Salimos del club a las ocho y doce. El instituto estaba abierto, iluminado y vacío. Los carteles de la lectura seguían en las paredes, pero la fecha decía sábado. En el patio, los charcos de una lluvia que no habíamos oído reflejaban un cielo sin nubes.
Mi madre había llamado treinta y siete veces. Le devolví la llamada desde la escalinata. Contestó antes del primer tono.
—¿Dónde estabas?
—En el club.
—¿Toda la noche?
—Son las ocho.
—De la mañana, Noa.
Miré el teléfono. 08:12. Sábado.
Lía me arrebató el aparato y comprobó la fecha. Mara se dejó caer en un banco. Elías fotografió el cielo, el reloj de la fachada, nuestras sombras.
—No entramos doce minutos —dijo—. Perdimos doce horas.
Iris ya no estaba con nosotros. Mi madre siguió hablando. Había llamado al instituto, a la policía y a la madre de un compañero cuyo nombre yo apenas recordaba. La profesora Montes afirmaba que la lectura terminó con normalidad y que los cuatro integrantes salimos a las siete cuarenta. Una cámara del patio nos mostraba cruzando la puerta.
—Voy a casa —dije.
—No podemos separarnos —respondió Lía.
—El ciclo terminó.
—Terminó el corredor —corrigió Lía—. Sus reglas eran de allí. No sé qué salió con nosotros.
—Mi madre lleva doce horas creyendo que desaparecí.
Lía miró su reloj. Marcaba 8:08.
—Tienes razón.
La frase le costó más que la noche. Nos acompañamos hasta la avenida principal. Mara no habló. La marca de la bofetada había desaparecido, pero tocaba el mismo punto de la mejilla. Elías guardaba la grabadora dentro de la chaqueta, protegida con ambas manos. Lía repetía horarios en voz baja: salida registrada, llamada de la profesora, cámara del patio, amanecer.
—Tenemos evidencia de dos versiones —dijo Elías—. En una, salimos a las siete cuarenta. En otra, permanecimos dentro hasta las ocho y doce del día siguiente.
—Solo nosotros recordamos la segunda —dijo Mara.
—La grabadora también.
La encendió. La pantalla marcaba una duración de doce horas y treinta y dos minutos. Reprodujo un fragmento al azar. Se oyó el zumbido del corredor, luego mi voz inventando el recuerdo de Vera. Más adelante había horas de silencio.
En el último minuto, cinco respiraciones.
—Éramos cuatro fuentes físicas —dijo Elías.
—Iris caminó con nosotros.
—No respira —respondí.
Mara se detuvo.
—Tal vez aprendió.
Mi madre me esperaba en la puerta del edificio. Me abrazó con una fuerza que eliminó cualquier explicación preparada. Después me golpeó el hombro, volvió a abrazarme y preguntó quiénes eran los otros tres.
Conocía a Lía.
—La presidenta del club —dijo—. Vino a casa cuando te inscribiste.
Lía palideció.
—Nunca he estado aquí.
Mi madre la invitó a pasar como si no la oyera. En la sala había una fotografía de ambas tomando café. Lía llevaba la carpeta azul y mi madre sostenía mi solicitud. La fecha impresa era de tres semanas antes de mi llegada al instituto.
—¿Quién tomó la foto? —preguntó Elías.
—Noa —respondió mi madre.
Yo aparecía reflejado en el espejo del pasillo. No recordaba esa casa antes de vivir en ella.
Mi madre buscó el álbum de la mudanza. En cada fotografía había indicios de una historia donde el club me conocía: una mariposa de papel dentro de una caja, la carpeta gris de Elías sobre la mesa, un horario escrito por Lía en la nevera. En una imagen, Mara dibujaba junto a mi ventana.
—Nos ayudaron mucho —dijo mi madre.
Mara lloró antes de que nadie pudiera detenerla.
—Yo nunca vine.
—Claro que sí, cariño.
Mi madre la abrazó. Mara permaneció rígida.
—No me llame así.
La frase quebró la cordialidad. Mi madre se apartó, confundida. Le dije que habíamos pasado la noche preparando una actividad y que todos necesitábamos dormir. Era una mentira deficiente, pero ofrecía una forma ordinaria de terminar la conversación.
Antes de irse, Lía retiró el horario de la nevera. Debajo había una nota en tinta roja:
NOA NO LLEGÓ SOLO.
Mi madre no podía verla. Dormí cuatro horas. Al despertar, recordaba dos mudanzas. En la primera, mi madre y yo cargábamos las cajas. En la segunda, el club nos ayudaba. Los recuerdos no competían como sueños. Ambos tenían peso, olores, frases.
Recordaba haberle prestado a Mara una camiseta que nunca tuve. Recordaba a Elías fotografiando el camión. Recordaba a Lía colocando el cartel con mi nombre en la puerta de mi habitación.
También recordaba haber estado solo. Llamé a Elías.
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terror psicológico, misterio sobrenatural, identidad y memoria
Editado: 27.08.2026