Margen Cero: La Última LÍnea

PARTE I — La historia incompleta · Capítulo 1 — El aforo

La primera mentira del Club Página Cero estaba pegada a la puerta con cinta transparente. AFORO: CUATRO PERSONAS. Debajo, alguien había añadido con tinta roja:

NO CUENTES LA VACÍA.

La segunda frase me inquietó más que la primera. Un aforo no necesitaba explicar qué debía contarse. Tampoco especificaba si “la vacía” era una silla, un aula o una persona.

Eran las cinco y cuarenta y uno de una tarde sin lluvia. Recuerdo la hora porque acababa de comprobarla en el teléfono y porque, detrás de la puerta, tres voces discutían si yo llegaría antes de las seis.

—Ya está en el corredor —dijo una muchacha.

—No puedes saberlo —respondió un muchacho.

—Lía lo anotó.

—Lía anota hasta las cosas que no han ocurrido.

Una tercera voz pidió silencio. No habló más alto que las otras, pero ambas se detuvieron.

Levanté la mano para tocar. Antes de que mis nudillos alcanzaran la madera, la puerta se abrió.

Lía Serrano sostenía el picaporte con una mano y una carpeta azul contra el pecho con la otra. Uniforme impecable, cabello oscuro recogido, una llave pequeña colgando del cinturón. Parecía la clase de persona que revisaba las salidas de emergencia al entrar a una fiesta.

—Llegas a tiempo —dijo.

Miró su reloj analógico. Marcaba las seis y ocho.

—El tuyo está adelantado.

—Siete minutos.

—Veintisiete.

Lía observó la esfera como si acabara de traicionarla. La aguja del segundero no se movía. Presionó la corona con la uña, agitó la muñeca y volvió a sonreír.

—Me ayuda a no llegar tarde.

Era una sonrisa entrenada para comunicar que nada malo ocurriría mientras ella siguiera allí. La expresión no cambió al mirarme de arriba abajo, ni al buscar algo detrás de mí en el corredor.

—Noa Salcedo —dije.

—Lo sé.

Esperé una explicación. Lía abrió más la puerta.

—Tu solicitud.

No había escrito el nombre en la solicitud. Había dejado el campo vacío porque la secretaria me dijo que podía completarlo después de decidir si el club era adecuado.

Entré sin señalarlo. Era mi segundo mes en el Instituto San Jerónimo y ya había aprendido que preguntar demasiado pronto producía respuestas diseñadas para que uno dejara de preguntar.

El salón había sido una biblioteca auxiliar. Estantes bajos cubrían dos paredes y conservaban etiquetas de asignaturas que ya no existían: Caligrafía, Urbanidad, Historia Local II. Una escalera de madera dormía contra el último anaquel, demasiado corta para alcanzar la fila superior. Olía a papel húmedo, marcador y café instantáneo.

En el centro había una mesa ovalada. Alrededor de la mesa había cinco sillas.

La muchacha que había anticipado mi llegada dibujaba en un cuaderno verde. Mara Vélez tenía el cabello corto y manchas de grafito en el lado de la mano. No parecía distraída; parecía atender a una conversación que ocurría medio segundo antes que la nuestra.

El muchacho ordenaba fotografías dentro de una carpeta gris. Elías Rojas usaba lentes para mirarnos y se los quitaba para leer las fechas escritas al dorso de las imágenes. Cuando Lía dijo mi nombre, comprobó una lista y no pareció sorprendido de encontrarlo.

—La quinta está junto a la ventana —dije.

Mara levantó la vista.

—¿La quinta qué?

—Silla.

Elías miró la mesa. Contó sin mover los labios. Primero las sillas. Después a nosotros.

—La de la ventana no pertenece al juego.

—¿Qué juego?

—La bienvenida —intervino Lía—. Elías llama juego a cualquier cosa que pueda salir mal si alguien no lee las instrucciones.

—Y Lía llama instrucciones a cualquier cosa que quiere que obedezcamos.

Mara disimuló una sonrisa detrás del cuaderno. Lía colocó su carpeta en la mesa y señaló el asiento frente a ella. No la silla de la ventana. Esa permaneció ligeramente apartada, como si alguien acabara de levantarse.

Me senté.

Había cinco tazas.

Cuatro tenían nombres escritos con marcador: LÍA, MARA, ELÍAS y una etiqueta blanca sin completar. La quinta taza era de porcelana verde, sin nombre, y despedía una línea fina de vapor.

—¿Esperan a alguien más?

—No —dijo Lía.

—Sí —dijo Mara al mismo tiempo.

Elías cerró la carpeta de fotografías.

—Esperamos que Lía explique por qué escribió cinco tazas en el inventario.

—No escribí cinco.

Lía abrió su carpeta azul. La primera hoja era una lista. Leí al revés:

Tazas — 4.

El número estaba tachado. Encima alguien había escrito 5 con tinta roja.




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