MarÍn

Capítulo 9: La cita de medianoche

La noche llegó más rápido de lo que Marín esperaba.
Durante todo el día intentó concentrarse en otras cosas,
pero la nota no dejaba de aparecer en su mente.
“Ven sola a la pista mañana a medianoche.”
No sabía quién la había escrito. No sabía qué quería.
Y, sobre todo, no sabía si debía confiar en aquella invitación.
A las once y media de la noche, Marín estaba frente al
espejo de su habitación.
Se colocó una chaqueta, tomó su mochila y miró su teléfono.
Tenía varios mensajes de Adrián.
Adrián: ¿Ya estás en casa?
Adrián: Marín, contéstame.
Adrián: No vayas sola.
Ella escribió una respuesta.
No voy a hacer nada peligroso.
La borró.
Escribió otra.
Confía en mí.
También la borró.
Finalmente apagó el teléfono.
—Solo necesito respuestas —susurró.
Tomó la fotografía que había escondido dentro de un pequeño
cuaderno y salió de su habitación.
Pero no sabía que alguien había dejado una puerta
entreabierta al final del pasillo.
Y detrás de ella había una persona observándola.
A las once cincuenta y cinco, Marín llegó al centro
deportivo.
El edificio estaba completamente oscuro.
Las luces exteriores parpadeaban.
Marín sintió un escalofrío.
—Esto es una mala idea…
Aun así, continuó caminando.
Sacó la llave que Adrián le había dado y abrió la pequeña
puerta lateral.
Entró.
El silencio era absoluto.
Sus pasos resonaban por el pasillo.
Tac… tac… tac…
Llegó hasta la pista.
La puerta estaba abierta.
Marín se detuvo.
Dentro, las luces estaban apagadas.
Solo una pequeña lámpara iluminaba el centro del hielo.
Y allí había alguien.
Un hombre.
Marín sintió que el corazón se le detenía.
Llevaba una chaqueta oscura.
En sus pies tenía unos patines antiguos.
Los mismos de la fotografía.
—¿Quién eres? —preguntó Marín.
El hombre no respondió.
—¿Por qué me llamaste?
Silencio.
Finalmente, el desconocido levantó lentamente la cabeza.
Marín no pudo verle bien el rostro.
—Has comenzado a recordar —dijo.
La voz.
Marín sintió un fuerte escalofrío.
Era la misma voz de su recuerdo.
“Si alguien te pregunta, no viste nada.”
Retrocedió.
—Eras tú.
El hombre permaneció inmóvil.
—¿Qué quieres de mí?
—La fotografía.
Marín apretó la mochila contra su cuerpo.
—No la tengo.
El hombre soltó una pequeña risa.
—Sí la tienes.
—¿Quién eres?
El desconocido dio un paso hacia ella.
—Alguien que conoció a tus padres mucho antes de que tú
pudieras recordarlo.
Marín sintió que se le aceleraba la respiración.
—¿Qué sabes de mis padres?
—Más de lo que ellos quieren que sepas.
—Entonces dime la verdad.
El hombre se acercó otro paso.
—Tu familia te ha mentido durante diez años.
Marín sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Sobre qué?
El hombre señaló la fotografía.
—Sobre lo que realmente ocurrió aquella noche.
Marín sacó la fotografía.
—¿Qué pasó?
El hombre se quedó observándola.
—Tu padre estuvo allí.
Marín se quedó paralizada.
—¿Mi padre?
—Sí.
—Eso no tiene sentido.
—Entonces pregúntale por qué desapareció después del
accidente.
Marín sintió que el mundo se detenía.
Su padre siempre había estado presente en su vida.
O eso creía.
—Estás mintiendo.
—¿Seguro?
El hombre sacó algo de su bolsillo.
Una pequeña grabadora.
La dejó sobre el hielo.
—Escúchala.
Marín se acercó lentamente.
Presionó el botón.
Primero se escucharon ruidos.
Música.
Personas hablando.
Después, una voz.
La voz de su padre.
—Tenemos que sacar a los niños de aquí.
Marín abrió los ojos.
—No…
La grabación continuó.
Otra voz respondió:
—Si haces eso, todos sabrán lo que ocurrió.
Después se escuchó un golpe.
Un grito.
Y la grabación terminó.
Marín dejó caer la grabadora.
—¿Qué significa esto?
El hombre la miró.
—Significa que el accidente no fue un accidente.
Marín sintió que las piernas le temblaban.
—¿Quién lo provocó?
El hombre guardó silencio.
—¡Dímelo!
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque primero debes recordar.
Marín dio un paso hacia él.
—¿Recordar qué?
El hombre señaló el hielo.
—Lo que viste aquella noche.
De repente, las luces se encendieron.
Marín se cubrió los ojos.
Y cuando volvió a mirar…
El hombre había desaparecido.
—¡Espera!
Corrió hacia la salida.
Nada.
Solo encontró una puerta abierta.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
—¡Marín!
Se giró.
Adrián estaba allí.
Respiraba agitadamente.
—¿Qué haces aquí?
Marín lo miró con lágrimas en los ojos.
—Me mentiste.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Dijiste que no sabías nada.
—No sé de qué hablas.
Marín tomó la grabadora.
—Escucha.
Adrián la tomó.
Al escuchar la voz del padre de Marín, su expresión cambió.
—¿De dónde sacaste esto?
—Él me la dio.
—¿Quién?
Marín señaló hacia la pista.
—El hombre de los patines.
Adrián palideció.
—Marín…
—¿Qué?
—Ese hombre no puede estar aquí.
—¿Por qué?
Adrián tragó saliva.
—Porque murió hace diez años.
Marín sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué acabas de decir?
Adrián miró hacia la pista vacía.
—El antiguo director del centro deportivo murió la misma
noche del accidente.
Marín retrocedió.
—Entonces…
Adrián levantó la mirada.
—La persona que acabas de ver…
Hizo una pausa.
—No puede ser él.
Marín miró nuevamente hacia el hielo.
Sobre la superficie había una sola cosa.
El patín antiguo.
Y junto a él, una nueva nota.
Adrián la recogió.
La leyó.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Qué dice? —preguntó Marín.
Adrián tardó unos segundos en responder.
Finalmente le entregó el papel.
Solo había una frase:
“El muerto no es quien debes temer.”
Marín levantó lentamente la mirada.
Y por primera vez comprendió que quizá el verdadero enemigo
no estaba escondido en el pasado.
Quizá estaba mucho más cerca de ella de lo que imaginaba.



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En el texto hay: drama, patinaje, rivalidad y superación.

Editado: 28.08.2026

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