Margen Cero: La Última LÍnea

Capítulo 5 — La lectura del viernes

El viernes llegó con la normalidad meticulosa de una coartada. A primera hora, la profesora Montes recordaba el golpe en la frente, pero no el nombre que lo había precedido. En el programa de la lectura figuraban cuatro integrantes del club.

La fecha impresa era correcta. El reloj del salón avanzaba sin detenerse. Elías revisó la cámara y no encontró el archivo DSC_0000 ni la fotografía del reflejo.

Las copias manuscritas sí permanecían. Lía describía una silueta de un metro sesenta y cinco.

Mara había dibujado a una muchacha de ojos oscuros. Elías había registrado una anomalía de secuencia.

Yo había escrito Iris.

—Sin originales no son prueba —dijo Elías.

Sostenía las cuatro hojas por los bordes, como si temiera contaminar una escena del crimen.

—Son cuatro testimonios hechos antes de comparar —respondí.

—Tres testimonios y un nombre.

—Me habló.

Lía cerró la puerta del club.

—¿Cuándo?

—Ayer, después de que se fueron.

—Te pedí que no permanecieras solo.

—Me pediste que no estuviera aquí después de las ocho.

—Sabías lo que quería decir.

—No. Ese es el problema con tus reglas. Dices una cosa y castigas la que esperabas que entendiéramos.

Mara dejó de recortar. Elías volvió la cámara hacia la mesa sin encenderla. La frase había golpeado un lugar anterior a mí.

Lía no se defendió.

—Tienes razón —dijo—. ¿Qué ocurrió?

Les conté la conversación, salvo el mensaje del reverso del programa. Dije que Iris recordaba fragmentos de los tres, que había elegido su nombre y que una voz con la forma de Lía intentó entrar. Al mencionar el reloj, Elías comprobó la hora. Al mencionar las ventanas, Mara abrió el cuaderno verde por el dibujo del corredor.

Lía escuchó sin interrumpir hasta que terminé.

—No vuelvas a nombrarla —dijo.

—Se nombró ella.

—Eso no significa que el nombre sea suyo.

—¿De quién crees que es?

Lía miró la carpeta azul.

—No lo sé.

Era la primera vez que admitía ignorancia sin envolverla en una instrucción. Mara colocó una mariposa de papel entre ambas.

—Yo quiero verla.

—No —dijo Lía.

—No te estoy pidiendo permiso.

—No sabes qué es.

—Tú tampoco.

—Sé a quién imita.

—Tal vez porque solo la miras esperando una imitación.

Elías intervino antes de que la discusión encontrara la herida que buscaba.

—La lectura se cancela.

—No —dijo Lía.

Los tres lo miramos.

—Ayer querías cancelarla —recordé.

—Ayer creía que la fecha de la fotografía era una amenaza contra los asistentes. Ahora sabemos que la aparición se concentra en el club y en Noa. Cancelar desplazaría el evento fuera de un entorno controlado.

—Eso es una forma elegante de decir que quieres ver qué ocurre —dijo Mara.

—Quiero veinte testigos de que no ocurre nada.

Elías negó con la cabeza.

—Una multitud no estabiliza un hecho. Puede estabilizar una versión.

—Entonces documentaremos el estado normal antes, durante y después —respondió Lía—. La lectura termina a las siete y media. A las siete cuarenta y cinco no queda nadie en el ala antigua.

Preparó el protocolo en menos de diez minutos. Dos relojes independientes. Una cámara fija y otra móvil. Lista de asistentes con hora de entrada y salida. Conteo de sillas. Fotografías del salón vacío. Copia sellada del programa. La profesora Montes conservaría una segunda lista en Secretaría.

—¿Y si aparece Iris? —pregunté.

Lía evitó el nombre al responder.

—No reaccionas en público. Registras la señal y me avisas.

—No es una señal.

—Hasta que sepamos qué es, sí.

Guardé el programa oculto dentro de mi cuaderno. La frase roja no había cambiado.

NO PERMITAS QUE ME TERMINEN.

Quise creer que ocultarlo protegía a Iris de la necesidad de Lía por definirla. No consideré que también la protegía de cualquier persona que pudiera contradecir su versión.

La lectura comenzó a las seis. Asistieron diecisiete personas: once estudiantes, tres profesores, la bibliotecaria, una madre y un niño que se negó a sentarse lejos de la puerta. Habíamos dispuesto veinticuatro sillas en cuatro filas. Elías fotografió cada una vacía y volvió a contarlas después de que el público tomó asiento.

—Veintitrés ocupadas o reservadas —me dijo—. Una libre al fondo.




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