La fotografía seguía entre sus manos.
—Quiero saber quién es —dijo finalmente—. Quiero saber quién llamó.
Adrián miró a Clara.
—No podemos hablar de esto aquí.
—¡Otra vez lo mismo! —exclamó Marín—. ¡Siempre dicen que no pueden hablar aquí, que después me contarán, que no es el momento!
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¡Es mi vida! ¡Tengo derecho a saber qué pasó!
El silencio se apoderó del pasillo.
Elena se acercó lentamente.
—Tienes razón.
Marín la miró.
—Entonces dime la verdad.
Elena respiró profundamente.
—Hace diez años, durante aquella exhibición, ocurrió un accidente. Pero lo que viste esa noche no fue toda la historia.
—¿Qué quieres decir?
—Alguien provocó una situación que puso en peligro a varios patinadores.
Adrián cerró los puños.
—Y después me culparon a mí.
Marín lo miró.
—¿Por qué?
—Porque fui el último que estuvo sobre la pista antes del accidente.
—¿Y no fuiste tú?
Adrián negó con la cabeza.
—No.
Clara intervino.
—Había una falla en uno de los accesos de la pista. Alguien había manipulado parte del equipo.
Marín miró la fotografía.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Nadie respondió.
—¡¿Qué tiene que ver conmigo?! —repitió.
Elena bajó la mirada.
—Tú viste algo aquella noche.
Marín sintió un escalofrío.
—¿Qué vi?
—A la persona que lo hizo.
El corazón de Marín comenzó a latir con fuerza.
—Pero tenía seis años.
—Precisamente.
Clara se acercó.
—Por eso tus padres decidieron que no era seguro que recordaras.
Marín negó lentamente con la cabeza.
—¿Me hicieron olvidar?
—No exactamente —respondió Elena—. Intentaron protegerte del recuerdo.
Marín cerró los ojos.
Otra imagen apareció.
Una puerta.
Un pasillo.
Unos patines.
Y una voz.
“No digas nada.”
Marín abrió los ojos de golpe.
—Escuché eso.
Adrián se acercó.
—¿Qué?
—Una voz.
—¿De quién?
Marín llevó una mano a su cabeza.
—No puedo recordarlo.
Entonces escucharon un ruido.
Clac.
Todos se giraron
Al final del pasillo había una puerta entreabierta.
Adrián caminó hacia ella.
—Quédense aquí.
—No —dijo Marín—. Voy contigo.
—Marín…
—No pienso quedarme esperando.
Adrián finalmente asintió.
Los dos avanzaron lentamente.
La puerta se movió ligeramente.
Adrián la abrió de golpe.
No había nadie.
Solo un pequeño banco y una ventana abierta.
El viento movía las cortinas.
—Se fue —dijo Adrián.
Marín miró el suelo.
Había algo allí.
Un pequeño papel doblado.
Lo recogió.
—Adrián…
Él se acercó.
Marín abrió el papel.
Solo había una frase escrita:
“Deja el pasado donde pertenece.”
Adrián palideció.
—Tenemos que irnos.
—No.
Marín apretó el papel.
—Ahora quiero saber más.
—Marín, esto no es un juego.
—Nunca dije que lo fuera.
Adrián la miró fijamente.
—Podrías estar en peligro.
—Ya lo estoy.
Sus palabras dejaron a Adrián sin respuesta.
Desde el otro lado del pasillo, Valeria apareció corriendo.