Marcada por el Alfa

Capítulo 8

Llevamos cinco días recorriendo caminos de tierra y carreteras secundarias que la mayoría de los mapas humanos apenas registran, deteniéndonos en cada pueblo lo suficientemente pequeño y remoto como para encajar con la descripción que Ezra me dio del tipo de lugar que Aria elegiría. Cinco días de callejones sin salida, de miradas de desconcierto cuando pregunto discretamente por una mujer joven de cabello castaño y ojos color miel, de noches durmiendo apenas unas horas en el asiento trasero del vehículo que Marcus insistió en que lleváramos, en lugar de recorrer el territorio en nuestra forma de lobo, para no llamar la atención en zonas tan cercanas a asentamientos humanos.

—Este es el séptimo pueblo —dice Ezra, mirando el mapa desplegado sobre el capó del auto mientras el sol de la tarde empieza a descender detrás de las montañas—. Y todavía nada.

No respondo de inmediato. Llevo cinco días conteniendo la frustración con la misma disciplina que he aplicado a cada aspecto de mi vida durante la última década, pero siento que esa disciplina empieza a desgastarse en los bordes, como una cuerda tensada más allá de su límite natural.

—Vamos a intentar en el siguiente —digo finalmente, doblando mi propio mapa con movimientos más bruscos de lo necesario—. Y en el que sigue después de ese, si es necesario.

Ezra me observa con una expresión que reconozco: la misma cautela con la que me ha tratado desde la confrontación en los establos, mezclada ahora con algo más parecido a la preocupación genuina de un amigo, más que de un subordinado.

—Kael, no puedes seguir a este ritmo. Llevas días sin dormir bien, sin comer apropiadamente. Ravenswood también te necesita, y sabes tan bien como yo que la situación con los Thornwood no va a esperar a que resuelvas esto.

—Lo sé. —La admisión sale con un peso considerable, porque efectivamente lo sé, porque cada hora que paso recorriendo pueblos desconocidos es una hora en la que Marcus tiene que manejar solo una amenaza que debería estar bajo mi supervisión directa—. Pero no puedo simplemente parar, Ezra. No hasta encontrarla.

Recibimos noticias de Marcus esa misma tarde, a través del teléfono desechable que llevamos exclusivamente para comunicaciones de emergencia con la manada. Su voz suena tensa incluso a través de la mala calidad de la línea.

—Los Thornwood movieron patrullas más cerca de la frontera este esta mañana —informa, sin preámbulos innecesarios—. Nada abiertamente hostil todavía, pero es la tercera vez esta semana que se acercan más de lo normal. Podría ser solo una provocación para medir nuestra respuesta, o podría ser el inicio de algo más serio.

—Refuerza la vigilancia en esa zona —ordeno, sintiendo el peso familiar del liderazgo reafirmándose sobre mí incluso a la distancia—. Y si cruzan la línea de nuestro territorio, quiero saberlo de inmediato, sin importar la hora.

—Entendido. ¿Alguna novedad de tu lado?

La pregunta se queda flotando en el silencio incómodo que sigue, porque la respuesta honesta es simplemente: no, ninguna novedad, ningún rastro, ninguna pista que sugiera que estamos más cerca de encontrar a Aria que el primer día que salimos de Ravenswood.

—Todavía nada —admito finalmente, con la frustración tiñendo cada palabra—. Pero no vamos a parar.

Cuando termino la llamada, me quedo un momento en silencio, mirando hacia el horizonte donde el sol termina de esconderse detrás de las montañas, sintiendo el peso combinado de todas mis responsabilidades presionando contra mi pecho con una fuerza casi física.

—¿Y si no la encontramos? —pregunta Ezra, con cautela, verbalizando la duda que ambos hemos estado evitando desde que empezamos esta búsqueda—. ¿Y si decidió desaparecer tan completamente que ni siquiera con todos los recursos de Ravenswood logramos localizarla?

La pregunta me golpea con una fuerza que no esperaba, despertando un miedo que llevo enterrando bajo capas de determinación desde que salimos de la cabaña vacía.

—No es una opción que esté dispuesto a considerar —respondo, con más firmeza de la que realmente siento—. La vamos a encontrar, Ezra. No me importa cuánto tiempo tome.

Llegamos al octavo pueblo justo cuando la noche termina de caer por completo, un lugar pequeño llamado Millbrook con apenas un puñado de calles iluminadas y una sensación de somnolencia que sugiere que la mayoría de sus habitantes ya se han retirado a sus casas por la noche. Encontramos un pequeño bar todavía abierto, el único lugar con actividad visible, y entramos con la esperanza cautelosa que ya se ha convertido en un patrón familiar durante estos días de búsqueda infructuosa.

El cantinero, un hombre mayor con una barba gris descuidada, nos mira con la curiosidad reservada de quien no está acostumbrado a ver caras nuevas en su establecimiento.

—¿Qué les sirvo? —pregunta, secando un vaso con un trapo que ha visto mejores días.

—Dos cervezas —dice Ezra, sentándose en uno de los taburetes desgastados de la barra—. Y quizás pueda ayudarnos con algo más. Estamos buscando a alguien. Una mujer joven, cabello castaño, ojos color miel. Podría haber llegado sola a este pueblo hace algunas semanas.

El cantinero deja de secar el vaso un momento, pensativo, y por un instante fugaz siento que mi corazón se acelera con una esperanza que casi había dejado de permitirme sentir.

—No, no recuerdo a nadie así por aquí —dice finalmente, y la esperanza se desinfla tan rápido como llegó—. Somos un pueblo pequeño. Conocemos a todo el mundo, y ninguna cara nueva ha llegado en meses, hasta donde yo sé.

Le agradecemos de todas formas, terminando nuestras cervezas en un silencio pesado, cargado con la frustración acumulada de otro callejón sin salida más en una lista que ya empieza a sentirse interminable.

—Necesitamos descansar apropiadamente esta noche —dice Ezra, cuando finalmente salimos del bar hacia la fría noche de Millbrook—. No podemos seguir funcionando así, Kael. Ni tú ni yo somos útiles para nada si estamos exhaustos.




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