Marcada por el Alfa

Capítulo 5

Encuentro a Ezra en los establos, cepillando a uno de los caballos con una concentración exagerada que reconozco de inmediato: es la misma concentración fingida que usan mis lobos cuando intentan evitarme. Llevo tres semanas notándola en él, esa forma de esquivar mi mirada, de encontrar excusas para no cruzarse en mi camino, de desaparecer discretamente cada vez que menciono, aunque sea de pasada, a la loba que conocí en El Refugio.

Tres semanas desde que desperté solo bajo el roble, con el aroma de Aria todavía impregnado en cada centímetro de mi piel y el hueco más grande que he sentido en toda mi vida abriéndose en mi pecho. Tres semanas de un vacío que no logro explicarle a nadie, ni siquiera a mí mismo, porque ¿cómo le dices a tu manada que una sola noche con una desconocida te ha dejado más roto que diez años liderando Ravenswood sin descanso?

—Ezra.

Se sobresalta, aunque intenta disimularlo pasando el cepillo por el lomo del caballo con más fuerza de la necesaria. El animal resopla, molesto, y Ezra murmura una disculpa antes de finalmente girarse hacia mí.

—Kael. No te escuché llegar.

Es mentira, por supuesto. Ningún lobo de mi manada deja de escucharme llegar; es prácticamente un instinto entrenado a base de años de disciplina. Pero dejo pasar la mentira, porque lo que realmente me interesa está en otra parte.

—Necesito preguntarte algo. —Doy un paso hacia él, y noto cómo su cuerpo se tensa de forma casi imperceptible, cómo su mirada se desvía hacia la salida del establo como si estuviera calculando distancias—. Y quiero que esta vez no evites la respuesta.

—No sé de qué hablas.

—Sabes exactamente de qué hablo. —Mi voz sale más dura de lo que pretendía, cargada de la frustración acumulada de tres semanas sin respuestas, de tres semanas sintiendo un lazo invisible tirando de mi pecho hacia una dirección que no logro identificar—. La loba. La que estaba contigo en El Refugio hace tres semanas. Aria.

El nombre sale de mi boca con una facilidad que me sorprende incluso a mí, como si llevara pronunciándolo en silencio cada noche desde entonces. Y probablemente sea exactamente así.

Ezra deja el cepillo sobre una repisa con cuidado excesivo, ganando tiempo, evitando mi mirada.

—No sé dónde está —dice finalmente, aunque la forma en que lo dice, con los hombros ligeramente encorvados, con el olor a nerviosismo que no puede ocultar de un Alfa, me confirma exactamente lo contrario.

Cierro la distancia entre nosotros en dos zancadas, dejando que la autoridad que llevo reprimiendo durante semanas de cortesía forzada finalmente se manifieste. Ezra retrocede instintivamente, con la cabeza ligeramente inclinada en un gesto de sumisión que no logra ocultar el desafío en sus ojos.

—Eres mi lobo, Ezra. Me juraste lealtad hace un año. —Mi voz baja hasta convertirse en algo peligrosamente calmado, el tono que uso cuando la ira ha dejado de ser un grito para convertirse en algo más frío, más controlado, más aterrador—. Y ahora mismo estás mintiéndole en la cara a tu Alfa.

—No te estoy mintiendo sobre dónde está ahora. —La voz de Ezra tiembla, pero mantiene la posición—. Realmente no lo sé. Se fue hace semanas. Desapareció sin decirle a nadie a dónde iba, ni siquiera a mí.

Algo en mi pecho se contrae dolorosamente ante esa información. Se fue. Desapareció. Las palabras se sienten como golpes físicos, cada una peor que la anterior.

—¿Por qué? —pregunto, y odio que mi voz se quiebre ligeramente en esa única palabra—. ¿Por qué se fue así, sin decir nada?

Ezra me mira entonces con algo que se parece peligrosamente a la lástima, y eso me enfurece más que cualquier mentira que pudiera haberme dicho.

—Porque tiene miedo, Kael. Miedo de lo que significa esto para un Alfa como tú. Miedo de que la reclames por deber en lugar de por... —se detiene, como si estuviera decidiendo cuánto atreverse a decir— por lo que sea que sintieron esa noche.

La revelación me golpea con una fuerza que no esperaba. Todo este tiempo pensé que se había ido porque yo no le importaba lo suficiente, porque una noche de instinto no significaba nada comparado con la vida que ya tenía. Nunca consideré que pudiera ser al revés: que se hubiera ido precisamente *porque* le importaba, porque tenía miedo de lo que yo pudiera hacerle sentir, o de lo que ella pudiera significar para mí de una forma que yo mismo nunca había admitido en voz alta.

—Llévame a donde vivía —digo, y ya no es una petición.

—Kael, no creo que...

—Ezra. —Solo su nombre, pronunciado con toda la autoridad que llevo dentro, y es suficiente para que baje la cabeza en rendición.

—Está bien. Pero te lo advierto: puede que no encuentres nada. Han pasado semanas.

No me importa. Necesito verlo con mis propios ojos. Necesito estar en el espacio donde ella existió, donde durmió, donde vivió su vida solitaria antes de que yo apareciera en ella y lo arruinara todo, o tal vez lo cambiara todo, dependiendo de cómo se mire.

El camino hasta la cabaña de Aria toma casi una hora a través del bosque, siguiendo senderos que Ezra conoce con la familiaridad de quien los ha recorrido muchas veces antes. Durante todo el trayecto, mi mente da vueltas sin parar alrededor de la misma pregunta imposible: ¿por qué siento este vacío tan profundo por una mujer que apenas conocí durante una noche? Los Alfas no sienten esto. No deberían sentir esto. He pasado diez años entrenándome para no necesitar nada ni a nadie, para que ninguna debilidad pudiera ser usada en mi contra, y sin embargo aquí estoy, siguiendo el rastro de una loba desaparecida como si mi vida entera dependiera de encontrarla.

Cuando finalmente llegamos, la cabaña aparece entre los árboles como una sombra pequeña y silenciosa, con las ventanas oscuras y un aire de abandono que se siente en cada tabla desgastada de la estructura. Mi corazón, si es que todavía puede llamarse así después de años de disciplina forzada, empieza a latir con una velocidad que no logro controlar.




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