Esa tarde esperé a que los demás se marcharan. Lía fue la última. Cerró las ventanas, contó las tazas y comprobó dos veces que la fotografía quedara dentro de la carpeta gris de Elías. Cuando llegó a la puerta, reparó en que yo no recogía mi mochila.
—El club terminó.
—Me falta ordenar los programas.
—Puede esperar.
—Quiero hacerlo ahora.
Lía observó la silla junto a la ventana. Estaba vacía.
—No permanezcas aquí después de las ocho.
—Son las seis y veinte.
—Las reglas son más fáciles de cumplir cuando no esperas hasta el último minuto.
Dejó la llave puesta por dentro. No sé si fue un gesto de confianza o una forma de asegurarse de que yo pudiera salir. Sus pasos se alejaron por el corredor hasta confundirse con el movimiento del instituto: puertas, voces, una pelota rebotando en el patio.
La muchacha apareció antes de que terminara el ruido. No en la silla. En el reflejo.
Yo estaba frente a la ventana, pero el cristal mostraba mi espalda y, detrás de ella, a la muchacha sentada sobre la mesa. Cuando me volví, no había nadie. En el vidrio seguía allí.
—¿Solo puedes aparecer donde no estás? —pregunté.
—A veces solo puedo estar donde nadie comprueba.
Su voz llegaba del salón, no del reflejo. Me acerqué al cristal. La muchacha tenía una mano escondida detrás de la espalda y la cinta roja anudada al cuello, sin insignia escolar.
—Elías te fotografió.
—Elías fotografió una consecuencia.
—¿De qué?
—De que volvieras.
—No había estado aquí antes.
—Eso es lo que te hace útil.
La frase me molestó más de lo que debía. Había pasado dos meses siendo útil: útil para cargar cajas, útil para acompañar a mi madre al mercado, útil para responder que el cambio de ciudad no me importaba. La utilidad era la forma en que otras personas evitaban preguntar qué quería.
—No soy una herramienta.
—Yo tampoco.
Por primera vez, la muchacha parecía enfadada. Su reflejo cruzó los brazos antes que ella.
—Entonces dime tu nombre.
Abrió la boca. No salió sonido. En la pizarra apareció una línea de tiza:
I _ I _
Las letras cambiaron.
V _ R _
Después:
N _ A
—No el que quieren darte —dije—. El que eliges.
La muchacha cerró los ojos. La tiza escribió:
IRIS.
La última letra se quebró en dos trazos.
—Iris —repetí.
Su cuerpo apareció en el salón. Primero la cinta, luego las manos, el borde del uniforme y finalmente el rostro. El reflejo tardó medio segundo en imitarla.
—¿Apellido?
—Todavía no.
—No necesitas uno.
—Aquí todos necesitan una historia antes de aceptar un nombre.
Se bajó de la mesa. Sus zapatos no hicieron ruido, pero el polvo registró dos huellas incompletas. La izquierda tenía la suela lisa; la derecha, un dibujo de líneas cruzadas.
—¿Qué recuerdas? —pregunté.
—Tu nombre.
—Además de eso.
—Una pantalla blanca.
—¿Un ordenador?
—No. Un espacio donde alguien podía escribirte.
—Mi solicitud.
Iris negó con la cabeza.
—Más vacío. Había una pregunta y un lugar para responder. Alguien escribió Noa. Después apareciste tú.
—¿Quién lo escribió?
Miró por encima de mi hombro. El salón estaba vacío.
—No lo veo. Solo siento cuando continúa.
—¿Continúa qué?
—La atención.
La palabra produjo un crujido leve en las paredes. El instituto se había quedado más silencioso. Afuera, el patio estaba vacío. El reloj marcaba las seis y veintidós.
—¿Eres Vera? —pregunté.
Iris retrocedió.
La pizarra se llenó de una frase escrita tantas veces que las palabras se convirtieron en una mancha:
¿ERES VERA? ¿ERES VERA? ¿ERES VERA?
—No hagas eso.
—Solo pregunté.
—Las preguntas también corrigen.
El rostro de Iris cambió. No de forma visible al principio; fue la sensación de que sus facciones tenían otra explicación. El cabello pareció más oscuro. Los ojos, menos verdes. Por un instante se pareció al retrato que aún no había visto en el cuaderno de Mara.
—Dime algo que Vera no sabría —pedí.
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terror psicológico, misterio sobrenatural, identidad y memoria
Editado: 27.08.2026