Margaret

El despertar de la noche.

Los días posteriores a aquella visión en el espejo se volvieron insoportablemente normales.

Demasiado normales.

La familia Owell insistía en que todo estaba bajo control. Los médicos no encontraban cambios físicos, los guardias no reportaban incidentes, y la sociedad seguía fingiendo que la maldición era solo un rumor enterrado en el tiempo.

Pero Margaret sabía la verdad.

Algo había cambiado.

No en el mundo… sino en ella.

Comenzó con pequeños olvidos.

Frases que no recordaba haber dicho. Libros abiertos en páginas que no había leído. Caminos recorridos sin memoria del trayecto. Y, lo más inquietante, miradas ajenas que parecían seguirla un instante más de lo normal, como si notaran algo que ella aún no podía ver.

Su madre fue la primera en percibirlo.

—Estás más cansada últimamente —le dijo una tarde, acariciándole el cabello con ternura forzada.

Margaret sonrió.

—Solo estudio demasiado.

La respuesta fue aceptada sin discusión, pero el silencio que siguió fue más elocuente que cualquier reproche.

Esa noche, el viento golpeó las ventanas con una insistencia poco habitual.

La mansión crujía como si respirara.

Margaret se acostó temprano, como le habían recomendado. Las cortinas estaban cerradas, las velas apagadas, y la habitación sumida en una oscuridad cuidadosamente controlada.

Pero el sueño no llegó.

En cambio, llegó el susurro.

Al principio fue apenas un pensamiento ajeno, como si alguien hubiera dejado una palabra flotando dentro de su cabeza.

Luego, otra.

Y otra.

“No estás sola.”

Margaret abrió los ojos de inmediato.

El silencio era absoluto.

Pero la sensación permanecía, pegada a su mente como una presencia invisible.

—¿Quién está ahí? —susurró, incorporándose en la cama.

Nadie respondió.

Sin embargo, la habitación parecía… diferente.

Más fría.

Más amplia.

Como si el espacio hubiera cambiado de forma sin moverse.

Entonces ocurrió.

Las velas apagadas se encendieron solas.

Una por una.

Sin fuego visible.

Sin chispa.

Margaret retrocedió hasta tocar la pared.

Y en ese instante, lo sintió.

El mismo cambio que había visto en el espejo.

Su respiración se volvió más pesada.

El corazón le latía con fuerza, pero no era solo miedo.

Era otra cosa.

Algo que crecía desde dentro.

Sus manos temblaron al mirarlas.

La piel, apenas perceptiblemente, había perdido su suavidad.

Margaret contuvo el aliento.

No gritó.

No podía.

Porque en el fondo de su mente, una voz suave, antigua y demasiado familiar, susurró con calma:

“Por fin estás despertando.”

Y la noche, por primera vez, dejó de ser su refugio.




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