Marcada por la luna del Alfa

Capítulo 7. Miradas que hablan

El territorio no cambió cuando llegaron los visitantes.

Y, aun así, todo se sintió distinto.

Elara lo notó desde temprano, incluso antes de ver a nadie. Había una energía extraña en el aire, una vibración sutil que no supo explicar. Las conversaciones eran más bajas, los movimientos más medidos. Personas que normalmente caminaban con tranquilidad ahora parecían más atentas, como si esperaran algo.

—Hoy hay demasiada gente —comentó Elara mientras se servía una taza de té.

Aidan, que estaba de pie junto a la ventana, asintió.

—No es demasiada —respondió—. Es… específica.

Ella frunció el ceño.

—Eso no me tranquiliza.

—No debería preocuparte —dijo—. Pero quiero que estés conmigo la mayor parte del día.

Elara dudó.

—¿Por qué?

Aidan la miró un segundo más de lo necesario.

—Porque confío en mí —respondió—. Y todavía no confío en todos los demás.

No insistió. No tuvo que hacerlo.

Salieron juntos al patio principal poco después. Varias figuras desconocidas se agrupaban cerca de la entrada. No parecían peligrosas, pero tampoco relajadas. Hablaban poco. Observaban mucho.

Elara sintió el peso de esas miradas apenas puso un pie fuera.

No era curiosidad simple. Era evaluación.

—No me gusta cómo miran —murmuró.

Aidan se colocó de forma casi imperceptible entre ella y el grupo.

—No te están mirando a ti —dijo—. Están mirando lo que representas.

Ella suspiró.

—Eso otra vez.

—Lo sé —respondió—. Y lo siento.

Uno de los hombres se acercó. Alto, de expresión seria, con una presencia fuerte pero controlada. Se detuvo frente a Aidan y asintió con respeto.

—Blackwood —saludó—. Gracias por recibirnos.

—No suelo negar entrada —respondió Aidan—. Mientras haya respeto.

El hombre sonrió apenas.

—Siempre lo hay… cuando conviene.

Elara sintió un escalofrío.

—¿Y ella? —preguntó el hombre, desviando la mirada hacia Elara.

Aidan no respondió de inmediato.

—Elara Vale —dijo finalmente—. Está bajo mi cuidado.

No era una explicación.

Era una declaración.

El hombre asintió, midiendo cada palabra.

—Encantado —dijo—. Soy Ronan Hale.

El nombre se quedó flotando en el aire un segundo de más.

Elara extendió la mano por reflejo.

—Mucho gusto.

Ronan se la estrechó con suavidad, pero su mirada no era amable. Era curiosa, calculadora.

—Interesante —murmuró—. Muy interesante.

Aidan tensó la mandíbula.

—¿Hay algo que quieras decir? —preguntó.

—No —respondió Ronan—. Solo observar.

Elara retiró la mano, incómoda.

Aidan no se movió de su lado durante el resto de la mañana.

Hablaron con los visitantes, intercambiaron palabras cuidadosas, frases que parecían triviales pero que llevaban un peso que ella no terminaba de entender. Cada vez que alguien se acercaba demasiado, Aidan daba un paso más cerca. Nunca la tocaba. No hacía falta.

El mensaje estaba claro.

Más tarde, cuando se alejaron un poco, Elara rompió el silencio.

—Ese hombre… —dijo—. Ronan.

Aidan no respondió de inmediato.

—¿Qué hay con él? —preguntó al fin.

—No me gustó —admitió—. Me miró como si yo fuera… una pieza.

Aidan apretó los puños.

—Confía en tu intuición —dijo—. Suele ser acertada.

—Eso no es tranquilizador.

—Lo sé.

Al caer la tarde, Elara se encontró sola en uno de los senderos secundarios. No se había dado cuenta de cuánto se había alejado hasta que escuchó pasos detrás de ella.

—No deberías estar aquí sola —dijo una voz conocida.

Ronan apareció entre los árboles, las manos visibles, el gesto relajado.

—Solo estoy caminando —respondió Elara—. No sabía que hubiera zonas prohibidas.

—No las hay —dijo él—. Pero hay lugares… delicados.

—¿Y este es uno de ellos?

Ronan sonrió.

—Depende de quién lo pise.

Elara sintió incomodidad, pero mantuvo la calma.

—Aidan dijo que podía moverme libremente.

—Aidan dice muchas cosas —respondió Ronan—. A veces, incluso las cree.

Elara frunció el ceño.

—No entiendo a qué se refieres.

—No tienes que hacerlo —dijo—. Solo… ten cuidado. No todo aquí es tan estable como parece.

—¿Me está amenazando?

Ronan levantó las manos.

—No —respondió—. Te estoy advirtiendo.

Elara dio un paso atrás.

—Creo que ya escuché suficiente.

Ronan se inclinó ligeramente.

—Como quieras, Elara Vale.

Ella se giró para irse… y se encontró con Aidan.

Estaba quieto, con el cuerpo tenso, los ojos oscuros clavados en Ronan.

—Aléjate de ella —dijo Aidan, con una calma peligrosa.

Ronan sostuvo su mirada unos segundos.

—Solo conversábamos.

—No vuelvas a hacerlo —respondió Aidan—. No sin mí.

Ronan sonrió, pero no replicó. Se marchó entre los árboles sin mirar atrás.

Elara soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—No me gusta —dijo.

—A mí tampoco —respondió Aidan—. Por eso quiero que estés cerca de mí estos días.

Ella lo miró.

—¿Me estás protegiendo… o vigilando?

Aidan sostuvo su mirada.

—Te estoy cuidando —dijo—. Aunque aún no sepas de qué.

Elara tragó saliva.

Esa noche, mientras intentaba dormir, pensó en las palabras de Ronan. En la forma en que Aidan había aparecido justo a tiempo. En la tensión invisible que comenzaba a rodearlos.

La calma seguía allí, pero ahora sabía algo más:

La calma ya no era paz. Era advertencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.