Marcada por la luna del Alfa

Capítulo 1. “La noche que no debía existir.”

Elara Vale nunca fue de excesos.

No le gustaban los lugares abarrotados, ni la música demasiado alta, ni las noches que terminaban con recuerdos borrosos y decisiones de las que luego hubiera que arrepentirse. Siempre había sido cuidadosa, medida, correcta. La hija perfecta de una familia que esperaba de ella compostura, obediencia y un futuro cuidadosamente planeado.

Por eso, aquella noche se sentía completamente fuera de lugar.

El bar estaba lleno. Demasiado. Las luces eran bajas, cálidas hasta lo sofocante, y la música golpeaba el pecho con un ritmo insistente que parecía colarse bajo la piel. Las risas, las voces, los cuerpos demasiado cerca unos de otros… todo chocaba contra sus sentidos como algo ajeno, irreal, casi hostil.

Ella sostenía su copa sin beber realmente, observando el movimiento a su alrededor como si no terminara de pertenecer a ese mundo.

Había aceptado salir solo porque necesitaba huir.

No del trabajo.

No del estrés cotidiano.

Sino de su vida.

De las expectativas familiares que la asfixiaban, de las decisiones que otros tomaban por ella, del futuro perfectamente diseñado que nunca había elegido. Aquella noche no buscaba diversión; buscaba silencio. Un respiro. Un olvido momentáneo.

Pero el olvido llegó de la forma más inesperada.

Primero fue una sensación extraña. Un cosquilleo bajo la piel. Un cambio sutil en el aire, como si algo invisible hubiera entrado al lugar y alterado el equilibrio.

Luego… lo olió.

No fue perfume.

No fue alcohol.

No fue sudor ni humo.

Fue algo más profundo. Algo primitivo. Algo que no supo nombrar, pero que le recorrió el cuerpo de golpe, deteniéndole la respiración y acelerándole el corazón.

Elara frunció el ceño, confundida, y levantó la mirada.

Él ya la estaba observando.

No sonrió.

No levantó su copa.

No hizo gesto alguno para llamar su atención.

Simplemente la miró.

Como si siempre hubiera sabido que ella estaría allí.

Como si la hubiera estado esperando.

Sus ojos eran oscuros, intensos, peligrosos. No había dulzura en ellos, ni ligereza. Había algo más: una profundidad que inquietaba, una certeza que hacía temblar. Y, aun así, Elara no sintió miedo.

Sintió curiosidad.

Una curiosidad casi dolorosa. Una necesidad inexplicable de acercarse, de escuchar su respiración, de descubrir cómo sonaría su voz pronunciando su nombre. Sintió el impulso absurdo de saber si su tacto sería tan intenso como su mirada.

Cuando finalmente él se movió y se sentó a su lado, el mundo pareció reducirse a ese espacio mínimo entre ambos.

El ruido del bar se volvió distante.

Las luces, irrelevantes.

Las personas, inexistentes.

—No deberías estar aquí —murmuró él, sin mirarla directamente, con una voz grave que le recorrió la espalda como un escalofrío.

Elara soltó una risa nerviosa, más para convencerse a sí misma que para responderle.

—Tú tampoco.

Él giró el rostro entonces, y sus miradas se encontraron por primera vez de verdad.

Fue suficiente.

Las horas dejaron de tener sentido. No recordaría exactamente qué palabras intercambiaron ni quién inició qué conversación. Solo sabía que hablaron… y luego dejaron de hacerlo. Que las palabras se volvieron innecesarias cuando la cercanía empezó a decirlo todo.

El tacto.

Las miradas sostenidas un segundo de más.

La electricidad constante que crecía entre ellos, intensa, peligrosa, imposible de ignorar.

Aquella noche no hubo promesas.

No hubo nombres completos ni historias largas sobre el pasado. No hubo preguntas incómodas ni planes para el mañana. No hubo promesas de volver a verse ni intentos de fingir que aquello era algo más de lo que realmente era.

Solo hubo fuego.

Un fuego que no pedía permiso.

Que no preguntaba consecuencias.

Que ardía con la urgencia de algo que sabía que no debía existir… pero que existía igual.

Y cuando el amanecer llegó, lo hizo sin piedad.

Elara despertó sola.

La habitación estaba en silencio, bañada por una luz pálida que entraba por la ventana. Las sábanas aún conservaban el calor de dos cuerpos que habían estado entrelazados horas antes. El espacio vacío a su lado era demasiado evidente.

Demasiado frío.

Se incorporó lentamente, llevando una mano a su pecho. No sentía vergüenza. No sentía culpa. Sentía algo peor.

Ausencia.

Una ausencia que ya dolía, como si le hubieran arrancado algo que no sabía que le pertenecía.

No sabía qué había cambiado.

No sabía cómo.

Solo sabía que aquella noche había marcado un antes y un después.

Y mientras el mundo seguía girando, ajeno a lo ocurrido, el destino sonreía en silencio.

Ya había hecho su movimiento.




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