A las siete de la mañana, Marín ya estaba despierta.
Había dormido muy poco.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la misma escena.
Adrián mirando a Clara.
El sobre.
La fotografía.
Y aquella extraña advertencia.
—Concéntrate —se dijo frente al espejo.
Su madre apareció en la puerta.
—¿Lista?
Marín asintió.
—Sí.
—¿Nerviosa?
—Un poco.
Su madre sonrió y se acercó para acomodarle el cabello.
—No tienes que ganar.
Marín suspiró.
—Todos dicen lo mismo.
—Porque es verdad.
—Pero yo quiero ganar.
Su madre la miró con ternura.
—Entonces sal ahí afuera y hazlo lo mejor que puedas.
Marín tomó su bolso.
—Eso haré.
Una hora después, llegó al centro deportivo.
La pista estaba llena.
Había patinadores por todas partes, entrenadores dando instrucciones y familias ocupando las gradas.
Marín respiró profundamente.
Era su momento.
—¡Marín!
Ella se giró.
Adrián estaba allí.
Llevaba una chaqueta negra y sostenía sus antiguos patines.
—Pensé que no vendrías —dijo ella.
—Te dije que estaría aquí.
Marín lo observó.
—¿Leíste la carta?
Adrián guardó silencio.
—Sí.
—¿Y?
—Después te cuento.
Marín quiso insistir, pero una voz interrumpió la conversación.
Marín sintió un escalofrío.
Era una fotografía antigua.
Y aunque estaba demasiado lejos para verla con claridad, reconoció algo.
La persona que aparecía junto a un joven Adrián…
era alguien que Marín conocía.
La sonrisa desapareció de su rostro.
La competencia acababa de terminar para ella.
Pero el verdadero misterio apenas comenzaba.