Marcada por la luna del Alfa

Capítulo 2. La verdad que nadie quiso escuchar

El mareo llegó antes que el miedo.

No fue inmediato ni violento. No hubo dramatismo ni señales evidentes que la obligaran a detenerse. Fue algo sutil, traicionero, como una marea que sube despacio hasta que ya no hay dónde pisar firme. Elara estaba en la cocina de la casa familiar, con la luz de la mañana filtrándose entre las cortinas claras, cuando el mundo pareció inclinarse apenas unos grados.

El suelo se movió bajo sus pies.

Apoyó una mano en la encimera, respirando hondo, con los ojos cerrados.

—No pasa nada… —murmuró—. Solo es cansancio.

Eso era lo lógico. Había dormido mal, tenía la cabeza llena de pensamientos y el cuerpo aún resentía aquella noche que, por más que intentara, no lograba sacar de su mente.

Pero no era cansancio.

Los días siguientes se encargaron de demostrárselo.

Las náuseas comenzaron a aparecer sin previo aviso. No solo por las mañanas, sino a cualquier hora. El cansancio se volvió pesado, constante, como si llevara un peso invisible sobre los hombros. Dormía, pero no descansaba. Cerraba los ojos y se despertaba con la misma sensación de agotamiento.

Los olores se volvieron insoportables.

El café que siempre había amado ahora le revolvía el estómago. El perfume de su madre, suave y floral, le provocaba arcadas. Incluso el aire parecía distinto, más denso, más invasivo.

Y entonces llegó el retraso.

Elara contó los días una vez.

Luego otra.

Y otra más.

Negándose a aceptar lo evidente.

No podía ser.

No después de esa noche. No con él, del que no sabía casi nada, salvo la forma en que su mirada parecía seguirla incluso cuando no estaba, salvo la huella invisible que había dejado en su piel y en su pecho.

Cuando finalmente entró a la farmacia, lo hizo con el corazón acelerado y las manos frías. Compró la prueba sin mirar a nadie a los ojos, como si el mundo pudiera leer su miedo.

En el baño, el silencio era absoluto.

Se sentó en el borde de la bañera, sosteniendo el pequeño objeto entre los dedos como si pesara toneladas. Respiró hondo. Una vez. Dos veces.

Y esperó.

Dos líneas.

Claras. Firmes. Definitivas.

El aire se le quedó atrapado en el pecho.

—No… —susurró, llevándose una mano al vientre—. No, no, no…

Pero su cuerpo no mentía.

Estaba embarazada.

No lloró de inmediato. No gritó. No se dejó caer al suelo como en las historias que había visto en películas. Se quedó quieta, con la mirada fija en la prueba, mientras algo dentro de ella se quebraba en silencio.

Su vida, tal como la conocía, acababa de cambiar.

Esa misma noche se lo dijo a su familia.

El comedor estaba impecable, como siempre. La mesa perfectamente puesta, las sillas alineadas, las luces cálidas creando una ilusión de hogar que ya no se sentía real. Elara se sentó frente a ellos con la espalda recta, como si la postura pudiera darle fuerza.

Su padre no habló al principio. Su madre la observaba con una expresión que no supo descifrar. Sus hermanos intercambiaban miradas tensas, incómodas.

—Estoy embarazada —dijo finalmente.

Su voz sonó firme solo porque se negó a quebrarse frente a ellos.

El silencio que siguió fue brutal.

—¿De quién? —preguntó su padre al cabo de unos segundos.

No fue una pregunta sincera. No buscaba entender. Buscaba juzgar.

Elara dudó.

No podía decirles la verdad. No podía explicar a un hombre sin nombre, una noche sin promesas, un mundo que ni ella misma comprendía.

—No importa —respondió—. Me haré cargo.

Ese fue el error.

La risa de su madre fue amarga, cortante, como una bofetada.

—¿No importa? —repitió—. ¿Tienes idea de lo que dirán? ¿De lo que esto significa para nuestra familia?

Las palabras comenzaron a caer una tras otra, pesadas como piedras.

Vergüenza.

Irresponsable.

Deshonra.

—No criamos a una ramera —escupió una voz desde la mesa.

Elara sintió cómo algo se rompía dentro de su pecho.

—Es mi hijo —dijo, con los ojos brillantes—. No les estoy pidiendo nada. Solo respeto.

Su padre se puso de pie.

—Pues no tendrás nada —sentenció—. Si decides seguir con esto, lo haces sola.

Y así, en una sola noche, Elara perdió a su familia.

Los días siguientes fueron una lucha constante.

Buscó trabajo en todas partes. Tiendas, oficinas, cafeterías, restaurantes. Algunos lugares ni siquiera la escuchaban cuando notaban su vientre apenas abultado. En otros, las miradas de lástima eran peores que el rechazo.

Dormía poco.

Comía mal.

A veces no comía.

Las noches eran las peores.

Soñaba con él.

Con su voz grave, con sus manos firmes, con la forma en que la había mirado aquella noche como si fuera lo único real en el mundo. Despertaba con el corazón acelerado y una presión extraña en el pecho, como si algo —o alguien— la estuviera buscando.

Muy lejos de allí, él también despertaba sobresaltado.

Aidan Blackwood se incorporó de golpe, respirando con dificultad. Su lobo rugía bajo la piel, inquieto, furioso, desorientado. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el ardor del vínculo despertando con violencia.

—La siento… —gruñó entre dientes.

No sabía dónde estaba.

No sabía por qué el lazo ardía con tanta fuerza.

Solo sabía una cosa.

No estaba solo.

Había vida al otro lado del vínculo.

Y su lobo lo confirmó con un aullido bajo, cargado de una verdad imposible de ignorar.

Tenía una Luna.

Y su Luna llevaba a su heredero.




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