Bajo la luna que no perdona
La luna llena observaba en silencio.
Alta. Implacable. Eterna.
Desde lo alto del cielo, su luz derramaba un resplandor frío sobre la ciudad dormida, ignorante de lo que estaba a punto de sellarse bajo su dominio. Calles tranquilas, ventanas apagadas, vidas que seguían su curso sin saber que, esa misma noche, el destino había decidido romper sus propias reglas.
Ella no debía estar allí.
Él no debía tocarla.
Pero el universo no pide permiso. No ofrece explicaciones.
El universo decide.
El primer aullido rasgó la distancia con una fuerza antigua, profunda, como si naciera del corazón mismo de la tierra. No fue un llamado cualquiera. Fue un reconocimiento. Un eco primitivo que anunció que algo prohibido acababa de ocurrir… o que algo inevitable había encontrado, por fin, su camino.
Aquella noche no fue amor.
No hubo promesas susurradas ni juramentos sellados con palabras bonitas. No hubo planes para el futuro ni sueños compartidos al amanecer.
Tampoco fue destino consciente.
Fue instinto.
Puro. Salvaje. Irrevocable.
Dos cuerpos guiados por una fuerza más antigua que la razón. Dos almas rozándose sin comprender que, al hacerlo, habían encendido un vínculo imposible de apagar.
Y cuando el instinto despierta…
ya no hay marcha atrás.