Con un movimiento rápido, levanté mi espada justo a tiempo para bloquear su golpe. El choque resonó en mis huesos cuando el acero encontró acero. La vibración recorrió mi brazo hasta el hombro.
Tross no estaba jugando.
-¡No soy tu enemigo! -grité mientras empujaba su hoja hacia atrás con todas mis fuerzas.
Retrocedió un paso, pero volvió a la carga de inmediato. Giró la muñeca con precisión y su espada descendió hacia mi costado izquierdo. Me agaché por instinto; el filo pasó sobre mí como un susurro mortal.
Apenas tuve tiempo de incorporarme cuando lanzó un golpe vertical desde arriba. Desvié su espada con una maniobra lateral y respondí con una estocada directa al abdomen. Fallé por un suspiro. Tross se apartó con una agilidad brutal.
El sonido del metal chocando llenaba la habitación. Cada impacto era una sentencia.
Se lanzó de nuevo, esta vez con un barrido horizontal que buscaba desarmarme. Bloqueé el ataque, pero el impacto me hizo retroceder dos pasos. Mis brazos empezaban a resentirse.
-¡Despierta, Tross! -insistí, jadeando-. ¡Esto no es lo que quieres!
No escuchaba. O no quería escuchar.
Su rostro estaba rojo, los dientes apretados. La rabia lo volvía más rápido. Más fuerte.
Un corte diagonal me obligó a saltar hacia atrás. La hoja pasó tan cerca que sentí el frío del acero rozar mi piel. Intenté aprovechar un pequeño desequilibrio suyo y lancé una estocada al pecho.
La desvió.
El choque volvió a sacudir mis manos.
-¡No me detendré hasta que caigas! -rugió.
Entonces aceleró.
Una lluvia de golpes descendió sobre mí. Bloqueé como pude, retrocediendo paso a paso. Uno de sus cortes diagonales rebotó en mi espada… y el siguiente encontró carne.
Un tajo horizontal abrió mi brazo izquierdo.
El dolor fue inmediato. Caliente. Vivo. La sangre comenzó a deslizarse por mi antebrazo.
Apreté los dientes y contraataqué, más por orgullo que por estrategia. Logré rozar su costado. Nada profundo. Nada serio.
Eso solo lo enfureció más.
Tross giró sobre sus talones y lanzó un corte diagonal devastador.
No llegué a reaccionar del todo.
Sentí primero el frío.
Después, el fuego.
La hoja penetró entre mi costado y mi espalda, desgarrando tela y piel con una precisión cruel. El impacto me arrancó el aire de los pulmones.
Caí de rodillas.
La sangre empezó a empapar mi camisa, extendiéndose como una mancha oscura que crecía sin detenerse. Cada respiración era un cuchillo nuevo.
Tross dio un paso atrás.
Yo apenas podía mantenerme erguido.
-¡Tross…! -mi voz salió rota-. Esto… no es lo que queremos.
Me miraba con rabia. Pero ya no era solo rabia. Había algo más.
Y entonces entendí algo terrible:
Él era mejor que yo.
Más fuerte. Más entrenado. Más decidido.
Yo estaba perdiendo.
Una parte de mí pensó que tal vez no era tan mala forma de terminar. Ya no serviría a Travik. Ni a Ulkar. Ni a nadie.
Pero cuando lo vi acercarse lentamente, con la vista fija en la punta de su espada, supe que aún no quería morir.
Reuní la poca fuerza que me quedaba.
-¡Esto es lo que quieres! -escupí, con la voz desgarrada-. ¿Matar al único que puede intentar salvarte? ¿Al único que escuchó tu historia? ¿Al único dispuesto a enfrentarse a Travik?
Sus ojos se abrieron.
Un instante.
Solo uno.
-Entonces ven -susurré-. Y mátame rápido.
Silencio.
La espada tembló ligeramente en su mano.
-Troy… -dijo al fin, con la voz más baja-. Solo cumplo órdenes de mi capitán. Él no te dejaría estar aquí.
-¿El mismo capitán que te envenenó? -repliqué, respirando con dificultad-. ¿El que nos venderá a todos?
Algo se quebró.
El sonido del metal cayendo al suelo fue seco. Definitivo.
Tross soltó su espada.
Durante un segundo pensé que estaba soñando.
-Te llevaré con la médica Juana -dijo con voz grave, casi vacía.
Ya no había furia en su rostro. Solo cansancio. Y culpa.
Intenté responder, pero no me salió la voz. Solo asentí.
Me ayudó a ponerme de pie. Cada paso era un tormento. El sudor frío me corría por la frente y el mundo empezaba a inclinarse.
-Troy, abre los ojos, camarada -murmuró-. Lo siento… compañero.
Su voz sonaba lejana.
Demasiado lejana.
Editado: 19.05.2026