Marcada por el Alfa

Capítulo 10

La campanilla sobre la puerta de Rosie's suena como cualquier otra tarde, un tintineo familiar que ya casi no registro conscientemente después de semanas trabajando aquí, limpiando la última mesa antes del cierre mientras el cielo afuera se tiñe de los tonos anaranjados del atardecer sobre las montañas. Rosie está en la cocina, terminando de guardar los últimos platos del día, y yo estoy sola en el salón principal, con una mano apoyada instintivamente sobre el vientre ya visiblemente curvado, sintiendo esa mezcla de cansancio y satisfacción que se ha vuelto habitual al final de cada jornada.

—Cerramos en diez minutos —digo automáticamente, sin levantar completamente la vista de la mesa que estoy limpiando, asumiendo que se trata de algún cliente habitual buscando un último café antes de que oscurezca del todo.

No hay respuesta inmediata, solo un silencio cargado que hace que finalmente levante la mirada.

Y el mundo entero se detiene.

Kael está de pie junto a la puerta, con el atardecer proyectando su silueta contra el cristal, más real y más abrumador de lo que mi memoria había logrado preservar durante estas semanas de ausencia. Lleva la misma chaqueta de cuero desgastada, el mismo cabello castaño oscuro cayendo desordenado sobre su frente, los mismos ojos dorados que ahora mismo me recorren con una expresión que no logro descifrar del todo: sorpresa, alivio, algo parecido al dolor, y debajo de todo eso, una vulnerabilidad cruda que nunca antes había visto en él, ni siquiera durante nuestra única noche juntos.

El trapo que sostenía cae de mis manos sin que me dé cuenta, golpeando el suelo con un sonido que resuena absurdamente fuerte en el silencio repentino de la cafetería.

—Aria. —Su voz, ronca y cargada de una emoción que apenas logra contener, pronuncia mi nombre como si fuera lo único real en el mundo entero.

Mi primer instinto, arraigado profundamente después de semanas de huida, es correr. Puedo sentir el impulso vibrando en cada músculo de mi cuerpo, la necesidad primaria de desaparecer antes de que esta confrontación se convierta en algo que no puedo controlar. Pero mis piernas no responden, ancladas al suelo por la misma fuerza magnética que sentí la primera vez que nuestras miradas se cruzaron en El Refugio, esa noche que ahora se siente como toda una vida atrás.

—¿Cómo me encontraste? —pregunto finalmente, con la voz temblando más de lo que me gustaría admitir.

Kael da un paso hacia el interior de la cafetería, con un cuidado deliberado en sus movimientos, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera hacer que yo saliera corriendo por la puerta trasera.

—Te he estado buscando durante semanas. —Su mirada baja involuntariamente hacia mi vientre, y veo el momento exacto en que la comprensión completa de lo que está viendo lo golpea con toda su fuerza, veo cómo su expresión se transforma de la sorpresa al asombro más puro—. Aria. Estás...

No termina la frase. No necesita hacerlo. La verdad flota entre nosotros, innegable, imposible de ocultar bajo la tela suelta de mi delantal de trabajo.

—Sí —confirmo, con una mano protectora instintivamente cubriendo mi vientre, preparándome para cualquier reacción que pudiera venir a continuación: rechazo, ira, la fría distancia de deber que tanto temía durante estas semanas de soledad—. Estoy embarazada. De ti.

El silencio que sigue se extiende durante lo que se siente como una eternidad, cargado de todo lo que no hemos dicho, de todas las semanas separados, de toda la incertidumbre que ha definido cada día desde que dejé aquel claro bajo el roble.

—¿Por qué te fuiste? —pregunta finalmente, y su voz se quiebra ligeramente en la pregunta, una vulnerabilidad tan cruda y tan inesperada en un hombre con su reputación que siento que algo dentro de mí se resquebraja al escucharla—. ¿Por qué no me dijiste nada, Aria? Habría...

—¿Habrías qué? —interrumpo, con una mezcla de miedo y desafío tiñendo mi voz—. ¿Me habrías reclamado por deber? ¿Habrías tratado esto como una obligación más que tenías que cumplir como Alfa, en lugar de algo que realmente quisieras?

Kael da otro paso hacia mí, cerrando parte de la distancia entre nosotros, y por primera vez veo algo quebrarse completamente en su expresión cuidadosamente controlada.

—No. —La palabra sale con una fuerza absoluta, sin ninguna vacilación—. Habría hecho todo lo posible por demostrarte que lo que sentí esa noche fue real. Que no fue solo instinto, ni deber, ni ninguna de las cosas que probablemente te dijeron sobre mí. —Su voz se suaviza, cargada de una honestidad que nunca antes había escuchado en él—. Llevo semanas sintiendo un vacío que no lograba explicar, Aria. Un vacío exactamente con tu forma. Y cuando finalmente supe la verdad sobre por qué te fuiste, sobre lo que temías, entendí que la culpa era mía. Por la reputación que construí, por el muro que levanté durante años para protegerme de sentir exactamente esto.

Las lágrimas que había estado conteniendo desde el momento en que crucé la puerta finalmente se desbordan, calientes contra mis mejillas, mientras la realidad de sus palabras se asienta en mi pecho con una fuerza abrumadora.

—Tenía miedo —admito, con la voz quebrada—. Miedo de que me rechazaras. Miedo de que me reclamaras solo por obligación. Miedo de necesitar a alguien otra vez después de haber perdido todo una vez ya.

Kael cierra la distancia final entre nosotros, deteniéndose lo suficientemente cerca como para que pueda sentir el calor familiar de su presencia, pero sin tocarme todavía, como si estuviera esperando permiso, algo que nunca antes lo había visto hacer en toda su vida como Alfa acostumbrado a tomar lo que quiere sin preguntar.

—Puedo pasar el resto de mi vida demostrándote que esto es diferente —dice, con una determinación tan sincera que me quita el aliento—. Que no te estoy reclamando por deber, ni por instinto descontrolado, ni por ninguna razón que no sea esta: te elijo, Aria. A ti, y a nuestro hijo, o hija. No porque tenga que hacerlo, sino porque es lo único que quiero hacer.




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