Dicen que algunos sueños comienzan con una decisión.
El de Marín comenzó con una caída.
Tenía apenas seis años cuando se puso unos patines por primera vez. Recuerda el miedo, las piernas temblorosas y la mano de su madre sosteniéndola para evitar que cayera.
—No tengas miedo —le dijo—. El hielo no quiere hacerte daño.
Marín no le creyó.
Cayó.
Luego volvió a levantarse.
Y volvió a caer.
Pero cada vez que tocaba el suelo, se levantaba un poco más rápido.
Diez años después, a sus dieciséis, aquella niña se había convertido en una de las jóvenes patinadoras más prometedoras de su academia.
Pero nadie sabía cuánto le costaba llegar hasta allí.