Elara estaba convencida de que las cosas importantes no siempre hacen ruido cuando pasan. A veces llegan como una incomodidad leve. Una sensación fuera de lugar. Un segundo de más mirando algo que debería ser normal.
Y esa mañana fue así.
El patio principal estaba casi vacío. Un par de personas cruzaban de un lado a otro con la naturalidad de quien repite gestos aprendidos, y sin embargo, algo no encajaba. Elara lo sintió antes de verlo. Un tirón suave en el estómago, no un dolor, sino de atención.
Se apoyó en la baranda de madera y respiro hondo.
—Tranquilo—murmuró, más para sí misma que para el bebé—. No pasa nada.
No estaba tan segura.
—¿Te encuentras bien?
La voz la hizo girar. Era Mara, una de las mujeres que había empezado a hablarle con cierta confianza. Tenía las manos manchadas de harina y una sonrisa cansada.
—Si— respondió Elara—. Solo… me mareé un poco.
Mara la observó con detenimiento, como si pudiera leerla.
—A veces el cuerpo avisa antes que la cabeza— dijo—. Si necesitas sentarte, dilo. Nadie te va a mirar raro.
Elara sonrió, agradecida.
—Gracias. De verdad.
Mara se quedó unos segundos más.
—Hoy es un día movido —añadió—. Si te incomoda, quédate cerca de la casa.
—¿Por qué? —preguntó Elara.
Mara dudó apenas.
—Porque cuando hay demasiada gente inquieta… suelen pasar cosas.
No dijo más. No hizo falta.
Elara decidió volver al interior. En el pasillo, se cruzó con Aidan.
No caminaba. Avanzaba con esa quietud tensa que ella ya empezaba a reconocer. Su rostro estaba serio, los hombros rígidos.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.
Aidan se detuvo al verla.
—¿Estabas afuera? —pregunto, en lugar de responder.
—Si. ¿Por qué?
Él exhaló despacio.
—Quiero que te quedes dentro hoy.
Elara frunció el ceño.
—Otra vez eso.
—No es lo que crees, no es por controlarte —dijo—. Es solo por prevención.
—Siempre dices lo mismo.
Aidan sostuvo su mirada.
—Y casi siempre tengo razón.
Ella cruzó los brazos.
—A mi no me hables como si fuera ingenua, porque sabes muy bien que no lo soy.
—No lo era —respondió, dándole la razón de lo que sabía que era cierto—. Pero tampoco tienes todas las piezas.
—Entonces damelas.
El silencio entre ellos se tensó.
—No hoy —dijo Aidan finalmente.
Elara negó con la cabeza.
—Algún día te vas a quedar sin un “no hoy”.
Antes de que pudiera responder, una conmoción los interrumpió.
Voces elevándose. Pasos apresurados. Algo cayendo al suelo.
Elara sintió el tirón otra vez, pero esta vez más fuerte.
—Aidan…—susurro.
El ya se estaba moviendo.
—Quédate aquí —ordenó.
—No.
—Elara…
—No me dejes atrás sin decirme que pasa.
Aidan dudo apenas un segundo. Uno solo.
—Alguien cruzó un límite —dijo—. Y eso nunca es una buena señal.
Salieron lo más rápido posible de la casa, pero cuando llegaron al patio, el ambiente había cambiado.
Un círculo de personas rodeaba algo -o a alguien-. Elara no distinguía bien desde atrás, pero sentía la tensión como una presión en el pecho. Aidan avanzó con paso firme, y sin darse cuenta, ella lo siguió.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Aidan, con voz firme.
Las personas se apartaron lo suficiente para que Elara viera.
Había un hombre en el suelo. Respiraba con dificultad, la ropa rasgada, el rostro pálido. No parecía herido de gravedad… pero había algo extraño en su postura, en la forma en que temblaba.
—Se descompensó —dijo alguien—. De repente.
—No —corrió otra voz—. Estaba gritando antes.
Elara se acercó un poco más.
Entonces lo sintió. Reconocimiento.
Un latido fuerte, desacompasado, que no venía de su pecho. Venía de más adentro. Como si algo dentro de ella hubiera despertado de golpe.
—Aidan… —dijo, con la voz apenas audible—. Esto no es normal.
Él se giró hacia ella, alarmado.
—Alejate —dijo—. Ahora.
—No —respondió— Siento algo raro.
El hombre en el suelo gimió, arqueando de una forma antinatural. Un murmullo recorrió el círculo.
—Esto no debería pasar aquí —dijo alguien.
—¡Basta! –ordenó Aidan–. Llevenlo adentro.
Cuando dos hombres intentaron ayudarlo a levantarse, el hombre gritó. No fue un grito humano común. Fue más profundo. Desgarrado. Crudo.
Elara dio un paso atrás.
–¿Escuchaste eso? –pregunto–. Eso no fue…
Aidan se colocó frente a ella de manera protectora, tapando la vista con el cuerpo.
–Mírame –dijo–. No mires eso.
–Aidan, dime qué está pasando.
Él apretó la mandíbula.
–Nada que tengas que entender hoy.
Elara lo empujó con más fuerza de la que pensó tener.
–¡No me mientas!
Por un instante, Aidan no supo qué decir. Y fue en ese silencio donde todo se rompió un poco.
El hombre volvió a gritar. Esta vez, Elara alcanzó a ver algo imposible antes de que Aidan la girara de nuevo.
–¿Qué fue eso? –preguntó, con la respiración acelerada–. No me digas que no vi lo que vi.
Aidan la sostuvo por los hombros, firme pero cuidadoso.
–Escúchame –dijo–. Lo que acabas de presenciar no tiene una explicación sencilla. Y si intento dártela ahora, solo voy a asustarte más.
–Yo estoy asustada –respondió–. Y no soy estúpida.
Aidan cerró los ojos un segundo.
–Prometí no mentirte –dijo–. Y no lo estoy haciendo… pero tampoco puedo decirte toda la verdad aun.
Elara lo miró como si algo se hubiera quebrado.
–Entonces dime esto –dijo–. ¿Lo que vi tiene que ver contigo?
Aidan no respondió de inmediato.
–Si.
–¿Tiene que ver conmigo?
–No del todo.
–¿Y con mi hijo?
El silencio fue suficiente respuesta.
Elara sintió que el mundo se le inclinaba bajo los pies.
–Necesito sentarme –murmuró.
Aidan la sostuvo antes de que cayera.