Traté de limpiar lo más rápido que pude. Tenía planes para hoy, cosas que quería hacer, y ninguna de ellas incluía pasar toda la tarde atrapado en esta sofocante oficina, limpiando y ordenando botellas de vino que probablemente ni siquiera serán tocadas en meses. Sin embargo, aquí estoy, con un trapo en una mano y una botella en la otra, obligándome a cumplir con esta tediosa tarea solo porque el capitán así lo decidió.
Apuesto a que ni siquiera notará si las botellas no están organizadas alfabéticamente. De hecho, estoy casi seguro de que jamás se ha detenido a leer las etiquetas. Su único criterio es si la bebida es lo suficientemente fuerte como para quemarle la garganta. Entonces, ¿por qué molestarse en hacer un trabajo impecable? No vale la pena. No cuando hay tantas cosas más importantes o, al menos, más interesantes que podría estar haciendo. Así que, en lugar de ordenar con esmero, hago lo justo y necesario para que todo luzca presentable.
Además, si soy sincero, no creo que mi pequeño atrevimiento haya sido tan grave como para merecer este castigo. Recostarme en su hamaca por un rato no debería ser motivo suficiente para desatar su ira.
Claro que, decir la verdad no era una opción.
"Yo solo quería ver la hora y me quedé dormido un momento"
¿Qué clase de idiotez es esa? Ni siquiera yo me la creí al pronunciarla. Ningún pirata con un mínimo de instinto de supervivencia se sienta por accidente en la hamaca de su capitán. Yo lo hice intencionalmente. Porque quería ver qué pasaba, ya que, en el fondo, me divierte tensar la cuerda solo un poco, lo suficiente como para sentir la adrenalina sin que llegue a ahorcarme.
Al recordar mi propia mentira, una sonrisa burlona se dibuja en mis labios.
Paso el trapo sobre las botellas una última vez, asegurándome de que el polvo ha desaparecido por completo. Me echo un vistazo rápido a mi trabajo y, satisfecho con el resultado, me dispongo a salir.
Limpieza terminada. Castigo cumplido. Fin del asunto.
Estoy en cuclillas, pues la barra apenas me llega a la cintura y es la única forma de alcanzar todas las botellas sin dejar ninguna fuera. Limpiar todo de pie sería un desafío monumental, una tarea que probablemente me tomaría toda la vida. Incluso si fuera inmortal.
Ahora solo tengo que levantarme, pero justo cuando intento hacerlo, una carcajada resuena en la habitación.
Me detengo.
Es la voz del capitán, inconfundible, fuerte y llena de burla. No logro entender lo que dice ni con quién habla, pero no necesito verlo para imaginar la escena. Sé perfectamente qué significa esa risa.
Lo más probable es que haya golpeado a alguien. Tal vez solo un empujón, un golpe en la cabeza con el dorso de la mano o un puñetazo en el estómago para "poner orden". Nada nuevo. Nada inesperado.
Ese tipo de escenas se han vuelto comunes en este barco.
Cierro los ojos por un instante y, sin quererlo, me asaltan recuerdos de un pasado que ahora parece un sueño lejano.
Cuando era niño, o adolescente quizás, la vida a bordo era diferente. Las mañanas estaban llenas de risas y canciones, las noches de historias junto a una fogata en alguna isla desconocida. Cada día traía consigo la promesa de una nueva aventura. Me despertaba con la brisa del mar en el rostro y pasaba horas contemplando el horizonte, maravillado por la inmensidad del mundo que tenía ante mis ojos.
Pero todo cambió con la muerte de su hijo.
Desde entonces, la oscuridad se apoderó de este barco. La alegría desapareció y, con ella, cualquier rastro de camaradería. Ya no hay historias junto al fuego ni canciones al amanecer. Solo quedan órdenes, castigos y un miedo constante a cometer el más mínimo error.
Abro los ojos de nuevo y suspiro.
Intento levantarme una vez más, pero justo en ese momento, el sonido de pasos alerta mis sentidos.
Alguien entra en la habitación.
Aprovecharé la oportunidad. Puedo anunciar que terminé mi penitencia y asegurarle al capitán que nunca más cometeré el mismo error. Quizás así consiga salir de aquí sin más problemas.
Pero antes de ponerme de pie, escucho algo que me hace detenerme en seco.
La voz del capitán se dirige a alguien más. Me asomo sutilmente entre las botellas y veo la silueta de un hombre alto, de piel morena. Debe ser Tross, su segundo al mando, aunque no estoy completamente seguro. Hay varios en el barco que se le parecen.
Entonces, el capitán dice algo.
Algo que despierta mi curiosidad.
Algo que hace que, en lugar de levantarme, decida quedarme agazapado un rato más.
-Pasa, Tross, tengo un secreto que contarte.-
Secreto. Esa palabra es lo único que necesito para seguir detrás de la barra que mi capitán me obligó a limpiar hace apenas unos minutos. Apenas respiro, esforzándome por no hacer el más mínimo ruido. Me sudan las manos y mi corazón late con fuerza en mis oídos, como si temiera que el más leve sonido me delatara.
- Soy todo oídos, mi capitán -responde Tross con voz neutra. Ahora estoy seguro de que es él quien lo acompaña.
- Por favor, Tross, llevas años siendo mi segundo al mando. Ten un poco más de confianza cuando se trata de mí.-
Editado: 19.05.2026