Elara no volvió a la habitación esa noche. Caminó sin rumbo durante horas, sin preocuparse si alguien la seguía o no. El territorio que días antes le había parecido silencioso ahora se sentía… vivo. No de una forma poética. Vivo como algo que respira cuando no lo estás mirando.
Cada crujido de ramas la hacía tensar. Cada sombra parecía moverse un segundo de más.
Y lo peor no era el miedo, era la certeza de que siempre había sido así. Solo que antes no lo veía.
Se sentó en una roca cerca del límite del bosque y se abrazó el vientre.
—No entiendo nada —susurro—. pero te juro que lo voy a entender.
El bebe se movió. Fue leve, apenas una presión desde dentro, pero la hizo quedarse quieta.
—Lo sentiste también, ¿verdad? —murmuró—. Todo esto…
El silencio respondió, pero no era un silencio vacío.
Elara apoyó la frente en sus manos. Pensó en el hombre del patio. Pensó en la forma en que su cuerpo estaba… cambiado. No quería recordar la imagen completa, su mente la rechazaba como si fuera un error.
Y sin embargo, estaba ahí. No podía desviarlo… pasos detrás de ella, pero no se giró.
—Te van a buscar —dijo una voz conocida.
Ronan.
Elara no reaccionó de inmediato.
—¿Me seguiste? —preguntó.
—No —respondió él—. Te encontré. Hay diferencia.
Ella soltó una risa sin humor.
Ella soltó una risa sin humor.
—Hoy todo el mundo tiene muchas diferencias que explicarme.
Ronan se acercó lo suficiente para que su presencia se sintiera, pero no invadió su espacio. Se sentó en otra roca, dejando una distancia calculada entre ambos.
—Viste algo que no deberías haber visto —dijo.
No fue una pregunta.
Elara giró lentamente la cabeza.
—Dime que lo imaginé —dijo.
Ronan la observó con una calma incómoda.
—¿Quieres que te mienta o que te respete?
Ella le sostuvo la mirada.
—Quiero que no hables como si fuera una estúpida
Ronan asintió, como si esa respuesta le agradara.
—Entonces no lo imaginaste.
Las palabras no fueron crueles, pero cayeron con penso.
Elara respira hondo.
—¿Qué fue eso?
Ronan sonrió apenas.
—La pregunta correcta no es que fue —dijo—. Es que somos.
Elara sintió el corazón acelerarse.
—No hables en plural —respondió—. No me metas en eso.
—Ya estás dentro.
—No sé de qué me hablas, yo no elegí nada de esto.
—Nadie lo hace.
El silencio entre ellos fue tenso, eléctrico.
—Aidan no te lo va a decir —continuó Ronan— No completo. Nunca lo hace. Cree que proteger es lo mismo que ocultar.
—No hables así de él.
—¿Por qué? —pregunto Ronan—. ¿Por qué confías?
Elara apretar los dientes.
—Porque no te corresponde.
Ronan inclinó la cabeza.
—Interesante.
Ella lo miró con furia contenida.
—Dime lo que sabes —exigio—. Sin rodeos.
Ronan la observó largo rato.
—Lo que viste hoy —dijo finalmente— fue alguien perdiendo el control de su naturaleza.
La palabra quedó suspendida.
Elara sintió frío.
—Eso no significa nada.
—Significa que este lugar no es lo que crees.
—Eso ya lo sé.
Ronan se acercó apenas un centímetro más.
—Significa que el hombre que te trajo aquí… tampoco lo es.
Elara no se movió. No respiro. No parpadeo.
El mundo pareció detenerse.
—Mientes —dijo en voz baja.
Ronan no sonrió esta vez.
—Ojala.
Se escucharon pasos rápidos detrás de ellos. Pero Elara no se asustó, supo quien era sin necesidad de girarse.
Aidan.
Su presencia llenó el espacio como una tormenta contenida.
—Alejate de ella —dijo.
No gritó, no hizo faltas.
Ronan se puso de pie con lentitud.
—Solo conversábamos.
—Te dije que no —respondió Aidan.
Elara se levantó también.
—No soy un objeto que se pasa de un lado a otro —dijo—. Dejen de hablar como si no estuviera aquí.
Ambos hombres la miraron, pero la tensión entre ellos no bajó.
—¿Qué quiso decir? —preguntó ella, mirando a Aidan—. Dilo.
El silencio fue una respuesta.
Elara sintió que algo dentro de ella se acomodaba. No era aceptación, era comprensión.
—No eres humano —dijo.
No fue una pregunta.
Aidan no respondió, no hacía falta.
Elara retrocede un paso, no fue por miedo, sino por espacio.
—Necesito que me lo digas —susurró—. Con palabras.
Aidan dio un paso hacia ella.
—Elara…
—Dilo.
El bosque parecía contener la respiración.
—No soy… solo humano —dijo finalmente.
Las palabras salieron pesadas. Reales.
Eara cerró los ojos, pero cuando los abrió… el mundo ya no era el mismo.