La clínica de la doctora Hensley está en las afueras de Hollow Creek, un edificio pequeño de ladrillo rojo rodeado por un jardín cuidado con esmero, tan alejado de la imagen clínica y fría que había imaginado que casi me relaja apenas cruzo la puerta. Rosie insistió en acompañarme, a pesar de que le dije varias veces que podía ir sola, y ahora, sentada en la sala de espera con ella a mi lado hojeando una revista de jardinería con más interés fingido del necesario, agradezco en silencio no tener que enfrentar esto completamente sola.
—Vas a estar bien, cariño —dice, sin levantar la vista de la revista, como si pudiera sentir la ansiedad vibrando debajo de mi piel—. La doctora Hensley trajo al mundo a la mitad de este pueblo. Sabe lo que hace.
Asiento, aunque mi mente está en otra parte por completo: en la sensación extraña que llevo días sintiendo, un cosquilleo persistente bajo el esternón que no logro explicar del todo, algo que se siente casi como anticipación, como si mi cuerpo entero estuviera preparándose para algo que mi mente consciente todavía no comprende.
—Aria Wells —llama una enfermera desde la puerta del consultorio, usando el apellido que elegí al llegar a Hollow Creek, uno lo suficientemente común como para no llamar la atención de nadie.
Me pongo de pie, sintiendo las manos temblar ligeramente, y Rosie me da un apretón reconfortante en el brazo antes de que camine hacia el consultorio.
—Voy a estar aquí cuando salgas —dice, con esa calidez que se ha convertido en un ancla constante durante estas semanas.
La doctora Hensley es una mujer de mediana edad con el cabello castaño recogido en una trenza práctica y unos ojos que transmiten la clase de calma profesional que solo viene con años de experiencia. Me hace las preguntas habituales sobre mi salud general, sobre cuándo tuve mi último período, sobre cualquier síntoma que haya notado, y respondo lo mejor que puedo, aunque hay ciertas verdades —como el hecho de que mi cuerpo procesa el embarazo de forma distinta a la de una mujer completamente humana, con un ritmo acelerado que probablemente confundiría cualquier cálculo estándar— que no puedo compartir sin revelar lo que realmente soy.
—Vamos a hacer una ecografía para confirmar el tiempo de gestación y asegurarnos de que todo esté desarrollándose correctamente —dice finalmente, guiándome hacia una camilla cubierta con papel blanco crujiente—. ¿Estás nerviosa?
—Un poco —admito, recostándome mientras ella prepara el equipo—. Es la primera vez que hago esto.
—Es normal sentirse así. —Sonríe con genuina amabilidad mientras aplica un gel frío sobre mi vientre, todavía apenas curvado, apenas perceptible bajo la ropa que he empezado a ajustar discretamente durante las últimas semanas—. Vamos a ver qué tenemos aquí.
El sonido del aparato llena la habitación con un zumbido bajo mientras la doctora mueve el transductor sobre mi piel, y por un momento eterno no hay nada más que ese sonido y el latido acelerado de mi propio corazón resonando en mis oídos. Y entonces, de la pequeña pantalla junto a la camilla, emerge otro sonido: rápido, rítmico, inconfundiblemente vivo.
—Ahí está —dice la doctora Hensley, con una sonrisa suave mientras señala hacia la pantalla—. Ese es el latido del corazón de tu bebé.
Algo se rompe en mi pecho al escucharlo, un torrente de emociones que no logro contener: alivio, asombro, terror, y una ternura tan abrumadora que las lágrimas escapan antes de que pueda hacer algo por evitarlo. En la pantalla, entre sombras grises borrosas que apenas logro interpretar, hay una forma pequeña e inconfundiblemente real, con un corazón latiendo a un ritmo frenético que representa, de forma más tangible que cualquier síntoma anterior, que esto está sucediendo de verdad.
—¿Está bien? —pregunto, con la voz quebrada—. ¿Se ve normal?
—Se ve perfecto —confirma la doctora, con una calidez genuina en su voz—. Fuerte, activo, con un latido saludable. Basándome en el desarrollo, diría que estás alrededor de las diez semanas, aunque el desarrollo parece ligeramente más avanzado de lo esperado para ese tiempo. Nada preocupante, cada embarazo es diferente.
Nada preocupante para ella, quizás, aunque yo sé exactamente por qué el desarrollo avanza más rápido de lo normal: porque mi hijo, o hija, lleva en sus venas la sangre de dos lobos, con toda la fuerza y velocidad que eso implica incluso antes de nacer.
—¿Quieres saber el sexo? —pregunta la doctora, aunque añade rápidamente—: Aunque a esta altura todavía es demasiado pronto para confirmarlo con certeza. Sería solo una intuición basada en la forma.
Dudo un momento, mirando la pantalla, esa pequeña forma que ya se ha convertido en el centro absoluto de mi existencia en cuestión de semanas.
—No —decido finalmente—. Prefiero esperar a saberlo con seguridad.
La doctora asiente, respetando mi decisión sin insistir más, y continúa el examen con la profesionalidad tranquila que ha logrado, poco a poco, aliviar buena parte de mi ansiedad inicial. Me explica los próximos pasos, las citas de seguimiento que deberé programar, las vitaminas prenatales que necesito empezar a tomar, y aunque escucho cada palabra con atención, una parte de mi mente sigue anclada en el sonido de ese latido, en la certeza absoluta que resonó en cada célula de mi cuerpo al escucharlo: esto es real. Esto está sucediendo. Y voy a hacer todo lo que esté en mi poder para proteger a esta pequeña vida, sin importar el costo.
Cuando finalmente salgo del consultorio, con una foto borrosa de la ecografía apretada contra mi pecho como si fuera el tesoro más valioso del mundo, Rosie se pone de pie de inmediato, escaneando mi rostro con la preocupación instintiva de quien ha aprendido a leer cada matiz de mis emociones durante las últimas semanas.
—¿Todo bien? —pregunta, con cautela.
Le muestro la fotografía, todavía con lágrimas frescas en las mejillas, y su expresión se transforma de inmediato en una alegría genuina que ilumina toda la sala de espera.
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Editado: 09.09.2026