Marcada por la luna del Alfa

Capítulo 5. Nombres

Elara empezó a notar los cambios al tercer día.

No fueron grandes gestos ni declaraciones evidentes. No hubo promesas ni palabras solemnes. Fueron detalles pequeños, casi invisibles, pero constantes. La forma en que Aidan siempre parecía aparecer cuando ella comenzaba a cansarse. El modo en que la comida estaba lista incluso antes de que el hambre se volviera insoportable. El silencio respetuoso que se creaba a su alrededor cuando pasaba, como si el lugar mismo reconociera su presencia.

No se sentía vigilada.

Se sentía… cuidada.

Y eso la descolocaba más que cualquier rechazo.

Aidan, por su parte, se movía con una cautela que no necesitaba fingir. Su lobo estaba despierto, atento, pero él lo mantenía bajo control. No era el momento de reclamar, ni de imponer, ni siquiera de insinuar lo que el vínculo exigía. Forzarla sería romperla. Y él no estaba dispuesto a hacerlo.

Aquella tarde, Elara se sentó en el porche trasero de la casa principal, con una manta ligera sobre los hombros. El bosque se extendía frente a ella como un mar verde y silencioso. Inspiró hondo, intentando memorizar esa calma prestada.

—No has salido hoy —dijo una voz detrás de ella.

Elara se giró.

Aidan estaba apoyado en una de las columnas, con los brazos cruzados, observándola sin invadir su espacio. Había aprendido rápido dónde detenerse para no hacerla retroceder.

—No tenía ganas —respondió—. A veces solo quiero… quedarme quieta.

Aidan asintió.

—Aquí puedes hacerlo —dijo—. Nadie te va a exigir nada.

Ella apretó los labios.

—Eso me cuesta creerlo.

Él dio un paso y se sentó en el escalón inferior, manteniéndose a su altura.

—Dime qué te haría sentir más cómoda —pidió—. No como invitada. Como persona.

Elara lo miró, sorprendida.

—No estoy acostumbrada a que me pregunten eso.

—Entonces empieza ahora.

El silencio se extendió entre ellos, denso pero no incómodo.

—Quiero entenderte —dijo ella al fin—. No al hombre que manda aquí. A ti.

Aidan sostuvo su mirada. Para un Alfa, eso no era una concesión pequeña.

—Entonces es justo que yo haga lo mismo —respondió—. Cuéntame de ti.

Elara dudó, pero algo en la forma en que él esperaba —sin presión— la hizo hablar.

—Siempre hice lo que se esperaba de mí —confesó—. Ser correcta, discreta, obediente. Nunca fui un problema… pero tampoco fui libre.

Aidan frunció levemente el ceño.

—Eso deja marcas —dijo—. Aunque no se vean.

Ella sonrió con amargura.

—Las mías se notan más ahora.

El silencio volvió a envolverlos.

—Mi nombre es Aidan Blackwood —dijo entonces—. No como título. Como hombre.

Elara lo observó con atención.

—Elara Vale —respondió—. Y no soy tan fuerte como parezco.

—Eso tampoco es cierto —replicó él con suavidad.

Cenaron juntos esa noche.

Nada formal. Nada ceremonial. Solo una mesa sencilla y una conversación pausada. Elara se sorprendió riendo en un momento dado, el sonido escapándosele antes de poder detenerlo.

Se llevó una mano al pecho.

—Hace días que no reía —admitió.

Aidan la observó en silencio. Su lobo reconoció el cambio antes que él.

—Eso es bueno —dijo—. Significa que tu cuerpo empieza a relajarse.

Elara dudó unos segundos.

—¿Siempre lo supiste? —preguntó—. Lo del bebé.

Aidan dejó los cubiertos a un lado.

—Lo sentí —respondió—. Antes de entenderlo.

—Eso sigue sonándome irreal.

—No te pido que lo comprendas —dijo—. Solo que no te asustes de todo lo que no tiene explicación inmediata.

Elara bajó la mirada hacia su vientre.

—A veces siento cosas —confesó—. Como si no estuviera sola dentro de mí. Como si… —se detuvo—. Como si él reaccionara a ciertas emociones.

Aidan respiró hondo.

—Es normal —dijo—. Más de lo que crees.

Ella no notó la forma en que sus dedos se cerraron sobre la mesa.

Caminaron juntos al anochecer por uno de los senderos principales del territorio. La luz se filtraba entre los árboles, dorada y suave.

—¿Por qué yo? —preguntó Elara de pronto—. Hay mujeres que pertenecen a tu mundo. Que entenderían todo esto.

Aidan se detuvo y la miró.

—Porque algunas conexiones no se eligen con lógica —respondió—. Se reconocen.

Ella tragó saliva.

—¿Y si no puedo ser lo que esperas?

Aidan dio un paso más cerca, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo.

—Entonces serás tú —dijo—. Y eso será suficiente.

La tensión creció entre ambos, silenciosa, cargada. No se tocaron. No cruzaron la línea. Pero algo se tensó, como una cuerda a punto de romperse.

—Deberíamos volver —dijo ella al fin.

Aidan asintió.

—Sí.

Pero ninguno se movió de inmediato.

Esa noche, mientras Elara se quedaba dormida con la mente llena de preguntas, Aidan permaneció despierto. Su lobo caminaba inquieto dentro de él, orgulloso, paciente, atento.

Porque el vínculo ya estaba allí.

Fuerte. Vivo. Irrompible.

Y aunque ella aún no lo supiera…

sus vidas ya estaban entrelazadas.




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