Marcada por la luna del Alfa

Capítulo 9. Verdades calladas

Elara no pudo dormir.

No porque tuviera miedo, sino porque su mente no dejaba de moverse, como si hubiera despertado de golpe después de años caminando en automático. Cada palabra de la conversación con Aidan regresaba en fragmentos desordenados. No como un recuerdo, sino como una advertencia.

Cuando llegue el momento… te la contaré completa.

Eso era lo que más la inquietaba.

No la mentira en sí.

Sino la certeza de que existía una verdad lo suficientemente grande como para destruir lo que estaban construyendo.

Se levantó antes del amanecer y salió al exterior. El aire estaba frío, húmedo, cargado de ese olor profundo del bosque que ya comenzaba a resultarle familiar. Caminó sin rumbo fijo, dejando que sus pasos la llevaran lejos de la casa principal.

No llegó muy lejos.

—Sabía que te encontraría aquí.

La voz la hizo detenerse.

Aidan estaba a unos metros, con el abrigo abierto y el rostro cansado. No parecía sorprendido de verla despierta tan temprano.

—¿Me sigues ahora? —preguntó ella, sin girarse.

—No —respondió—. Te busco.

Ella soltó el aire despacio.

—Hay una diferencia importante entre ambas cosas.

Aidan asintió.

—Lo sé.

Caminaron unos pasos juntos, en silencio. El bosque los rodeaba como un testigo paciente.

—Anoche dijiste algo —empezó Elara—. Y desde entonces no puedo sacármelo de la cabeza.

Aidan no la interrumpió.

—Dijiste que preferías que me fuera sabiendo la verdad… a que me quedara viviendo una mentira —continuó—. Eso no es algo que se diga a la ligera.

—No lo fue —respondió él—.

—Entonces dime esto —se detuvo y lo miró de frente—. ¿La verdad me va a doler?

Aidan sostuvo su mirada más tiempo del que era cómodo.

—Sí.

Elara apretó los labios.

—¿Me va a asustar?

—Probablemente.

—¿Va a cambiar cómo te veo?

Aidan tragó saliva.

—Eso… es lo que más temo.

El silencio cayó pesado entre ambos.

—Entonces, ¿por qué esperar? —preguntó ella—. ¿Por qué no decírmelo ahora y terminar con esta tensión?

Aidan pasó una mano por su rostro.

—Porque no estás lista —dijo—. Y no lo digo como juicio. Lo digo porque aún estás encontrando el suelo bajo tus pies.

—No puedes decidir eso por mí.

—No —admitió—. Pero sí puedo decidir no empujarte a un abismo cuando todavía estás aprendiendo a respirar otra vez.

Elara bajó la mirada a su vientre.

—No soy la única que está en esto —dijo en voz baja—. Hay alguien más que depende de mí. Y yo necesito saber en qué mundo lo estoy trayendo.

Aidan cerró los ojos un segundo.

—Ese mundo… —dijo—. No es cruel por naturaleza. Pero tampoco es indulgente.

—Eso tampoco me tranquiliza.

—No pretendo hacerlo —respondió—. Pretendo ser honesto dentro de mis límites.

Ella lo observó con atención.

—¿Siempre has sido así? —preguntó—. Tan controlador… tan cuidadoso… tan lleno de silencios.

Aidan soltó una risa breve, sin humor.

—No —dijo—. Aprendí a serlo.

—¿Por qué?

—Porque cuando no lo fui… perdí cosas.

Elara sintió un escalofrío.

—¿Cosas o personas?

Aidan no respondió de inmediato.

—Ambas.

Elara se quedó mirándolo.

—No me mires como si yo fuera a romperme —dijo—. He sobrevivido a que mi familia me diera la espalda, a pasar hambre, a estar sola cuando más miedo tenía. No soy tan frágil como crees.

—Nunca he pensado que lo seas —respondió Aidan—. Pero la fortaleza no hace invencible a nadie.

—Tampoco lo hace la ignorancia.

Aidan la sostuvo la mirada.

—Tienes razón.

Eso la sorprendió.

—Entonces… —empezó ella—. Dame algo. No todo. Pero algo real.

Aidan respiró hondo.

—Hay personas aquí —dijo—. Y fuera de aquí. Que no ven el mundo como tú. Que viven según reglas antiguas. Lealtades que no se rompen sin consecuencias.

—Eso lo entiendo.

—No del todo —respondió—. Porque para ellos, el poder no es una metáfora. Es una fuerza que se hereda. Que se protege. Que se elimina si se vuelve una amenaza.

Elara sintió un nudo en el estómago.

—¿Estás diciendo que mi hijo…?

Aidan levantó la mano, deteniéndola.

—No —dijo con firmeza—. Estoy diciendo que hay miradas puestas en lo que viene. Y que no todas son limpias.

Elara se abrazó a sí misma.

—Entonces Ronan…

—Ronan no es el único —respondió Aidan—. Pero es el que menos se molesta en fingir.

—¿Es peligroso?

—Sí.

—¿Para mí?

Aidan dio un paso más cerca.

—Para cualquiera que se interponga en lo que cree que merece.

Elara cerró los ojos un instante.

—Odio esto —susurró—. Odio no entender. Odio depender de ti para sentirme segura.

Aidan habló más bajo.

—No dependes de mí —dijo—. Caminamos en paralelo. Y mientras lo hagamos… nadie te tocará.

Ella abrió los ojos.

—Eso suena a promesa.

—Lo es.

Se quedaron allí, uno frente al otro, sin tocarse.

Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, ambos lo sabían:

Las mentiras que se dicen por protección siguen siendo mentiras. Y cuando la verdad aparezca, permiso no va a pedir.




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