Volví al día siguiente por tres razones, y ninguna fue la muchacha de la ventana. La primera era que mi madre todavía no había terminado de desempaquetar y yo no quería llegar a casa para encontrarla rodeada de cajas, con la expresión de quien esperaba que una ciudad nueva corrigiera una vida vieja. La segunda era que Lía me había enviado un horario del club dividido en bloques de quince minutos, y contrariar un horario tan preciso me parecía una forma innecesaria de violencia.
La tercera era que la fotografía estaba equivocada.
No embrujada. No maldita. Equivocada.
Yo podía trabajar con una equivocación. A las cuatro y doce, el salón parecía otro lugar. La luz entraba limpia por las ventanas, el reloj funcionaba y la quinta silla estaba apilada contra el último estante junto con otras dos. Conté tres sillas alrededor de la mesa, una para mí y tres en el rincón. Siete en total. Nada de aquello coincidía con la imagen que había conservado durante la noche.
Lía escribía etiquetas para unas carpetas. Mara recortaba cartulinas. Elías limpiaba el objetivo de su cámara con un paño que parecía más valioso que el aparato.
—Has vuelto —dijo Mara—. Perdí una apuesta.
—No apostamos —respondió Elías.
—Por eso la perdí sola.
Lía me mostró una caja abierta sobre la mesa.
—Hoy preparamos la lectura del viernes. Es una actividad ordinaria. Nos vendrá bien.
—¿A quiénes?
—A todos.
Había veinte programas impresos, marcadores, hilo, tarjetas en blanco y un rollo de cinta de papel. Nada húmedo, duplicado o dirigido a mí. Me asignaron ordenar las lecturas por duración. Mara debía montar una pequeña exposición de dibujo. Elías fotografiaría el evento. Lía había creado dos planes de contingencia: uno si fallaba el proyector y otro si la mitad del público no asistía.
—¿Y si aparece una quinta sombra? —pregunté.
Lía no levantó la vista.
—Entonces Elías cambia de ángulo.
—No funciona así —dijo él.
—Ayer sí.
El paño se detuvo sobre la lente.
—Ayer la luz estaba mal.
—Ayer había un brazo en una silla vacía.
—Había una forma.
—Con dedos.
Mara dejó las tijeras.
—Si vamos a hablar de la foto, deberíamos hacerlo antes de que Lía termine de etiquetar una carpeta llamada “Conversaciones que no tendremos”.
Lía sostuvo en alto la etiqueta que acababa de escribir. Decía CORRESPONDENCIA.
—No hay ninguna conversación pendiente —dijo.
Mara señaló el reloj.
—Las cuatro y diecisiete. Nuevo récord.
—¿Para qué?
—Para la primera mentira del día.
Lía guardó la etiqueta. El gesto fue pequeño, pero cambió el aire del salón. Comprendí que Mara no provocaba por diversión. Probaba los bordes del control de Lía como alguien que empuja una puerta para saber si vuelve a estar cerrada.
Elías montó la cámara sobre la mesa.
—Estado normal —dijo.
—¿Perdón?
—Si quieres hablar de una discrepancia, primero documentas aquello con lo que la comparas. Esto es una cámara digital compacta. La batería está al setenta y dos por ciento. La tarjeta contiene cuarenta y seis archivos. La hora interna está sincronizada con el reloj de mi teléfono.
Me mostró cada dato. Lía anotó la hora. Mara dibujó la posición de la cámara.
—¿Siempre hacen esto?
—Desde que descubrimos que decir “algo cambió” no sirve si nadie puede acordar cómo era antes —respondió Elías.
—Eso implica que les ha ocurrido más de una vez.
—Implica que somos cuidadosos —dijo Lía.
La misma palabra del día anterior. Elías tomó una fotografía del salón. La revisamos en la pantalla: cuatro personas, siete sillas, veinte programas, una caja. Ninguna taza junto a la ventana.
—Normal —dijo.
Tomó una segunda. Mara había levantado dos dedos detrás de su cabeza.
—Alterado —dijo ella.
—Intervenido —corrigió Elías—. Una anomalía no es cualquier diferencia. Debe tener una fuente que no podamos atribuir a una acción conocida.
—Y una consecuencia —añadió Lía.
—¿Qué clase de consecuencia?
Los tres intercambiaron una mirada.
—Que alguien recuerde algo que no vivió —dijo Mara.
—Que un documento cambie después de haber sido firmado —dijo Elías.
—Que una persona salga herida —dijo Lía.
Nadie mencionó a la muchacha. Durante la siguiente hora hicimos cosas normales con una concentración excesiva. Ordené los textos. La mayoría eran relatos breves, pero había poemas, una carta sin destinatario y una escena de teatro que terminaba en medio de una réplica. Lía había escrito junto a cada título la duración, las advertencias de contenido y si el autor permitía fotografías.
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terror psicológico, misterio sobrenatural, identidad y memoria
Editado: 27.08.2026