La voz no volvió a aparecer durante el día.
Pero Margaret ya no estaba en paz.
Cada gesto cotidiano parecía distinto. Como si su cuerpo respondiera antes que su mente. Como si algo dentro de ella hubiera aprendido a moverse sin pedir permiso.
Durante el desayuno, su madre notó que no tocaba la comida.
—Margaret —dijo con suavidad—, debes alimentarte.
Ella asintió y obedeció, pero el sabor le resultó extraño, ajeno, como si su lengua ya no fuera del todo suya.
Su padre hablaba de asuntos del ducado, de alianzas, de visitas importantes. Nadie mencionó la palabra “maldición”, pero todos la respiraban entre frase y frase.
Margaret mantenía la mirada baja.
Y aun así… sentía que algo la observaba desde dentro.
Esa tarde, sin poder explicarlo, sus pasos la llevaron a la biblioteca más antigua de la mansión.
No era un lugar que frecuentara. Los libros allí olían a polvo y a tiempo detenido. Su madre solía decir que era una sala “para asuntos del pasado”, como si el pasado fuera algo que debiera mantenerse encerrado.
Margaret no sabía qué buscaba.
Solo sabía que necesitaba buscar.
Pasó los dedos por los estantes hasta detenerse en uno particularmente antiguo, más oscuro que los demás, sin título visible en el lomo. Como si el nombre hubiera sido borrado a propósito.
Cuando lo abrió, el aire cambió.
Las páginas no estaban vacías… pero tampoco estaban del todo escritas.
Había símbolos.
Fragmentos de palabras.
Y dibujos que le provocaron un escalofrío imposible de ignorar.
Figuras humanas deformándose bajo la luna.
Rostros duplicados, uno humano y otro desconocido.
Y, en el centro de una de las páginas, un nombre repetido varias veces, tachado y reescrito como si alguien hubiera dudado de su propia existencia:
“OWELL”
Margaret sintió cómo el libro temblaba en sus manos.
—No… —susurró—. Esto no tiene sentido…
Pero entonces, al pasar otra página, lo vio.
Un retrato.
No dibujado con precisión, sino como si hubiera sido recordado por alguien que no quería recordar.
Era ella.
O algo parecido a ella.
La misma mirada.
La misma forma del rostro.
Pero con algo profundamente equivocado en la expresión, como si la imagen estuviera sonriendo desde un lugar donde no debía haber alegría.
Y debajo, una frase escrita con tinta temblorosa:
“Las brujas no se crean. Se despiertan.”
El libro cayó al suelo con un golpe seco.
Detrás de ella, las luces de la biblioteca parpadearon una vez.
Luego otra.
Y la voz volvió.
No como un susurro esta vez.
Sino como un pensamiento completo, claro, íntimo, inevitable.
“Por fin estás mirando.”
Margaret se giró de golpe.
No había nadie.
Pero el aire ya no estaba vacío.
Y por primera vez, comprendió que la maldición no la estaba alcanzando.
La estaba reconociendo.