La sala del consejo de Ravenswood nunca ha estado tan silenciosa como en el momento en que entro, todavía con el polvo de la cabaña vacía de Aria impregnado en mis botas y una determinación ardiendo en mi pecho que ninguno de los presentes ha visto antes en mí, ni siquiera en los momentos más críticos de mi liderazgo.
Mis cinco lobos de mayor rango están reunidos alrededor de la mesa de roble macizo que perteneció a mi padre antes que a mí, cada uno con expresiones que van desde la curiosidad hasta la cautela abierta. Han aprendido, durante los últimos diez años, a leer mi humor antes de que yo pronuncie una sola palabra, y lo que están leyendo ahora mismo, evidentemente, los tiene desconcertados.
—Convoqué esta reunión por una razón —empiezo, sin sentarme, dejando que mi presencia de pie en la cabecera de la mesa establezca de inmediato el tono de lo que viene—. Vamos a movilizar recursos de la manada para localizar a una persona.
Marcus, mi beta y la persona en quien más confío después de años de servicio leal, es el primero en hablar, con la franqueza que solo él se permite conmigo.
—¿Qué persona, Kael? Nunca antes has pedido movilizar recursos de búsqueda para nadie que no sea una amenaza directa contra el territorio.
—Su nombre es Aria. —Digo el nombre con una claridad deliberada, sin ninguna vacilación, dejando que cada uno de los presentes entienda que no estoy dispuesto a tolerar preguntas sobre por qué esto importa—. Es una loba sin manada. Y la vamos a encontrar.
Un silencio pesado cae sobre la mesa. Puedo ver las miradas que se cruzan entre mis lobos, la sorpresa apenas disimulada, las preguntas no formuladas que flotan en el aire cargado de la sala. Ninguno de ellos se atreve a preguntar directamente qué significa esta mujer para mí, pero puedo oler la curiosidad como si fuera humo.
—Kael. —Marcus elige sus palabras con el cuidado de quien ha aprendido, con los años, hasta dónde puede llevar mi paciencia—. Con todo respeto, movilizar recursos de búsqueda a esta escala, sin una amenaza clara para el territorio, va a generar preguntas entre los demás miembros de la manada. Preguntas que quizás no quieras responder.
—No me importa qué preguntas genere. —Mi voz sale con un filo que hace que dos de los lobos más jóvenes en la mesa bajen instintivamente la mirada—. Soy el Alfa de esta manada. Cuando doy una orden, se ejecuta. No necesito justificar cada decisión ante nadie en esta sala.
El silencio se vuelve todavía más denso. Sé que estoy siendo duro, más duro de lo necesario quizás, pero diez años liderando Ravenswood me han enseñado que la vacilación es el veneno más peligroso que puede tener un Alfa. Cualquier grieta de duda, cualquier momento de debilidad visible ante mi consejo, puede ser aprovechado por quienes buscan cuestionar mi autoridad, especialmente ahora, con la amenaza creciente de la manada de los Thornwood moviéndose cada vez más cerca de nuestras fronteras.
—Necesito que cada uno de ustedes movilice a sus mejores rastreadores —continúo, recorriendo la mesa con la mirada, deteniéndome en cada rostro el tiempo suficiente para que entiendan que esto no es una petición—. Quiero equipos cubriendo cada territorio neutral en un radio de trescientos kilómetros. Quiero que se contacte discretamente a cualquier manada aliada que pueda haber visto a una loba sin manada de las características de Aria en las últimas semanas.
—¿Y si no quiere ser encontrada? —pregunta Elena, la única mujer en mi consejo, con una expresión pensativa que sugiere que está considerando algo más allá de la simple logística de la búsqueda—. Kael, si se fue sin decir nada, tal vez tenía sus razones. Razones que quizás merezcan ser respetadas.
La pregunta me golpea con más fuerza de la que esperaba, precisamente porque toca algo que llevo cargando desde que salí de la cabaña vacía: la culpa, el peso de saber que mi propia reputación probablemente fue lo que la ahuyentó en primer lugar.
—Sus razones para irse tienen que ver conmigo —digo, con una honestidad que rara vez me permito frente a mi consejo—. Con lo que la gente piensa que soy. Frío. Incapaz de sentir nada más allá del deber. —Hago una pausa, sintiendo el peso de admitir esto en voz alta por primera vez—. Y necesito la oportunidad de demostrarle que se equivocó.
Nadie en la mesa dice nada durante un largo momento. Puedo sentir el cambio en el ambiente, la forma en que mis palabras han abierto una grieta en la fachada que he construido tan cuidadosamente durante una década, y una parte de mí odia esa vulnerabilidad expuesta frente a mi propio consejo. Pero otra parte, más nueva, más desconocida, entiende que esta es exactamente la clase de honestidad que necesito si quiero tener alguna oportunidad de recuperar lo que perdí.
—Hay algo más que deberías saber, Kael. —La voz de Marcus suena cautelosa, casi vacilante, algo completamente inusual en él—. Uno de nuestros exploradores reportó, hace unos días, cierta actividad inusual cerca de la frontera sur. Nada confirmado todavía, pero podría estar relacionado con los Thornwood.
Aprieto la mandíbula, sintiendo el peso doble de las responsabilidades que ahora cargan sobre mí: encontrar a Aria, proteger a mi hijo o hija que ella podría estar escondiendo sin que yo lo sepa —una posibilidad que ni siquiera me atrevo a considerar en voz alta todavía—, y al mismo tiempo mantener Ravenswood a salvo de una amenaza externa que crece cada día más.
—Entonces vamos a dividir los recursos —decido, con la claridad de alguien acostumbrado a tomar decisiones difíciles bajo presión—. Marcus, tú te encargas de reforzar la vigilancia en la frontera sur y de investigar la actividad de los Thornwood. Necesito saber exactamente qué están planeando antes de que se convierta en una amenaza real.
—Entendido.
—Elena, tú coordinas los equipos de búsqueda. Quiero reportes diarios, sin importar cuán pequeños sean los avances. Cualquier rastro, cualquier rumor, cualquier mención de una loba sin manada viajando sola, quiero saberlo de inmediato.
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Editado: 09.09.2026