Marcada por el Alfa

Capítulo 9

Las montañas del oeste se elevan frente a nosotros como una promesa silenciosa mientras el auto avanza por caminos cada vez más estrechos, cada vez más alejados de cualquier ruta que pudiera considerarse principal. Llevamos dos días siguiendo esta dirección basándonos en poco más que una certeza instintiva que no logro explicar del todo, pero que se ha vuelto más fuerte con cada kilómetro recorrido, como si algo profundo en mi interior reconociera esta ruta de una forma que va más allá de la lógica racional.

—¿Sientes algo diferente? —pregunta Ezra, observándome con atención desde el asiento del copiloto, donde ha pasado buena parte del viaje estudiando mi expresión con la curiosidad cautelosa de alguien que está presenciando algo que nunca antes había visto en su Alfa.

—Es difícil de describir. —Mantengo la vista fija en el camino sinuoso que serpentea entre los pinos cada vez más densos—. Es como... un tirón. Sutil, pero constante. Como si supiera hacia dónde caminar aunque no pueda ver el destino todavía.

—El lazo de apareamiento —murmura Ezra, más para sí mismo que para mí, con un tono de asombro que sugiere que está presenciando algo que había escuchado solo en historias antiguas contadas por los mayores de la manada—. Había oído que existía, pero nunca pensé que lo vería manifestarse así, con tanta claridad.

No respondo de inmediato, concentrado en la carretera, en esa sensación persistente que me guía como una brújula invisible instalada en algún lugar profundo de mi pecho. Llevo diez años entrenándome para confiar únicamente en la lógica, en la estrategia calculada, en decisiones tomadas con la cabeza fría en lugar del instinto descontrolado. Y sin embargo, aquí estoy, siguiendo una sensación que no puedo justificar racionalmente, con una fe absoluta que me resulta casi tan desconcertante como reconfortante.

Paramos en un pequeño pueblo llamado Cedar Falls, apenas un puñado de edificios agrupados alrededor de una gasolinera y una tienda general, para reabastecer combustible y comprar provisiones. Mientras Ezra se encarga del combustible, entro a la tienda general con la esperanza cautelosa que ya se ha convertido en costumbre durante esta búsqueda interminable.

La mujer detrás del mostrador, de mediana edad y con una sonrisa amable, levanta la vista de la caja registradora cuando entro.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunta, con la calidez genuina de alguien acostumbrado a conocer a todos sus clientes por nombre en un pueblo tan pequeño.

—Estoy buscando a alguien —digo, siguiendo el patrón que hemos repetido en cada pueblo durante las últimas semanas—. Una mujer joven, cabello castaño, ojos color miel. Posiblemente llegó sola a esta zona hace algunos meses.

La mujer entrecierra los ojos, pensativa, y por un instante mi corazón se acelera con una esperanza que ya casi había olvidado cómo sentir sin reservas.

—No estoy segura de haberla visto por aquí, en Cedar Falls, pero... —hace una pausa, considerando algo—. Mi hermana vive en Hollow Creek, un pueblo pequeño a unos treinta kilómetros al noroeste de aquí. Me contó hace unas semanas que había una chica nueva trabajando en la cafetería del pueblo. Rosie's, se llama. No dijo mucho más, pero mencionó que era joven, y que había llegado sola sin dar muchas explicaciones.

El nombre del pueblo se queda resonando en mi pecho con una fuerza que casi me hace perder el aliento. Hollow Creek. La dirección coincide exactamente con el tirón instintivo que he estado siguiendo durante los últimos dos días, con una precisión que ya no puedo atribuir a la simple coincidencia.

—¿Cómo se llega hasta ahí? —pregunto, con una urgencia que apenas logro contener.

La mujer me da las indicaciones con una calma que contrasta agudamente con la tormenta de emociones que se desata en mi interior: alivio, esperanza, un miedo renovado ante la posibilidad de estar tan cerca después de tantas semanas de búsqueda infructuosa. Le agradezco, pagando rápidamente las provisiones que había recogido, y salgo de la tienda casi corriendo hacia donde Ezra sigue terminando de cargar combustible.

—Hollow Creek —digo, sin preámbulos, mientras me subo al auto con las manos temblando ligeramente sobre el volante—. A treinta kilómetros al noroeste. Alguien vio a una mujer que coincide con la descripción de Aria trabajando en una cafetería ahí.

La expresión de Ezra se transforma de inmediato, la fatiga acumulada de días de búsqueda desapareciendo bajo una oleada de esperanza renovada.

—¿Estás seguro?

—No completamente. —Pongo el auto en marcha, sintiendo el tirón instintivo intensificarse con cada segundo que pasa, como si mi propio cuerpo confirmara lo que la mujer de la tienda acaba de decirme—. Pero cada instinto que tengo me dice que es ella, Ezra. Puedo sentirlo.

Conducimos en un silencio cargado de expectativa mientras el camino se estrecha aún más, serpenteando entre montañas cada vez más pronunciadas, con el sol de la tarde proyectando sombras largas y doradas entre los pinos. Cada kilómetro que recorremos intensifica esa sensación en mi pecho, ese tirón que ha pasado de ser una sugerencia sutil a convertirse en algo casi físico, una certeza que vibra en cada fibra de mi ser con una intensidad que nunca antes había experimentado.

—Kael. —La voz de Ezra interrumpe mis pensamientos, con un tono cauteloso que me hace prestar atención de inmediato—. Antes de que lleguemos, necesito decirte algo. Y quiero que realmente lo escuches.

Reduzco ligeramente la velocidad, dándole toda mi atención a pesar de la urgencia que sigue vibrando en mi pecho.

—Cuando la encontremos, no puedes llegar como el Alfa. No puedes llegar exigiendo respuestas, o actuando como si tuvieras derecho a ellas solo porque eres quien eres. —Su voz se vuelve más firme, más directa de lo que normalmente se permite conmigo—. Aria se fue por miedo, Kael. Miedo de que la reclamaras por deber en lugar de por elección real. Si llegas actuando con esa misma autoridad que la asustó en primer lugar, vas a confirmar exactamente lo que ella temía.




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