MarÍn

Capítulo 2: El chico desconocido

La puerta de la pista se cerró detrás de él.

Marín continuó mirando el lugar por donde había desaparecido.

—¿Quién se cree que es? —murmuró.

Tomó su mochila y comenzó a guardar sus cosas. Intentó convencerse de que aquel encuentro no significaba nada.

Pero había algo que no podía quitarse de la cabeza.

“Tu problema no es el salto. No confías en ti misma.”

Aquellas palabras se repetían una y otra vez.

—Qué fácil decirlo cuando tú aterrizas perfectamente…

Marín salió de la pista.

En el pasillo se encontró con su entrenadora, Elena, quien llevaba una carpeta bajo el brazo.

—Marín, te estaba buscando.

—¿Qué pasa?

Elena la observó durante unos segundos.

—¿Estuviste practicando sola otra vez?

Marín bajó la mirada.

—Sí.

—Te dije que después de las nueve no quería que entrenaras sin supervisión.

—Lo sé.

—Mañana es tu competencia. Necesitas descansar.

Marín apretó los labios.

—No puedo descansar.

—¿Por qué?

—Porque todavía no me sale.

Elena suspiró.

—Marín, una competencia no define quién eres.

—Para mí sí.

La entrenadora guardó silencio.

Marín tomó su mochila.

—Tengo que irme.

—Descansa —dijo Elena antes de que se marchara—. Y recuerda algo: no tienes que demostrarle nada a nadie.

Marín asintió, aunque en el fondo sabía que no podía hacerlo.

Al salir del edificio, el aire frío golpeó su rostro.

Caminó unos metros hasta detenerse frente a la ventana de la pista.

Miró hacia dentro.

Estaba vacía.

O eso pensó.

Una sombra apareció al fondo.

Marín se acercó al cristal.

Era él.

El chico desconocido.

Estaba nuevamente sobre el hielo.

Pero esta vez no estaba practicando.

Simplemente permanecía allí, mirando hacia el suelo.

Entonces se quitó uno de sus patines.

Marín notó algo extraño.

Una cicatriz recorría parte de su tobillo.

Ella recordó sus palabras.

“Tuve un accidente.”

Quizás aquella era la razón por la que había dejado de competir.

Marín se alejó de la ventana.

—No es asunto mío.

Pero antes de marcharse, escuchó que alguien la llamaba.

—¡Marín!

Se giró.

El chico había salido de la pista.

—¿Qué haces aquí todavía? —preguntó ella.

—Podría preguntarte lo mismo.

—Yo ya me iba.

—Entonces llévame.

Marín levantó una ceja.

—¿Qué?

—Necesito llegar a la estación.

—¿Y por qué debería llevarte?

Él sonrió.

—Porque mañana tienes una competencia y necesitas practicar.

Marín se cruzó de brazos.

—¿Otra vez con eso?

—Sí.

—No eres mi entrenador.

—No.

—Entonces no tienes derecho a decirme qué hacer.

El chico se acercó un poco.

—Tienes razón.

Marín sonrió, satisfecha.

—Perfecto.

—Pero también tienes razón en algo más.

—¿En qué?

—En que no puedes hacer ese salto de la misma manera.

Marín dejó de sonreír.

—¿Quieres ayudarme?

—Solo si tú quieres.

Ella dudó.

Durante meses había entrenado sola, intentando descubrir qué estaba haciendo mal.

Quizás aquel chico podía ayudarla.

—Una hora —dijo finalmente—. Solo una hora.

Él extendió la mano.

—Trato hecho.

Marín miró su mano antes de estrechársela.

—Por cierto… todavía no me has dicho tu nombre.

Él sonrió.




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