La noche cayó sin ruido, como si el territorio entero hubiera decidido guardar silencio.
Elara estaba sentada frente a la ventana de su habitación, con las rodillas recogidas y las manos rodeando una taza ya fría. Afuera, el bosque parecía inmóvil, pero no dormido. Había algo en el aire que no lograba sacarse de encima desde la tarde: una inquietud persistente, una sensación de haber sido observada incluso cuando estaba sola.
Escuchó pasos en el pasillo.
No se sobresaltó. Ya había aprendido a reconocerlos.
—¿Puedo pasar? —preguntó Aidan desde el otro lado de la puerta.
Elara tardó un segundo en responder.
—Sí.
Él entró despacio, como siempre, cerrando la puerta detrás de sí sin hacer ruido. No vestía nada distinto a otras noches, pero su expresión era más seria, más contenida. Se detuvo a unos pasos de distancia, respetando ese límite invisible que ambos parecían cuidar.
—No te vi en la cena —dijo.
—No tenía hambre —respondió ella, sin mirarlo.
Aidan no insistió. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera unos segundos, como si necesitara ordenar sus propias palabras antes de hablar.
—Ronan no debería haberte buscado a solas —dijo al fin—. Ya me encargué de que lo entienda.
Elara cerró los ojos un momento.
—No me gritó —dijo—. No me amenazó. Si eso es lo que te preocupa.
—No —respondió Aidan—. Me preocupa que crea que puede acercarse a ti sin consecuencias.
Ella soltó una risa breve, tensa.
—Hablas como si yo fuera… algo que se protege detrás de un muro.
Aidan se giró hacia ella.
—No —dijo con firmeza—. Hablo como alguien que sabe que hay personas que confunden el silencio con permiso.
Elara levantó la mirada.
—Entonces dime la verdad —pidió—. ¿Qué es lo que no me estás diciendo?
Aidan sostuvo su mirada durante varios segundos.
—Hay cosas que no puedo explicarte todavía —admitió—. No porque no confíe en ti, sino porque no quiero ponerte en una posición imposible.
—¿Más imposible que esta? —preguntó ella, señalando alrededor—. Estoy lejos de todo lo que conocía, viviendo entre personas que me miran como si fuera una rareza, dependiendo de ti para casi todo… y sin saber por qué.
Aidan dio un paso más cerca. No invadió su espacio, pero la distancia se volvió más corta, más cargada.
—Te quedaste —dijo—. Pudiste irte. No lo hiciste.
—Porque no me diste razones suficientes para huir —respondió ella—. Pero tampoco me diste razones claras para quedarme.
El silencio cayó entre ellos, espeso.
—¿Confías en mí? —preguntó Aidan de pronto.
Elara dudó.
—No sé —admitió—. Quiero hacerlo. Y eso ya me asusta.
Aidan bajó la mirada un instante, como si esa respuesta le pesara más de lo que dejaba ver.
—La confianza no se exige —dijo—. Se construye. Y yo… —respiró hondo—. Yo no he sido justo contigo.
Ella frunció el ceño.
—Eso es nuevo.
—Lo sé.
Aidan se acercó un poco más y se sentó en el borde de la cama, de perfil a ella.
—Cuando te encontré —continuó—, estabas rota. Asustada. Cargando algo demasiado grande sola. Y yo… —apretó la mandíbula—. Yo llegué tarde.
Elara tragó saliva.
—No sabes lo que fue para mí —dijo—. Despertar y no verte. Pensar que todo había sido un error mío. Que había inventado algo que nunca existió.
Aidan cerró los ojos un segundo.
—Nunca fue un error.
—Entonces ¿por qué desapareciste?
La pregunta salió sin dureza, pero con una honestidad que dolía.
Aidan tardó en responder.
—Porque creí que mantener distancia era protegerte —dijo al fin—. Y estaba equivocado.
Elara apoyó la espalda contra la pared.
—Estoy cansada de sentir que siempre hay una mitad de la historia que no conozco.
—Lo sé —respondió él—. Y cuando llegue el momento… te la contaré completa. Aunque eso implique que te alejes de mí.
Ella lo miró con sorpresa.
—¿Por qué harías eso?
Aidan sostuvo su mirada.
—Porque prefiero que te vayas sabiendo la verdad… a que te quedes viviendo una mentira.
Elara sintió un nudo en el pecho.
—No sé si eso me tranquiliza o me da más miedo.
—Ambas cosas pueden coexistir —dijo él.
Más tarde, cuando Aidan se levantó para irse, Elara habló de nuevo.
—Aidan.
Él se giró.
—No me mires como si yo fuera frágil —dijo ella—. Estoy embarazada, no rota.
Aidan la observó con atención.
—Nunca te he visto como frágil —respondió—. Te miro como alguien que merece elegir sin que el mundo le caiga encima.
Ella asintió lentamente.
—Entonces empieza por no decidir todo por mí.
Aidan inclinó la cabeza.
—Lo intentaré.
Cuando salió de la habitación, Elara se quedó mirando la puerta cerrada.
Había hecho preguntas.
No había obtenido respuestas clara, pero algo había cambiado.
Por primera vez, sintió que Aidan también tenía miedo. No de ella. Sino de perderla.
Y muy lejos de allí, Ronan Hale sonreía en la oscuridad. Porque cuando las preguntas comienzan a hacerse en voz alta, las grietas dejan de poder ocultarse.