Marcada por la luna del Alfa

Capítulo 10. No decirlo todo

Elara empezó a notar que las respuestas nunca llegaban completas.

No era algo nuevo, pero ahora tenía nombre. Antes solo era incomodidad; ahora era sospecha. Las frases de Aidan siempre parecían detenerse justo antes de cruzar una línea invisible. Como si hubiera un punto exacto donde la verdad se volvía demasiado peligrosa para pronunciarse.

Y eso la cansaba.

Estaban sentados en la mesa de la cocina, uno frente al otro. Afuera, el día avanzaba con normalidad, pero entre ellos había una tensión baja, constante, como una corriente subterránea.

—¿Siempre haces eso? —preguntó Elara de pronto.

Aidan levantó la mirada.

—¿Eso qué?

—Responder sin responder —dijo—. Decir lo suficiente para que no pregunte más… pero no lo suficiente para que entienda.

Aidan se recostó en la silla.

—No es mi intención.

—Pero es el resultado.

El silencio que siguió no fue cómodo.

—Estoy tratando de protegerte —dijo él finalmente.

Elara negó con la cabeza.

—No me proteges cuando me dejas a oscuras —respondió—. Me dejas sola con mis propias conclusiones. Y créeme… no siempre son amables.

Aidan la observó con atención, como si estuviera calibrando algo.

—¿Qué crees que está pasando? —preguntó.

—Creo que hay cosas aquí que no tienen nada que ver conmigo… y aun así me afectan —dijo—. Creo que hay personas que me miran como si yo fuera un problema. O una oportunidad. Y creo que tú sabes exactamente por qué.

—Elara…

—No —lo interrumpió—. No quiero que me tranquilices. Quiero que seas honesto.

Aidan pasó una mano por la mesa, apoyándola con firmeza, como si necesitara anclarse.

—Hay jerarquías —dijo—. Estructuras que existen desde antes de que yo llegara aquí. Desde antes de que tú nacieras. No son amables. No son justas. Pero existen.

—Eso sigue siendo muy abstracto.

—Porque si lo vuelvo concreto —respondió—, te pongo en medio de algo que no elegiste.

Elara soltó una risa seca.

—Ya estoy en medio, Aidan. No finjas que no.

Él no lo negó.

—Ronan cree que puede ocupar mi lugar —dijo al fin.

Elara se quedó quieta.

—¿Tu lugar… como qué?

Aidan la miró directamente.

—Como líder.

La palabra cayó con peso, aunque ella no entendiera del todo por qué.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que no todos los conflictos se resuelven hablando.

—Eso suena a amenaza.

—Suena a realidad.

Elara apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Y yo dónde entro en todo eso?

Aidan tardó en responder.

—Eres… —se detuvo—. Un punto de equilibrio.

—Eso no es un lugar seguro.

—No —admitió—. Pero es uno muy poderoso.

Elara sintió un escalofrío.

—No quiero ser poderosa —dijo—. Quiero estar a salvo.

Aidan se inclinó hacia ella.

—Por eso no te digo todo —dijo en voz baja—. Porque en el momento en que lo hagas consciente… dejará de ser solo mi problema.

Ella lo miró, cansada.

—No puedes decidir eso por mí eternamente.

—No —respondió—. Pero puedo ganar tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Aidan no respondió de inmediato.

—Para que, si llega el momento —dijo al fin—, tengas la opción de irte.

Elara se quedó mirándolo como si no lo reconociera.

—¿Irme?

—Sí.

—¿Y tú?

—Yo me quedaré.

Ella sintió un nudo en la garganta.

—Eso no es justo.

—Nunca lo es —respondió—. Pero es la única forma que conozco de proteger lo que importa.

Elara se levantó de la mesa.

—No me hables como si yo fuera algo que se guarda detrás de una puerta —dijo—. No soy una posesión.

Aidan se levantó también.

—Nunca lo he pensado así.

—Entonces deja de actuar como si yo fuera algo que puedes mover de un lado a otro cuando te conviene.

El silencio volvió a caer entre ellos, pesado.

—Tienes razón —dijo Aidan finalmente—. Y por eso… —hizo una pausa—. Por eso necesito que confíes en mí un poco más.

—La confianza no se pide cuando se ocultan cosas —respondió ella—. Se construye diciendo la verdad, incluso cuando es incómoda.

Aidan la observó largo rato.

—Te voy a decir algo —dijo—. Pero solo esto.

Elara se tensó.

—Hay personas que no quieren que estés aquí —continuó—. No por quien eres… sino por lo que representas. Y mientras no entiendas exactamente qué es eso, es más difícil que te usen en tu contra.

—¿Usarme?

—Sí.

Elara respiró hondo.

—Entonces prométeme algo.

Aidan la miró.

—Prométeme que cuando llegue el momento —dijo ella—. No me vas a mentir.

Aidan sostuvo su mirada.

—Te lo prometo.

Y en ese instante, ambos supieron que esa promesa sería puesta a prueba.

Porque Ronan Hale no tenía intención de esperar.

Y cuando alguien cree que el tiempo juega a su favor, es porque ya empezó a mover las piezas.




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