Marcada por la luna del Alfa

Capítulo 6. A la calma hay que aprenderle a temer.

La calma no llegó de golpe.

Se instaló despacio, como una visita que no avisa cuánto piensa quedarse. Al principio fue apenas perceptible: una respiración menos agitada al despertar, una noche completa sin sobresaltos, el cuerpo cediendo un poco al descanso. Luego se volvió costumbre.

Elara comenzó a moverse por el territorio con mayor confianza. No porque dejara de sentirse ajena, sino porque el lugar había dejado de rechazarla. Caminaba por los senderos marcados, saludaba con una inclinación tímida de cabeza, aceptaba el pan caliente que alguna mujer dejaba sobre la mesa sin decir palabra.

No preguntaba por qué.

Había aprendido que insistir traía respuestas que no siempre estaba preparada para escuchar.

Aidan, en cambio, observaba cada pequeño cambio con atención silenciosa. Su lobo reconocía el ritmo nuevo de ella antes que él mismo: el paso más firme, el olor menos cargado de miedo, la manera en que su pulso se aquietaba cuando él estaba cerca. Era peligroso acostumbrarse a esa paz. Él lo sabía.

—No deberías levantar eso —dijo una mañana, cuando Elara intentó cargar una cesta demasiado pesada.

Ella frunció el ceño.

—Puedo hacerlo.

Aidan no discutió. Simplemente tomó la cesta con una mano y la apartó.

—No dudo de que puedas —respondió—. Dudo de que debas.

Elara suspiró, resignada.

—Eres insistente.

—Es un defecto —admitió—. O una cualidad, según a quién le preguntes.

Ella lo miró de reojo.

—Todavía no decido.

Ese día, Aidan tuvo que ausentarse por unas horas.

No dio explicaciones largas. Solo avisó que estaría fuera y que alguien estaría pendiente si Elara necesitaba algo. Ella asintió, intentando ignorar la ligera incomodidad que le produjo su ausencia anticipada.

Decidió distraerse.

Se dirigió a uno de los patios laterales donde varias mujeres trabajaban juntas. No hablaban demasiado, pero el ambiente era tranquilo. Elara se ofreció a ayudar, y nadie se opuso. Le dieron tareas simples, casi simbólicas, como si quisieran incluirla sin exigirle nada.

—No tienes que hacer esto —le dijo una de ellas, de cabello oscuro y mirada amable.

—Quiero —respondió Elara—. Me ayuda a no pensar tanto.

La mujer sonrió.

—Eso lo entiendo.

Mientras trabajaban, Elara notó cómo algunas miradas se desviaban hacia ella con curiosidad contenida. No hostilidad. Algo más parecido a… evaluación.

—¿Siempre es así? —preguntó en voz baja.

—Con los cambios importantes —respondió la mujer—. Sí.

Elara no preguntó más.

Fue entonces cuando lo sintió.

No un dolor. No un mareo. Fue una tensión súbita, como si el aire se hubiera vuelto más denso de repente. Se llevó la mano al vientre de forma instintiva.

—¿Estás bien? —preguntó alguien.

—Sí —respondió—. Solo… necesito sentarme un momento.

La sensación pasó tan rápido como había llegado, dejándole una inquietud difícil de nombrar.

Aidan lo sintió a la distancia.

Se detuvo en seco, el pecho apretándosele con una alerta muda. No necesitó preguntar qué había pasado. El vínculo le habló con claridad suficiente: ella estaba bien, pero algo se había movido.

Volvió antes de lo previsto.

Cuando Elara lo vio cruzar el patio, sintió un alivio que no quiso analizar. Aidan se detuvo frente a ella, escaneándola con la mirada.

—¿Te pasó algo? —preguntó en voz baja.

—Nada importante —respondió—. Solo me sentí rara por un momento.

Aidan asintió, aunque su mandíbula se tensó apenas.

—Avísame la próxima vez —dijo—. Aunque te parezca insignificante.

—No quiero ser una carga.

Él la miró con firmeza.

—No lo eres.

La respuesta fue inmediata. Demasiado segura para ser improvisada.

Elara apartó la mirada.

Esa noche, cenaron juntos otra vez.

La conversación fluyó con mayor naturalidad, como si ambos hubieran bajado la guardia un poco más. Elara le contó anécdotas pequeñas de su vida anterior; Aidan escuchó sin interrumpir, memorizando detalles que ella creía triviales.

—Te gusta cocinar —dijo él de pronto.

Elara parpadeó.

—¿Cómo lo sabes?

—Hablas distinto cuando mencionas la comida —respondió—. Como si fuera algo más que una necesidad.

Ella sonrió, sorprendida.

—Supongo que sí —admitió—. Siempre quise aprender de verdad. Nunca tuve tiempo.

—El tiempo se encuentra —dijo Aidan—. Cuando algo importa.

Elara sostuvo su mirada un segundo de más.

Había algo entre ellos. No una promesa. No una decisión. Solo una tensión suave, constante, que ninguno nombraba.

Más tarde, al despedirse en el pasillo, Aidan se detuvo.

—Mañana vendrán visitantes —dijo—. Gente de fuera.

—¿Debería preocuparme?

—No —respondió—. Solo… no te alejes mucho.

Ella asintió.

—Buenas noches, Aidan.

—Buenas noches, Elara.

Cuando él se fue, Elara apoyó la espalda contra la pared.

La calma seguía allí.

Y por primera vez, eso la inquietó. Porque había aprendido algo peligroso en tan pocos días:

Cuando la vida se siente demasiado estable, es porque algo se está preparando para romperla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.