El aire del bosque estaba cargado de humedad y silencio.
No era un silencio vacío, sino uno vivo, expectante, como si cada árbol y cada sombra estuvieran atentos al paso del Alfa. La luna llena se filtraba entre las ramas, dibujando caminos plateados sobre la tierra oscura.
Aidan avanzaba despacio.
No porque no tuviera prisa, sino porque su lobo se lo exigía.
El olor estaba allí.
Débil, entrecortado, mezclado con aromas humanos, con asfalto, con ciudad… pero inconfundible. Era ella. Era su Luna. Y había algo más, algo nuevo, frágil y poderoso al mismo tiempo, latiendo junto a ella.
Su hijo.
Aidan cerró los ojos un segundo, respirando hondo. El vínculo vibró con fuerza, como un hilo tensándose en su pecho. No era un tirón violento. Era una llamada constante. Persistente.
—Despacio… —se dijo a sí mismo—. No la asustes.
Su lobo gruñó, impaciente, deseando correr, tomarla, reclamarla. Pero Aidan lo contuvo. No podía aparecer como una bestia. No ante ella. No ahora.
Cuando finalmente llegó al claro, la vio.
Elara estaba sentada sobre una roca, abrazándose el vientre de manera inconsciente. Tenía el rostro cansado, los hombros tensos, pero había algo nuevo en su expresión: una calma frágil, como si el silencio del lugar le ofreciera un respiro.
Aidan se detuvo a unos metros.
No habló de inmediato.
La observó.
La forma en que el viento movía su cabello. La manera en que su respiración se acompasaba con la noche. La conexión invisible que los unía, viva y palpitante.
—No deberías estar sola —dijo finalmente, con voz grave pero controlada.
Elara se sobresaltó y se giró de inmediato.
Sus ojos se encontraron.
El tiempo se detuvo.
No fue un reencuentro explosivo. No hubo gritos ni reproches. Solo una descarga silenciosa que les recorrió el cuerpo a ambos, como si el mundo hubiera vuelto a encajar en su lugar… y al mismo tiempo se hubiera vuelto más peligroso.
—Tú… —susurró ella, poniéndose de pie—. ¿Cómo me encontraste?
Aidan dio un paso adelante, despacio, mostrando las manos vacías.
—No fue difícil —respondió—. Nunca dejé de buscarte.
Ella frunció el ceño.
—Eso no es cierto —dijo—. Si lo fuera, no habría pasado tanto tiempo.
Aidan aceptó el golpe sin defenderse.
—Tienes razón —admitió—. Y te lo explicaré. Pero no aquí. No así.
Elara dudó.
Todo en ella le decía que debía alejarse. Que no podía confiar en un hombre que había desaparecido sin explicación. Y aun así… algo más fuerte la mantenía allí.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó.
Aidan bajó la mirada hacia su vientre.
—Cuidarte —dijo—. Cuidarlos.
Elara sintió un escalofrío.
—No necesito un salvador.
—Lo sé —respondió—. Por eso no vine a imponerte nada.
Se produjo un silencio largo.
—Ven conmigo —añadió—. Solo por unos días. Hay un lugar seguro. Nadie te obligará a quedarte si no quieres.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué ganas tú?
Aidan levantó la mirada, sincero.
—La oportunidad de hacerlo bien esta vez.
Elara lo miró durante varios segundos.
Luego asintió.
—Unos días —aceptó—. Nada más.
El territorio de la manada no era como ella había imaginado.
No era salvaje ni oscuro. Había casas, senderos, luz cálida en las ventanas. Personas que se movían con normalidad, que la observaban con curiosidad, pero sin hostilidad.
Aidan no la soltó del todo, pero tampoco la invadió. Caminaba a su lado, marcando presencia sin imponerla.
—Aquí estarás segura —le explicó—. Nadie te hará daño.
—Eso dices tú —respondió ella.
Aidan sonrió apenas.
—Confía en lo que sientes —dijo—. No solo en lo que piensas.
Elara no respondió.
Pero esa noche, por primera vez en semanas, durmió sin miedo.
Y Aidan, desde la habitación contigua, permaneció despierto, vigilante, con su lobo alerta… aprendiendo algo nuevo y peligroso:
Que a veces, proteger
no significa reclamar.