo que ni siquiera los rumores más rápidos entre manadas logren llegar hasta aquí. Se llama Hollow Creek, según el cartel desgastado por el clima que encuentro en la entrada del camino de tierra, y por lo que puedo ver desde la distancia, es exactamente lo que necesito: pequeño, discreto, lo suficientemente lejos de Ravenswood como para que nadie relacione mi nombre —ni mi olor— con el Alfa que dejé dormido bajo un roble hace casi dos semanas.

Llevo el poco dinero que había ahorrado durante mis dos años sola cosido en el forro de mi mochila, junto con lo poco que decidí que valía la pena cargar: un par de mudas de ropa, algunas fotografías viejas de mi manada de antes, y una determinación tan grande como el miedo que la alimenta.

No sé exactamente qué esperaba encontrar al llegar. Tal vez, en algún rincón ingenuo de mi mente, imaginaba algo parecido a un refugio evidente, una señal clara de que había tomado la decisión correcta. Lo que encuentro, en cambio, es un pueblo pequeño y ordinario: una calle principal con un puñado de tiendas, una cafetería con las luces todavía encendidas a pesar de la hora, y el silencio particular de los lugares donde nadie espera que llegue nadie nuevo.

Camino hasta la cafetería —Rosie's, dice el letrero pintado a mano sobre la puerta— porque es el único lugar con luz y porque mis piernas ya no pueden sostenerme mucho más sin descansar. Dentro, el calor y el olor a café recién hecho me envuelven de inmediato, y por un momento cierro los ojos y dejo que esa pequeña sensación de normalidad me atraviese.

—¿Necesitas algo, cariño? —pregunta una mujer mayor detrás del mostrador, con el pelo gris recogido en un moño despeinado y unos ojos amables que me recorren con la clase de preocupación genuina que hace mucho no recibía de una desconocida.

—Un café —digo, y mi voz sale más ronca de lo que esperaba, cargada del cansancio de tres días de camino—. Y, si sabe de algo... busco trabajo. Y un lugar donde quedarme.

La mujer —Rosie, deduzco por el nombre del letrero— me estudia un momento más de lo que resulta cómodo, como si estuviera evaluando algo que va más allá de mis palabras. No puede saber que soy una loba, claro; en un pueblo como este, alejado de cualquier territorio de manada, es probable que ni siquiera sepa que las manadas existen. Pero hay algo en su mirada que sugiere que reconoce el cansancio de alguien que está huyendo de algo, y que ha visto ese mismo cansancio antes en otros rostros.

—Tengo una habitación arriba que no uso desde que mi hija se casó y se mudó —dice finalmente, sirviéndome el café sin que se lo pida dos veces—. No es gran cosa, pero tiene una cama y una ventana que da al bosque. Y aquí en la cafetería siempre necesito ayuda; la chica que tenía se fue a la universidad el mes pasado y no he encontrado a nadie que aguante los madrugones.

Siento que algo se afloja en mi pecho, un alivio tan intenso que casi me hace llorar ahí mismo, sobre el mostrador de una cafetería que nunca antes había visto.

—Puedo madrugar —digo, con una sonrisa temblorosa—. Puedo hacer lo que sea.

—Bueno, entonces creo que acabamos de resolvernos un problema la una a la otra. —Rosie sonríe, con una calidez que no me esperaba de una desconocida—. Soy Rosie. Y tú, ¿cómo te llamas?

Dudo un segundo antes de responder. Es una tontería, lo sé —mi nombre no significa nada para nadie en Hollow Creek, no hay razón para ocultarlo—, pero después de dos semanas huyendo, la costumbre de la cautela se ha vuelto casi instintiva.

—Aria —digo finalmente.

—Bonito nombre. —Rosie asiente, satisfecha, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba—. Ven, te muestro la habitación. Pareces alguien que necesita dormir en una cama de verdad antes de que hablemos de horarios.

La sigo por una escalera estrecha detrás del mostrador, hasta un pequeño departamento sobre la cafetería que huele a café y a madera vieja, reconfortante de una forma que no esperaba. La habitación que me muestra es simple —una cama individual, una cómoda desgastada, una ventana que efectivamente da hacia una hilera de pinos que se pierden en la distancia— pero después de tres días durmiendo entre raíces de árboles y el miedo constante de que alguien pudiera encontrarme, se siente como el lugar más lujoso del mundo.

—Puedes quedarte el tiempo que necesites —dice Rosie desde la puerta, con una mirada que se detiene un momento de más en mi rostro, como si estuviera leyendo algo que yo todavía no he dicho en voz alta—. Y si en algún momento quieres hablar de lo que sea que estés dejando atrás, la puerta de mi cocina siempre está abierta. Pero si no quieres, eso también está bien. Aquí en Hollow Creek nadie hace demasiadas preguntas.

—Gracias —susurro, con la garganta apretada—. De verdad.

Cuando se va, cerrando la puerta con suavidad detrás de ella, me siento en el borde de la cama y por primera vez en días permito que mi cuerpo se relaje del todo. Las manos, que llevo apretadas en puños desde que salí del claro donde dejé a Kael dormido, finalmente se aflojan. Respiro hondo, y por un instante el aire de esta habitación desconocida se siente más seguro que cualquier lugar en el que haya estado en mucho tiempo.

Pongo una mano sobre mi vientre, todavía completamente plano, sin ningún indicio visible de lo que está creciendo dentro de mí, y por primera vez desde que confirmé el embarazo me permito pensar en el futuro sin que el miedo lo domine todo.

—Vamos a estar bien —susurro, más para convencerme a mí misma que porque crea que el bebé, apenas unas semanas formándose, pueda escucharme—. Te lo prometo. Vamos a encontrar la forma de que estemos bien, los dos solos.

Los días siguientes se convierten en una rutina que, para mi sorpresa, empieza a sentirse casi reconfortante. Me levanto antes del amanecer para ayudar a Rosie a abrir la cafetería, aprendo a preparar el café exactamente como les gusta a los clientes habituales —un granjero llamado Tom que siempre pide el mismo pedido sin variación, una pareja de ancianos que viene cada domingo después de la misa—, y descubro que hay algo curativo en la monotonía simple de servir mesas, limpiar mostradores, y existir sin que nadie sepa ni le importe quién fui antes de llegar aquí.




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