Elara no recordaba cómo llegó a la habitación, solo recordaba manos sosteniendola, voces lejanas, el peso de su propio cuerpo volviéndose extraño, como si no le perteneciera del todo. Cuando abrió los ojos, estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en la pared y la respiración todavía inestables.
Aidan estaba frente a ella.
No hablaba, no se movía, solo la miraba con una tensión contenida que hacía más ruido que cualquier grito.
—Dime que no lo imagine –susurro Elara.
Aidan no respondió, y ese silencio fue peor que cualquier palabra.
Ella soltó una risa corta, temblorosa.
—Genial —murmuró—. Entonces no lo imagine.
Se pasó una mano por el rostro, intentando ordenar algo que no tenía forma. El recuerdo regresó en fragmentos: el hombre en el suelo, el grito imposible, el movimiento que no encajaba en ningún cuerpo humano. No quería pensar la palabra, pero la palabra estaba ahí.
—No era… normal —dijo en voz baja.
Aidan se sentó frente a ella, lo suficientemente cerca como para alcanzarla si volvía a perder el equilibrio.
—No —admitió.
—Entonces dime que fue.
—No puedo explicarlo en términos simples.
—No me des terminos simples —respondió ella—. Dame términos reales.
Aidan cerró los ojos un segundo, como si eligiera cada palabra con cuidado quirúrgico.
—Hay cosas en este mundo —dijo— que no encajan en lo que te enseñaron que era posible.
Elara lo miró con una mezcla de rabia y miedo.
—No me hables como si fuera una niña que necesita una historia suave.
—No lo hago.
—Entonces dilo.
el silencio volvió a caer.
—Ese hombre… —continuó Aidan— no estaba enfermo.
Elara sintió que el estómago se le cerraba.
—Entonces que?
Aidan abrió los ojos.
—Estaba perdiendo el control.
—¿Control de qué?
Él le sostuvo la mirada. Y por primera vez, Elara vio miedo en él. No miedo por si mismo, sino miedo por ella.
—De algo que no debería haber ocurrido frente a ti —dijo.
Ella negó con la cabeza.
—Eso no es una respuesta.
—Es lo más cerca que puedo estar de una… sin romper algo que todavía no estás lista para sostener.
Elara apretó los puños.
—Deja de decidir eso por mi.
—No estoy decidiendo por ti —respondió Aidan—. Estoy decidiendo por el momento.
—Eso es lo mismo.
Aidan no discutió.
Elara respira hondo.
—Voy a decir esto una sola vez –dijo, con la voz más firme de lo que sentía—. No soy ciega. No soy frágil. Y no soy estúpida. Vi algo que no existe en el mundo que conozco. Así que o me ayudas a entender… o voy a empezar a inventar explicaciones sola.
—Eso es lo que temo —murmuró Aidan.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Qué piense?
—Que llegues a conclusiones sin red.
Elara lo miró largo rato.
—Tiene que ver contigo?
—Si.
—¿Con todos aquí?
—Con muchos.
—¿Conmigo?
Aidan dudo.
—Indirectamente.
—¿Con mi hijo?
Ese fue el golpe, porque Aidan bajó la mirada y no respondió.
Elara sintió que el aire se le iba del pecho.
—No… —susurro—. No me hagas esto.
Aidan levantó la vista.
—Escúchame —dijo—. Lo que llevas dentro no es una maldición, no es un error y tampoco es algo a lo que deba temerse.
—Pero es algo —dijo ella.
—Si.
el silencio se volvió insoportable.
—Necesito que me digas algo real —pidió—. Algo que no sea con tantos rodeos.
Aidan respira hondo.
—Nuestro hijo —dijo lentamente— no pertenece sólo al mundo que conoces.
Elara sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Eso no significa nada.
—Significa que hay una parte de su herencia que… no es humana.
La palabra quedó flotando.
Elara no parpadeo, no grito, no lloro, y no reacciono como Aidan esperaba. Solo se quedo quieta.
—Dilo completo —susurro—. Completo.
Aidan apretó la mandíbula.
—No hoy.
Elara se levantó de la cama de golpe.
—No vuelvas a decirme eso. No puedes abrir una puerta y dejarme parada en el umbral —dijo, con toda la calma que podía tratar de reunir—. No después de lo que vi.
Aidan se puso de pie también.
—Si cruzas esa puerta ahora —dijo—, no hay regreso.
Elara lo miró con furia contenida.
—Ya no hay regreso —respondió—. Lo cruzaste tú cuando me mentiste por primera vez.
Ese golpe si llego.
Aidan retrocede un paso mínimo. No físico. Interno.
—No te meti —dijo—. Te protegí mal.
—Eso no lo hace mejor ni lo justifica.
El silencio siguiente fue tan denso que casi dolía.
—Necesito aire —dijo Elara finalmente.
Cuando intentó pasar por su lado, Aiden no la tocó, pero su voz la detuvo.
—Ronan quiere que eso ocurra así —dijo—. rápido. Desordenado. Sin que piedad entender nada.
Elara se giró.
—¿Por qué?
—Porque el miedo es más fácil de manipular que la verdad.
Ella lo observó., y por primera vez desde que llegó allí… dudo de su propia percepción.
—Entonces dame algo —dijo en voz baja—. Algo que me sostenga.
Aidan la miró como si esa fuera la pregunta más difícil de todas.
—No estás sola —dijo—. Pase lo que pase… no lo estarás.
No era la respuesta que quería, pero era la única que tenía.
Elara salió de la habitación sin mirar atrás.
Aidan se quedó de pie, sabiendo algo que ella todavía no:
La proxima vez que hablara, ya no podría callar nada,