Marcada por el Alfa

Capítulo 11

Kael cumple su promesa. Al día siguiente, exactamente cuando Rosie voltea el letrero de la puerta para indicar que la cafetería ha cerrado por el día, lo veo esperando afuera, apoyado contra el auto que lo trajo hasta Hollow Creek, con una expresión que mezcla la determinación con un nerviosismo que resulta extrañamente entrañable en un hombre de su reputación.

—Pensé que tal vez no vendrías —admito, mientras me quito el delantal de trabajo y salgo a encontrarlo en la calle iluminada por el atardecer.

—Dije que vendría. —Se separa del auto, acercándose con ese cuidado deliberado que noté ayer, como si todavía temiera hacer algún movimiento brusco que pudiera romper la frágil tregua que hemos establecido entre nosotros—. Y pienso mantener cada promesa que te haga, Aria. Empezando por esta.

Caminamos juntos por las calles tranquilas del pueblo, sin ningún destino específico en mente, simplemente dejando que la conversación fluya de una forma que nunca tuvimos oportunidad de experimentar esa primera noche, cuando la urgencia del instinto y la luna llena nos consumió antes de que pudiéramos conocernos realmente como personas.

—Cuéntame de tu vida antes de Ravenswood —pido, genuinamente curiosa por conocer al hombre detrás del Alfa temido del que tanto había escuchado hablar—. Antes de que te convirtieras en Alfa.

Kael se queda en silencio un momento, como si estuviera desenterrando recuerdos que lleva mucho tiempo sin visitar.

—Era diferente —dice finalmente—. Más joven, obviamente, pero también... más suave, supongo. Mi padre era un buen líder, paciente, y yo pensaba que tendría años para aprender de él antes de tener que asumir la responsabilidad yo mismo. —Su voz se vuelve más pesada—. Murió de forma repentina. Un ataque de una manada rival que ninguno de nosotros vio venir. Y de la noche a la mañana, con diecinueve años, tuve que convertirme en el Alfa que Ravenswood necesitaba, sin tiempo para procesar el duelo, sin tiempo para aprender gradualmente. Solo... tuve que ser fuerte, inmediatamente, o arriesgar que toda la manada colapsara bajo la incertidumbre.

Siento el peso de esa historia asentarse en mi pecho, entendiendo por primera vez con verdadera claridad de dónde viene la frialdad calculada que define su reputación, la disciplina rígida que construyó como escudo contra un mundo que le arrebató a su padre y su juventud en un solo golpe devastador.

—Eso explica mucho —digo suavemente, sin juicio en mi voz, solo comprensión genuina—. La forma en que te presentas. La distancia que mantienes con todos.

—Aprendí que cualquier debilidad visible podía ser aprovechada. —Su voz se vuelve todavía más baja, más vulnerable de lo que jamás esperé escucharlo—. Que sentir demasiado, necesitar demasiado a alguien, era un lujo que un Alfa responsable no podía permitirse. Así que dejé de intentarlo. Durante diez años, dejé de permitirme sentir nada más allá del deber.

—¿Y ahora? —pregunto, deteniéndome en medio de la calle silenciosa, con las últimas luces del atardecer pintando su rostro de tonos dorados que recuerdan inevitablemente a la noche en que todo esto comenzó.

Kael se gira hacia mí completamente, con una honestidad cruda iluminando sus ojos que nunca antes había visto en él, ni siquiera durante nuestra primera noche juntos.

—Ahora no puedo dejar de sentir. —Da un paso más cerca, aunque mantiene el cuidado de no invadir completamente mi espacio—. Desde el momento en que te vi cruzar esa puerta en El Refugio, algo que había mantenido enterrado durante una década volvió a despertar. Y llevo semanas intentando entender cómo volver a ser el Alfa frío y controlado que era antes de conocerte, y simplemente no puedo. No quiero.

Las palabras cuelgan entre nosotros, cargadas de una vulnerabilidad que sé que le cuesta un esfuerzo inmenso ofrecer, considerando todo lo que me acaba de contar sobre los muros que construyó para protegerse. Siento mi propia resistencia empezando a debilitarse, la cautela que he mantenido tan cuidadosamente desde que llegué a Hollow Creek cediendo, aunque sea ligeramente, ante la honestidad genuina que percibo en cada una de sus palabras.

—Cuéntame de ti —pide entonces, con una curiosidad genuina que contrasta agudamente con la autoridad fría que probablemente exhibe frente a su manada—. De tu vida antes de que nos conociéramos. De tu manada.

Es mi turno de quedarme en silencio, sintiendo el peso de recuerdos que también llevo mucho tiempo sin visitar completamente.

—Mi manada era pequeña —empiezo, mientras retomamos la caminata lenta por las calles del pueblo—. Unida, pero pequeña, y eso nos hizo vulnerables. Cuando una manada más grande decidió expandir su territorio hacia el nuestro, no tuvimos forma de resistir. —Siento el dolor familiar de ese recuerdo instalándose en mi pecho—. Perdí a mi familia en ese conflicto. A mis padres, a mi hermano menor. Sobreviví porque estaba fuera del territorio esa noche, cazando sola, algo que solía hacer para escapar del ruido constante de vivir en una manada tan unida.

—Lo siento —dice Kael, con una sinceridad genuina que resuena en cada palabra—. No puedo imaginar ese dolor.

—Durante mucho tiempo, pensé que la soledad era más segura. —Continúo, sintiendo una liberación extraña al finalmente compartir esta historia con alguien que parece genuinamente interesado en escucharla, en lugar de simplemente tolerarla—. Que si no dejaba que nadie se acercara demasiado, no podría volver a perder nada de esa forma otra vez. Por eso me fue tan difícil confiar cuando apareciste tú. No era solo miedo a tu reputación, Kael. Era miedo a volver a necesitar a alguien, sabiendo lo devastador que puede ser perderlo todo otra vez.

Kael se detiene, y esta vez, con un cuidado exquisito, extiende una mano hacia la mía, dándome el espacio para rechazar el contacto si así lo deseo. No lo rechazo. Nuestros dedos se entrelazan con una naturalidad que me sorprende, considerando todo el miedo y la distancia que hemos mantenido durante estas semanas.




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